cachivaches

12.11.2013

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Fruto del sol, la buena temperatura y el tiempo libre del que disponía la semana pasada estando en Málaga de vacaciones, mis pasos me llevaron una mañana por casualidad hasta un mercadillo callejero de trastos viejos. No de antigüedades; insisto, de trastos viejos. Cachivaches en su mayoría mal tratados por el paso del tiempo que, cuando se juntan con otros congéneres que han sufrido parecida suerte encima de una manta despiertan en mí todo un racimo de sentimientos: asco, atracción, pena, curiosidad, rechazo… ¿De quién serían esos patucos? ¿Qué es aquello que brilla? ¿Alguien comprará esa sartén con grasa rancia?

No podía dejar de asombrarme de lo que ofrecía cada puesto, una colección de despojos de la vida de cualquiera, en la mayoría de los casos sin limpiar siquiera, como si presentarlos en toda su miseria fuera el último grito en estrategias de marketing. Torres de CD que se han quedado ya sin habitantes, bolos de plástico de colores con los que nadie jugó, ropas de bebés que hoy tendrán más de 40 años, zapatos que ya han dado todos sus pasos, electrodomésticos que nadie recuerda para qué servían, maletas que han dado varias vueltas al mundo y juegos de café anteriores a Juan Valdés…

Los rastros se llaman rastros porque lo que se vende deja pistas de la vida de quien lo usó? Qué tendría mi rastro? Alguien lo compraría??

12 de noviembre. El día en que en 2005 se presentó el primer Diccionario panhispánico de dudas. ¿Dudas? Buenos días…

30.09.2013

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Se te descuelga un poco el alma cuando entras en una casa vacía y tú la recuerdas ocupada. Todos los cachivaches que -aunque no eran tuyos- durante años te han sido familiares, dejan de tener sentido para convertirse en poco más que trastos. Faltan las manos que los hacían útiles, faltan las personas para las que lo eran.

La que siempre has considerado tu casa, aunque no lo fuera, se te aparece como inhóspita, desarraigada. Te sientes más extraño en ella. Un poco desorientado cuando buscas una toalla, un poco intruso al abrir un cajón.

Y es que la mayoría de nosotros nos aferramos a las cuatro cosas que tenemos como si en ello nos fuera la vida, cuando resulta que la vida se nos va intentando tenerlas. Y un día, entras en una casa que ahora está vacía y el entendimiento te fulmina como un rayo: en realidad, todas esas cosas dan igual. Los tesoros de unos son estorbos para otros. El recuerdo, que no necesita de joyero para guardarse, es lo único que queda.

Comienza la semana y septiembre se nos acaba, en el Día Internacional de la Traducción. Traducido: lunes 30, que otras cosas cuestiones me cuesta mucho más traducirlas a palabras. Buenos días…