asfalto

18.05.2015

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Por cosas de la vida que no vienen ahora al caso, hay días que acabas protagonizando las Veinte Mil Leguas de Viaje Submarino (pero en secano), emulando a Willy Fog por el mapa patrio, siendo la bola de una máquina de petacos, que cada vez que da un bandazo no suma puntos, si no kilómetros… Así me pasó ayer domingo que, en tres volantazos me calcé ochocientos, empeñada en abrir un nuevo puente aéreo Burgos-León-Burgos-Madrid exclusivo para mí.

 

 

El caso es que los primeros fines de semana de buen tiempo en la ciudad me cuesta respirar. No por alergias ni afecciones respiratorias de tracto urbano, afortunadamente. Sólo es que encuentro el aire terriblemente sucio, el asfalto demasiado duro, el gentío excesivamente burdo… El ansia de horizontes limpios se apodera de mí y no hay verbena en las Vistillas que me retenga aquí.

 

 

Por eso tantas veces los afanes se me van en salir y salir… Porque sólo fuera de Madrid puedes cruzarte con un corzo curioso que detiene su huida para mirarte a los ojos o con dos liebres saltarinas que juegan a dos metros de ti; sólo donde el horizonte se hace monte es posible buscar salvia, estepa y aliaga o aprender a distinguir enebros de sabinas, aunque sea chupando sus bayas. Y la carretera -cuando discurre entre roquedos y verdes montañas- posee su propia magia; más si la música acompaña y, para mayor gracia, no haces más que adelantar camiones-orquesta: señal de que llevas el mismo camino que la fiesta.

 

Total, que me he venido con la retina bien aireada y el resto de las piezas agotadas. Será posible descansar entre semana? Lunes. Buenos días!!

árbol campo Cebrecos

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18.11.2014

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Confieso que soy una masoca de la carretera. Lo pensaba el otro día montada en un autobús mientras salía de Madrid con atasco y aún tenía 550 kilómetros por delante.

 

Cierto que prefiero el asfalto cuando conduzco yo y que los viajes largos me gustan más en tren; pero aún así, el tiempo del tránsito siempre me ha parecido un tiempo bonito… Encaramada en mi asiento, sin poder estirar las piernas a mi gusto, atufada del olor a sudor e incluso pies ajenos, con las lumbares retorcidas y las orejas sangrando por la versión que está sonando de ‘la chica de ayer’ (de Enrique Iglesias??), sólo puedo pensar lo bonita que se ve la cuesta salpicada de luces rojas, lo idílico que parece ese polígono industrial y los colores tan esplendidos que pinta el atardecer en las nubes que van quedando a mi diestra.

 

En serio. Me gusta. Me gusta la idea de todas las cosas que puedo hacer en las seis próximas horas: puedo escribir, leer, dormir, escuchar mi propia música, ver la película que acaba de empezar, soñar mientras la vista se me desliza por el horizonte al otro lado de la ventanilla… Tardo rato en querer llegar; a veces hasta me da pena porque el tiempo se ha pasado y yo no he hecho ni la mitad.

 

Supongo que es la sensación de comienzo lo que siempre me atrapa. Quizá no soy sólo masoquista…  Buenos días.

08.07.2014

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Mi abuelo, ese que insistía en que mi vocación oculta era la de viajante (por los kilómetros de carretera que me meto al cuerpo sin pestañear) y que cogiera siempre las rotondas por el carril de fuera (lo que era una fuente constante de disputas entre nosotros), solía decirme también que debía ser un poco loba, por mi tendencia a elegir la noche para viajar.

Pero no es cierto que yo busque intencionadamente las horas de oscuridad; es que, cuando vives en Madrid y aborreces las caravanas, no tienes otra alternativa. Y no es que me apasione; como casi todo en esta vida tiene sus inconvenientes y sus ventajas… Aparte de evitar el tráfico para entrar o salir de la ciudad, en verano evitas además el aire acondicionado, que me va fatal y, si la vista no se te cansa -como es mi caso- vas en la gloria. Lo malo es el sueño que te pueda dar (aunque ese también asalta a la hora de la siesta) y un inconveniente muy original que descubrí el otro día: si conduces de noche y al fondo hay una tormenta eléctrica, tienes la desagradable sensación de ser cazada por todos los radares, porque cada rayo te parece el fogonazo de un flash…

El caso es que la combinación de noche, coche, música, kilómetros y soledad siempre me ha resultado atractiva; como si despertara al camionero que todas llevamos dentro. Un camionero que canta, que gusta de filosofar y que disfruta de esos momentos en que tu cabeza y lo que de ella brota es tu única compañía. Si no montas al aburrimiento de copiloto, puede ser un viaje genial… O será que mi abuelo tenía razón al final y es asfalto lo que me corre por las venas??

Martes, otra curva más en el camino de esta semana. Buenos días!