19.11.2014

Posted on Actualizado enn

El otro día volví a hacerlo: me fui de excursión (urbana). Esta vez no se trataba de ir en busca de gangas allá donde sopla el viento frío de la despoblación si no que me interné en lo más hondo de Madrid en busca del mejor Cous-Cous que se pueda comer a este lado del estrecho.

Para llegar a él, como en los cuentos, el hada nadadora madrina me encomendó tres pruebas: “recorrerás el camino del monte hasta que no reconozcas ni tu propio nombre, subirás el puerto indicado sin haberte asustado y finalmente pagarás lo convenido (que es un precio bastante reducido)”.

Bromas aparte, no deja de sorprenderme descubrir zonas en mi propia ciudad en las que me siento tan ajena y ésta de los montes vallecanos lo es. Ni me da miedo ni me asombra: las calles son calles y los palotes de hierro con bombillas son farolas, como en cualquier otra parte; pero algunas miradas sí que saben ser excluyentes; y unas cuantas de esas me encontré.

Igual me da. El contraste de las vistas a un lado y otro de la M30 me parece de una belleza singular y como paladín de la buena comida a buen precio no hay río metafórico que no esté dispuesta a cruzar. Además, el aire de pueblo y el comercio colorista siempre me han encandilado, así no es fácil echarme para atrás. Pero… ya vale de mirar.

Miércoles. Qué deprisa. Buenos días!

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