11.11.2013

Posted on Actualizado enn

No digo que la playa abarrotada del verano no tenga su encanto, el de lo común, la sintonía con la multitud: la arena que abrasa, el niño de al lado que te patea la toalla, el esquivar los pelotazos de tanto tenista frustrado que no suelta las palas, el agua fría por lo caliente de la piel, el olor a pescaíto frito, la avioneta que pasa por enésima vez anunciando la discoteca de turno, las 500 sombrillas mal clavadas meciéndose con la brisa, joder que sed tengo, mi reino por una cerveza fresquita… Sí… Está bien. Pero poder robarle a noviembre una semana de calor a la orilla del mar: simplemente sublime. Una vez superas el pudor de compartir tus paseos con palomas y jubilados de varias nacionalidades, dejas de necesitar incluso la excusa del café y el libro para, sencillamente, deleitarte con los brillantes destellos del sol sobre la superficie del agua. Ese mismo sol del que en verano no quiero tomar nada y ahora pido tres platos llenos.

Lo mejor, volver a Madrid y encontrarla completamente sucia: literal, no figuradamente. No la han barrido desde que me fui ¡!

11 de noviembre, el día en que, en 1675, Gottfried Leibniz demostró lo evidente: que ‘y = ƒ(x)’; la playa en función del sol, la mierda en función de la huelga, el humor en función del día, las respuestas en función de las preguntas, las respuestas en función de las respuestas. Lunes. Buenos días…

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