23.01.2013

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A veces una idea cruza fugaz mi mente y saco mi libreta morada para dejarme por escrito hilos de la madeja de los que tirar después; lo cual no encuentro yo que tenga nada de particular. Lo realmente sorprendente es que, cuando esto sucede en alguno de los medios de transporte en los que me paso media vida, suele inquietar a quien llevo sentado cerca. Por qué? Ni idea. No sé si se incomodan por el hecho de que alguien aún use un boli o por el uso que quien se sienta al lado pueda hacer de él, conociendo el extendido uso del bolígrafo como arma de destrucción masiva… Yo creo que sufren de eso que a veces tenemos todos: ombliguitis (estado mental en el que uno se cree el ombligo del mundo), lo que les induce a pensar que si su compañera de trayecto escribe, debe estar haciéndolo sobre ellos y les carcome la curiosidad por saber qué letras inspiran; que no hay mayor aliciente que querer conocer aquello que nos está vedado y llegar allí dónde nadie lo había hecho antes. De esto sabía bien Jacques Piccard, que un 23 de enero de 1960, descendía en su batiscafo Trieste a 10.916 metros en la Fosa de las Marianas. Allí dónde nadie estuvo jamás, en el abismo infinito, allí dónde podrían vivir los monstruos. Muy lejos de mi libreta morada.

Miércoles. San Agatángelo (sí, uno de Elche que acabó en Ankara decapitado). Si os encontráis al borde del abismo de la curiosidad, cuidado con el descenso (dijo la que siempre va, y cae en sus fauces). Buenos días…

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