anciano

16.11.2015

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Lleva una americana gris verdosa con coderas, pantalones grises y zapato marrón. Todo limpio, planchado y correcto, aunque se ve algo usado.

 

El pelo abundante pero completamente cano. Nariz grande, carnosa. Ojeras no se le ven, pero luce grandes bolsas. Inflamadas y flácidas. Caen sobre unos mofletes que le cuelgan también, como a esos perros -de una raza que no me sé- a los que la flacidez aporta cierto aire de bondad.

 

Todo está acorde a su edad; nada que quepa destacar. Pero no puedo quitar los ojos de él mientras camina arriba y abajo del andén. Espera al metro de enfrente y ni el suyo ni el mío vienen, así es que me entretengo observándole como si fuera un escenario por donde pasease.

 

Quizás me haya hipnotizado su caminar errático o su aura triste, pero lo que no se me va de la cabeza es esa manera de mirar intensamente las vías; como si viera en ellas algo que no vemos los demás.

 

Llega su metro y, al momento, el mío. Nos subimos y cada uno sale de la escena en direcciones opuestas. Aunque de alguna manera él viaja conmigo: en el recuerdo y en esa incómoda sensación de tener delante de las narices un drama en el que no pinto nada.

 

Probablemente, con algo de tiempo y de interés, todo se ve. Pero la mayoría de las veces acabamos siendo el vecino que aparece en la sección de sucesos diciendo “Es incomprensible. Eran una familia normal y corriente”.

 

Lunes triste con la imagen de otras cosas que no se entienden grabada en la retina. Yo no soy de vestir lutos ni reivindicaciones en el perfil, pero también me duele París. Buenos días.

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06.03.2015

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Ya llega la primavera

No lo sé porque note mi sangre alterada ni porque los almendros empiecen a pasar del blanco al verde. La señal más evidente -al margen del consabido anticipo que nos hacen los grandes almacenes- es que la alegría viene de la mano de su anagrama: la alergia. Los picores se empiezan a esconder por entre mis cuerdas vocales recordándome que el polen no solo es esa sustancia que hace nacer las flores.

Pero no voy a presumir de cínica, el cambio de estación también me hace vibrar otras cuerdas: antes de ayer sufrí un deseo incontrolable de sacar a pasear al perro. Hasta que me di cuenta de que yo perro no tengo… pero no me dejé arredrar por eso: me armé de chaqueta deportiva, zapatillas, braga polar y miguitas de pan y me bajé al río a pasear, a ver si se me acercaban las palomas y podía poner alguna estofada para cenar (nada; las muy espabiladas se las saben todas y casi me estofan a mi).

El caso es que estas tardes que tengo tiempo -y el tiempo empieza a virar a mejor- he decidido practicar el deporte tradicional de los ancianos -me refiero a pasear, no a mirar obras- porque, la verdad, dejar ir los pies con el rumbo sin acabar de trazar me encanta. Especialmente cuando además puedes llevar música en las orejas, ideas en la cabeza y tienes un salvoconducto vulgarmente conocido como teléfono móvil y otro en forma de abono transporte por si los pies se te van de más.

Sí. La pátina de cinismo se resquebraja cuando sigues encandilada por tu propia ciudad, cuando caminas con paso musical al son de lo que escuchas, cuando levantas la vista para apreciar una balconada y en ese instante encienden la iluminación de la fachada. He de reconocer que la sonrisa que me baila en la cara es de lo más primaveral.

Viernes. Feliz fin de semana. Y buenos días!!

02.03.2015

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En general aborrezco a las personas que tienen por entretenimiento alimentar a las palomas.

Las palomas son bichos malos (pedazo de reflexión original, eh?). No es que me parezcan feas, ni ratas con alas como dicen muchos. Pero tienen un defecto congénito insoslayable: cagan. Cagan mucho y malo. Y cagan desde el cielo, para más recochineo. Y al margen de lo pernicioso que esto sea para nuestro patrimonio histórico, no les perdono la ocasión en que a mí me pusieron echa un zarrio… Tendría 14 o 15 años y estrenaba una falda roja monísima -iba yo echa un pimpollo- y, al pasar con una amiga por un parque al lado de casa, me cagaron. Nos dejaron echas un cristo a las dos, de hecho.

Por tanto, como decía, no me causan simpatía las personas que alimentan con migas de pan semejante incontinencia intestinal; pero el otro día una devota de la manutención avícola me tocó la fibra. Quizá porque era mayor pero no una anciana, quizá porque donde debía haber palomas comiendo no había nada… Me conmovió esa profunda soledad que emanaba, buscando la compañía de unos animales que ni por rapiña se le arrimaban.

Ya sabemos otro defecto de las palomas: de compasión no saben nada. Buenos días!

06.02.2014

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Me indigna que a los viejos les llamen abuelos. Esquivamos otros apelativos igual de añosos como vejestorio, matusalén, vetusto, senil o centenario, para acabar definiendo a un grupo de personas en función de un lazo familiar que no tienen porqué tener.

Me espanta que las mujeres que defienden su condición con independencia de su maternidad y no permiten que el rol tradicional las encasille entre cocinas y biberones, no se les caiga la cara de vergüenza de llamar a un anciano, abuelo. O no se les ha ocurrido que igual que ellas no tienen necesariamente que ser madres, los viejos no tienen por qué ser abuelos? Eso sin mencionar la cantidad de abuelos que están muy lejos de la edad de jubilación ¡! Me huele a pátina hipócrita de amabilidad, a que con la mano de la palabra acariciamos el lomo de quien, con la otra mano, relegamos del primer plano del orden de la vida. Y me tira para atrás: la condescendencia en general y ésta en particular.

Pero allá cada cual; no quiero imponer el día del ‘Viejo sí, abuelo no’ que hoy ya tenemos un crudísimo Día Internacional: el de Tolerancia Cero con la Mutilación Genital Femenina. Amén a eso, feliz jueves y buenos días…