barrio

24.02.2017

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Blanca se sentó sobre el columpio a contemplar el parque nevado. Podía notar a través de los vaqueros el frío del metal, pero le gustaba aquella ensalada de sensaciones: el tibio calor del sol en la cara, el tacto helado de la cadena del balancín, los sonidos mudos del parque solitario, el olor a limpio que la nieve dejaba en el aire… La suma de todo resultaba ser un jersey sin estrenar; o una cama con las sábanas recién cambiadas. Un mundo nuevo donde cabían la esperanza y las ilusiones, donde el futuro no se veía a través del cristal de una botella a medio terminar. Exactamente el mundo donde ella quería estar.

 

Le había costado mucho llegar hasta ese punto. No tuvo una infancia fácil: perdió a su madre antes de poder tener siquiera recuerdos de ella y el padre, que se mataba a trabajar para rodearla de comodidades, no tuvo vocación de viudo y pronto sacó a su rubia y estirada secretaria del despacho para meterla en el colchón. Acostumbrada a organizar la endiablada agenda de su jefe, Astrid había sido muy eficiente en llevar por buen rumbo la casa, pero sus maneras frías y una tanto castrenses no ayudaron a crear un vínculo afectivo con su hijastra, a la que obligaba -por su bien- a hacer casi todas las tareas de la casa.

 

En la escuela tampoco fue una niña afortunada. No tuvo una madre que le atara con gracia los lazos de las coletas, usaba gafas y, en la adolescencia el acné se adueñó de su cara. Además, nunca destacó en los deportes, era un poco pato en gimnasia y los juegos de equipo -tal vez por sus complejos- no se le daban. Fue una niña solitaria, algo aislada; aprendió a vivir dentro de su cáscara, donde las mofas de sus compañeros no pudieran dañarla.

 

Afortunadamente contaba con el apoyo y el amor incondicional de su abuela. No podía verla con tanta frecuencia como le gustaría, pues vivía en un barrio a las afueras de esos que su padre diría que son de “gentuza”. Pero Blanca atravesaba el bosque de la gran ciudad cada vez que podía para refugiarse de sus tristezas en casa de su abuelita. Sus grandes ojos que habían conocido épocas más oscuras la miraban como a la chiquilla guapa que no era, sus orejas siempre estaban abiertas para escuchar las historias de su nieta y su boca, que pudiera parecer pequeña, se ensanchaba en una gran sonrisa cada vez que “su princesa” entraba por la puerta.

 

Pero las abuelas no son eternas y la de Blanca se fue apagando recostada en su cama cuando más la necesitaba ella. A los 17 años, Blanca se quedó de nuevo huérfana; sin la capa que la protegía del mundo, cuando murió su abuela.

 

Y fue entonces cuando se torcieron de verdad las cosas… Empezó a cruzar la ciudad y a pasar tiempo en el barrio de su abuela, pero no en la calidez de un hogar, si no en las sombras más oscuras de las callejuelas. Rodeada de aquellos que tanto su padre como su propia abuela le recomendaron evitar. Sintiéndose libre e imbatible cual pirata al olor del ron más fuerte. Haciendo amigos, por primera vez, al amor del porro que se comparte. Buscando refugio en los tugurios más terribles. Encontrando fuerzas y felicidad en toda sustancia que la hiciera olvidar.

 

Y el lobo de la noche la devoró. La consumió como ella consumía las drogas y el alcohol, cada vez un poco más duro, cada vez un poco más dentro. Pasó años atrapada en el interior de esa bestia, de su propio dolor, hasta que sus erráticos pasos por el sendero más duro de la vida y varias intervenciones del Samur la llevaron ante las puertas del centro de desintoxicación “El Leñador”.

 

Ellos supieron darle armas con que vencer al monstruo que anidaba en su adicción. Volvió a tener ojos que la miraran con cariño, orejas que le prestaban atención y bocas que le dirigían sonrisas comprensivas en lugar de comérsela a exigencias.

 

Hoy, sentada en ese parque, recordando su historia, agradecía en silencio el final de su cuento de terror. Se enfundó la roja capucha de su abrigó y cruzó la ciudad por el camino más seguro para llegar a su hogar. Tenía prisa… Tenía que meter las perdices al horno.

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19.11.2014

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El otro día volví a hacerlo: me fui de excursión (urbana). Esta vez no se trataba de ir en busca de gangas allá donde sopla el viento frío de la despoblación si no que me interné en lo más hondo de Madrid en busca del mejor Cous-Cous que se pueda comer a este lado del estrecho.

Para llegar a él, como en los cuentos, el hada nadadora madrina me encomendó tres pruebas: “recorrerás el camino del monte hasta que no reconozcas ni tu propio nombre, subirás el puerto indicado sin haberte asustado y finalmente pagarás lo convenido (que es un precio bastante reducido)”.

Bromas aparte, no deja de sorprenderme descubrir zonas en mi propia ciudad en las que me siento tan ajena y ésta de los montes vallecanos lo es. Ni me da miedo ni me asombra: las calles son calles y los palotes de hierro con bombillas son farolas, como en cualquier otra parte; pero algunas miradas sí que saben ser excluyentes; y unas cuantas de esas me encontré.

Igual me da. El contraste de las vistas a un lado y otro de la M30 me parece de una belleza singular y como paladín de la buena comida a buen precio no hay río metafórico que no esté dispuesta a cruzar. Además, el aire de pueblo y el comercio colorista siempre me han encandilado, así no es fácil echarme para atrás. Pero… ya vale de mirar.

Miércoles. Qué deprisa. Buenos días!

13.01.2014

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El otro día me fui de excursión urbana al Ensanche de Vallecas. Quería ejercer de consumista compulsiva de súper-ofertas en un outlet que han abierto allí una cadena de supermercados que defiende que la calidad no tiene por que pagarse. Así es que me aferré a la línea 1 de metro como aquella que no se aburre de ver subir y bajar gente y, 19 paradas después, allí donde se terminan los raíles, aterricé en ese territorio ignoto del ‘Ensanche’ para comprender, al primer golpe de vista, el porqué de su nombre: madrecita que pedazo de avenidas tan grandes ¡Ocho carriles del ala en el primer cruce! Afortunadamente los encontré desiertos porque pasar al otro lado, habiendo tráfico, puede llevarte toda la tarde.

El caso es que el barrio es amplio y cómodo; que con el metro no hay distancias (para los que tenemos callo en el transporte) y que todo huele a limpio y a nuevo. Es más, probablemente de aquí a 15 años adquiera su propio carácter, pero ahora mismo la sensación que da es la de haber llegado a alguna llanura manchega donde, por efecto de extrañas habichuelas mágicas, han brotado como champiñones una miríada de bloques de viviendas a cual con más carácter… Y es que los edificios del PAU tienen tela; algunos son muy interesantes, pero todos juntos y ordenados en descuidado desconcierto acaban pareciendo las pancartas de una manifestación radical pro arquitectura de vanguardia. Al menos a mi ojo inexperto…

13 de enero y 160° aniversario de la patente del acordeón, ergo día mundial de Los Pajaritos; una pena que sea lunes y no día de fiesta, por aquello de volar tú y yo cruzando el cielo azul y el ancho mar. Buenos días…