amarillo

24.07.2015

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Lo que más se lleva esta temporada veraniega no son -en contra de las apariencias- los kimonos ni el color amarillo; ni los kimonos amarillos siquiera. Lo que de verdad se lleva son las maletas. Fijaos bien. Hay montones de personas que van con ellas.

Se llevan maletas grandes, pequeñas (más éstas), maletas rojas, azules o negras. Pero hoy por hoy, todas con ruedas. Maleta en ristre como complemento de belleza. Maletas que se hacen con tanta ilusión como pereza. Contenedores de los cuatro conceptos básicos de nuestra despensa. Prueba material del rodaje de nuestra existencia. Maletas vacías bajo la cama y llenas llenando las aceras, los andenes y las bodegas de carga que cargan con ellas.

Maletas de ejecutivos que llevan trajes y no han olido otra prenda. Maletas de niños que no pueden con ella. Maletas de turistas que no conocen las consignas y consignas con maletas perdidas de las que nadie se acuerda. Maletas que se multiplican en vacaciones partidas que hacen más que una entera. Maletas trágicas que quedan en las cunetas.

Maletas con asa y yo asada tirando de una de ellas… Me he pasado la vida pegada a una maleta. Recuerdo con cariño la primera: de cuero rojo, muy muy pequeña. Y tengo ante mis narices la enésima, que nunca espero sea la última, porque jodido es el viaje que se hace sin ella.

He cargado con tanto equipaje, he mareado tantas prendas, que no entiendo por qué si me pongo unos patines el equipaje no me lleva. Podría exigir la tarjeta Premium de porteadora de maletas. Pero por ahora me conformaré con esta meta: la de lanzar un viernes cualquiera una

“Oda a la maleta”.

Buenos días y, si la habéis hecho, buen viaje.

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28.01.2015

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Ni relojes, ni cafés, ni películas. Los que han triunfado con la peculiar decoración publicitaria de mi túnel de vestuario particular (el ya famoso en estos pagos de la salida de metro Sol a la Mallorquina) son sin lugar a dudas los que anuncian el reciclado. En las paredes y el techo no tanto, que los han forrado de color amarillo pollo (pollo escaldado) con profusión de austeros mensajes en negro en los que anuncian las virtudes de utilizar los contenedores de colorines; pero en el suelo se han salido: lo han tapizado de césped mullido.

 

Desgraciadamente no es real, es un vinilo que asemeja una tupida alfombra de hierba; pero resulta tan inesperado y tan creíble que a un tris estuve ayer de descalzarme. Y creo que no soy la única; a juzgar por las caras de la gente, cualquier día los de seguridad van a tener que desalojar a los universitarios que vayan allí a tumbarse y repasar o a las familias que decidan organizar un picnic en ese lugar…

 

Una pena que el esfuerzo sea fútil para los lugareños, a los que reciclar no nos cuesta “dos segundos” como dicen los mensajes, si no “dos pares”… dos pares de intenciones porque los contenedores de colores no deben quedar bonitos en las calles turistables y, por tanto, tenemos pocos y a trasmano. Que digo yo que lo de las bicis está muy bien pero, además, podrían instalar en la acera contenedores subterráneos -que esos sí que son para siempre- para darnos a los vecinos la oportunidad de contribuir a la salud medioambiental de nuestra ciudad… Miércoles. Buenos días!!

29.09.2014

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A riesgo de que me toméis a chufla, tengo que confesar que tengo muy mala suerte con los plátanos últimamente. Los compro duros, verdes y lustrosos y aparecen al día siguiente blandurrios y amarillos. Lo que suele decirse hechos un higo.

En mi caso, el plátano -o banana, según me venga en gana- es más obligación que devoción: tengo que comerlos habitualmente para nadar, porque evitan los tirones musculares. La cosa es que sólo me gustan los verdes o al menos lo que aún están duros; así es que me esmero en elegirlos uno a uno para que estén en el justo punto que me convienen… Bueno, pues llevo una racha que no hay manera: los compre donde los compre, lo que hoy es verde como la primavera, mañana es amarillo cual pollito. Y claro, no soy capaz de comérmelo (porque me da como asco), pero tampoco soy capaz de tirarlo!! Y así, mediante este sistema, ya he almacenado cinco plátanos en la nevera ¡!

Ante tal acumulación de piezas de fruta en dudosa situación he echado mano del recurso habilitado para estos casos y he buscado en google cómo gastarlos. Si todo va bien, ya os contaré la semana que viene qué tal estaban las natillas de plátano, las empanadillas, el batido, el puding y las otras 502 recetas que he encontrado. En la vida pensé que se pudieran hacer tantas cosas con un plátano… aunque estuviera pasado!!

Buenos días de lunes frescos, que este año San Miguel no trae el veranillo puesto.

23.04.2014

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Mira que Suárez me caía bien y que García Márquez siempre ha estado entre mis autores favoritos (leer Cien Años de Soledad con 15 ó 16 años me cambió la vida), pero confieso que a ambos -tras su fallecimiento- los he acabado aborreciendo. Y no por ellos, que nada me han hecho, si no por la parafernalia que ha rodeado sus entierros.

¡Manda narices! ¡Que no se puede tirar uno 10 días para enterrar a un muerto, hombre! Y no sólo ya por dar cumplimiento a la normativa higiénico-sanitaria vigente, si no porque mientras siguen de cuerpo presente, se consiente y auspicia el peloteo mediático extremo que rodea estas muertes. Que mira que tiene la gente la lágrima fácil para difuntos que no conoce, parece que nos rodeara un ejército de plañideras impenitentes ¡!

Pero no son siquiera estas demostraciones públicas de duelo lo que me causa el mayor sonrojo ajeno. Lo que acaba por avergonzarme es la exaltación pública, notoria y continuada que se hace del personaje en los medios, que llega a límites extremos. Cierto es que esto ha pasado de alguna manera siempre -la automática beatificación de la persona en el momento que expira su último aliento- pero, cuando se mete la tele de por medio, orquesta un espectáculo que raya el esperpento: que si ‘Gabo’, que si flores amarillas, que si mariposas… ¡Horteras! Me juego el cuello a que la mitad de ellos ni siquiera saben quién es Mauricio Babilonia…

Es más, no os voy a felicitar el Día Internacional de hoy, que los que venden los libros están en el ajo y se están relamiendo de lo bien que van a vender a tan ilustre y colorido muerto. Corramos ese estúpido velo, no sea que también a los libros los acabemos aborreciendo. Nosotros a lo nuestro: Feliz X. Buenos días.

17.02.2014

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Sé que hay un síntoma de no recuerdo qué enfermedad mental, que hace que quienes la padecen sean incapaces de detectar el lenguaje figurado, entendiéndolo todo al pié de la letra; lo que no sabía es que hay tantísima gente que la padece. De otra forma no se explica que todo el que queda en una salida de metro espere a sus amigos exactamente en la salida, aunque suponga taponar las escaleras.

En algunas estaciones de metro (como Valdecarros, por ejemplo), este defecto de literalidad tan extendido no creo que ocasione ningún trastorno, pero en otras más concurridas se forma un auténtico tapón en el que, si quieres entrar o salir, no te quedan más bemoles que adoptar la actitud de un carro de combate, dejando tus teorías acerca del amor al prójimo a la altura del betún del zapato que acabas de pisar (sin querer)… (sin querer evitarlo) En serio, 5 metros más allá también se considera ‘salida del metro’ ¡! No quiero ni pensar lo sangriento que será para ellos que alguien les pida que le ‘echen un ojo’ a algo o la descomposición intestinal que les pueda entrar si algún actor les desea ‘mucha mierda’

Y hablando de teatro precisamente hoy se cumplen 341 años desde que el color amarillo es nefasto en esa profesión: un 17 de febrero murió Molière en escena vistiendo ese color. Representaba su obra ‘El Enfermo Imaginario’…

Lunes. Ni tan literales ni tan irónicos, por favor! Buenos días.

19.12.2013

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Odio mi pelo cuando llueve.

Lo que en condiciones normales es un conjunto más o menos armónico de rizos color castaño con un brillo aceptable se transforma, con la humedad, en una maraña de hojarasca seca, revuelta y electrizada en la que parecen haber anidado un par de avutardas… Desesperante e inevitable por más fris-fris (anti frizz) con que me embadurne ¡!

Debo tenerlo tan interiorizado que, cuando me pongo a dibujar distraída mientras hablo por teléfono, siempre pinto mujeres con cosas que le salen de la cabeza: una suerte de sombreros imposibles que ni en Ascot; gorros en forma de barco de los que sale una botella con un tapón de enredadera entre la que se esconde una casa… Cosas así.

Desgraciadamente el día que se repartieron los dones a mi no me tocó el del dibujo -ni tantos otros que hubiera querido- así es que mis diseños fabulosos en papel en sucio  terminan en la papelera (la de reciclar, claro) intentando que su fantasía no se ahogue entre trizas de impuestos y balances…  Nada. Siempre pierden. Así es que odio mi pelo cuando llueve y hoy, llueve.

Jueves. Esta mañana me he encontrado en la parada del bus con la mujer de Ted Mosby (o con la que le ha robado el paraguas, no sé). Buenos días…