camino

07.03.2016

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El cielo se llena algunas veces de nubes de tormenta. No descargan lluvia porque tú no las dejas, pero ensombrecen un panorama que habitualmente te parece hermoso.

 

En esas ocasiones te gustaría tener un dispersador de vientos gigante, una especie de tubo hueco y largo al que -aplicándole el grito ese que se te enreda esos días en los pulmones- dejara claro y soleado el horizonte.

 

Pero no lo tienes. Y entonces te paras a pensar que, quizás, si en alguna bifurcación del camino que no viste hubieras tirado por un sendero diferente, hoy el paisaje sería otro muy distinto también. Pero para tomar esa ruta te haría falta una maquina del tiempo. Un artilugio con el que ir del siglo XV al XXIII fuera como plantarte en Cuenca a la hora de comer. Y aunque nadie confirma ni desmiente su existencia, el caso es que tú no la tienes.

 

Así es que la solución podría ser que tu vida estuviera escrita en un libro de los de “elige tu propia aventura” que pudieras leer con trampas: volviendo al punto de partida cuando no te convence por dónde va. Pero eso tampoco puede ser. Ni maquinas del tiempo ni libro al que engañar.

 

 

Miras tus bolsillos y encuentras lo de Manolo García: arena. ¿Y qué se puede hacer con eso? Una senda. Piensas que lo único que puedes hacer es caminar. Y andar, al fin y al cabo, sólo consiste en echar un pie delante dejando el otro detrás. Un paso, otro y otro más. Y aunque al hacerlo nada cambia, te engatusa la sensación de avanzar. Que no es lo mismo ver los nubarrones en el horizonte que encarar a frente alta las tormentas que vengan.

 

Es lunes. Y parece que se pone soleado al final. Buenos días!

24.06.2015

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El hombre era nómada.

 

Antes. Al principio. Cuando la historia aún no existía porque no se escribía.

 

Nuestra especie nació haciendo suyo el poema de Machado y al andar no sólo hicieron caminos si no calzadas, carreteras y autovías que les acabaron llevando hasta el hogar.

 

Pero por más que uno firme una hipoteca y saque cada mañana su calcetín del mismo cajón, algo del gen errante de nuestros antepasados anida en cada paso que damos.

 

Somos nómadas de un destino que acaba por ser siempre incierto, que está en constante movimiento. Nómadas en nuestras relaciones, que fluctúan, que se desplazan con las mareas y que unas veces te acercan hasta rozarte y otras te alejan. Nómadas en nuestra profesión, donde hoy es un suicidio quedarte anclado. Somos perpetuos viajeros en fines de semana y fiestas de no guardar nada, vagabundos en nuestra ciudad buscando el mejor rincón para quedar, titiriteros del último grito, saltimbanquis de las modas. Y si no somos nómadas de conciencia es porque ejercemos el principio de coherencia.

 

Somos nómadas hasta en la cama. Recorriendo caminos que no aparecen el las sábanas. Haciendo kilómetros en estática, cuando el movimiento busca un destino en la química y no en el mapa. Muchos somos nómadas de la espalda a la que quedar pegada, o de la mano que por ella sube y baja…

 

Es cierto que dejamos los caminos para criar animales de granja, pero hoy no hay nadie sedentario; excepto, quizás, esas vacas.

 

Miércoles. Ojalá nuestros caminos de nómadas encuentren la manera de cruzarse, aunque sea en ‘los bajos fondos de la inmensidad’. Buenos días!

05.02.2015

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La Fórmula de la Felicidad. Día 4

Los jueves siempre han sido unos buenos días en mi calendario. Algo así como los previos del fin de semana, lo que le son los cuartos a las campanadas. Aunque también me encantan los viernes y por supuesto los miércoles… No anote nada de eso, agente, que voy a parecer un inconsciente!

Bueno, el caso es que a pesar del ambiente frío, yo estaba de un humor excelente y quería salir a compartir tan habitual acontecimiento, que no soy de los que olvidan disfrutar con algarabía el día a día. ¿A dónde? Pues de bares, ya sabe, esos lugares dónde el que no está alegre es porque no quiere (o porque teme las consecuencias que eso le traiga al día siguiente).

Apenas encontré gente en los sitios de siempre -cosa rara, ya ve usted- pero no me preocupé, que por esos lares no echamos cuentas de las ausencias de nadie, así como ignoramos sus faltas también.

Por lo visto todo el mundo andaba haciendo cola en las farmacias. Todos querían comprar un vial del invento ese, la última panacea, la pura felicidad embotellada. No me dirá que no tiene gracia, pensar que la felicidad puede beberse o siquiera fabricarse. Cualquier abuela les hubiera dicho que la felicidad, como el amor, ni se compra ni se vende.

Pero allá ellos, pensé. Dudoso destino tiene aquel que hace de lo bueno un ejercicio y no una piedra en su camino en la que poder tropezarse. Esto sí, haga el favor, esto anótelo usted.

04.02.2015

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La Fórmula de la Felicidad. Día 3

Sí, puede usted apuntarlo. Sé que era miércoles porque son los días que salgo un poco más temprano del trabajo y quedo con mi primo Mario, que vive en la calle de al lado. Él me está ayudando, sabe? Es un buen tipo. Me hace reír; me escucha.

Ese día, sin embargo, casi nos peleamos. La conversación giraba en torno al único tema posible esa semana: la dichosa fórmula. La acababan de patentar y él estaba dispuesto a ser de los primeros en probarla. Me dijo que, de todas formas, en su vida no tenía nada; el amor nunca le había alcanzado a base se saltar deprisa de cama en cama; el trabajo no le apasionaba, era un mercenario que cumplía con su jornada; de salud pichí-pichá; los amigos eran de paso; ninguna afición le llenaba. Y nunca había creído en milagros, pero le parecía absurdo no aprovechar un avance de la ciencia de esa calaña.

Tuve que morderme la lengua casi hasta reventarla. En realidad, siempre había sido yo el de la existencia atormentada; siempre buscando un sueño impreciso, una quimera, el modelo ideal de una vida cuyos contornos apenas se dibujaban. Siempre inconcluso, inquieto, imperfecto… incapaz de encontrar la manera de encontrar la pieza que faltaba en mi propio rompecabezas. Infeliz, vaya. Y, sin embargo, yo no quería tomarla. Si llevaba tantos años buscándola y ahora la ingería en una ampolla, ya fabricada, mi vida no habría valido nada…

Allí le dejé con su decisión y su sonrisa anticipada. Empezaba a refrescar… Le di los buenos días y me fui a casa.

24.11.2014

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Por fin he decidido a qué quiero dedicarme.

Asesora política.

 

La semana pasada estuvimos en la oficina en plena campaña electoral. No es que hayamos decidido postularnos a la alcaldía ni nada de eso, es que mi compañera se presentó como representante de las familias en el Consejo Escolar del cole de sus hijas y, aprovechando que es una época fiscalmente tranquila, cambiamos nuestras labores habituales por la política de base: preparar discursos, diseñar propaganda, elaborar frases panfletarias y definir la estrategia apropiada para ser las más votadas.

 

Y me resulta apasionante!! En serio. Es una de las pocas situaciones en las que la vehemencia que me caracteriza no me mete en problemas ni resulta ofensiva, si no que sirve de guía.

 

Me ha encantado esto de hacer campaña… las tretas tras las cámaras, discutir las opciones, descubrir los movimientos del enemigo… pensar en modo Sun Tzu. Enciende en mí la mecha del estadista que siempre quise ser. Y pobre del que piense que este proceso era menor… nos iba en ello el honor!

 

Desgraciadamente hemos perdido: luchábamos a penas sin armas ni tiempo contra el poder establecido. Pero para eso está Machado, para recordar que no ha sido en vano, pues ya sabéis: lo importante es el camino (y lo que en él hemos aprendido) ¿pensarán lo mismo nuestros políticos?

Lunes. Camino de una nueva semana. Buenos días!

14.07.2014

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Algo tiene la luna llena.
Luz.
Magia.
Encanto.
Un rostro.

La de este fin de semana me ha trasladado de Burgos a Arizona (baby) al doblar una curva de la carretera. Curioso, pero cierto. De esto que vas tú tan tranquila comentando cómo han crecido en 15 días los girasoles cuando aparece al fondo una luna gigante saliendo por el gran cañón… Frenazo y foto, por supuesto. Aunque el objetivo sea muy pobre recogiendo la mística del momento.

Y no puedo asegurar que nuestro satélite despierte a los hombres lobo porque no lo he visto (que más quisiera yo que ver a Lobezno, aunque fuera de refilón), pero sí que me ha dado lo que toda princesa desea ¿Dejar de presentar el telediario? ¡No! Un sapo. Uno bien lustroso puesto como por ensalmo en medio del camino ¿Para guisarlo? ¡No! Para besarlo. Porque es bien sabido que cuando vuelcas en un sapo todo tu amor se rompe el encantamiento y se convierte en un macizorro encantador. Sorprendente, pero cierto. Lo malo es que éste ha sido mi primer sapo, me pilló desentrenada y se me escapó: yo me lancé con los labios por delante en postura ‘boquita de piñón’ y creo que se asustó… Lo bueno es que ahora estoy segura de que los sapos existen (no como Teruel, que no me consta) y sólo tengo que pulir mi técnica para besuquearlos.

Y es que cuando la luz plata de la luna baña el mundo, la noche se ve mejor; tiene menos ciencia y más ficción, el corazón aúlla pidiendo cuentos en los que el sapo sea más guapo y cariñoso y el final feliz se alcance en el preciso instante en que te sientes como una princesa en el gran cañón… con un girasol.

Lunes capicúa y semana nueva de sol lleno. Qué alegría! Buenos días!!

Burgos Arizona luna llena

30.05.2014

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Da igual cuantas veces nos pongan delante la misma puñetera piedra; siempre podemos volver a caer. El escarmiento es, por lo visto, flor de un solo día: se marchita en cuanto se enfría.

Y nosotros -muy ofendidos porque de tanto tropezón nos duele el pie- volcamos nuestra ira contra la piedra, como si ella pudiera elegir su manera de ser… ¡Noooo! La piedra, piedra es. No es inteligente, carece de empatía y probablemente no conoce la mala fe. Se cree compleja pero no llega ni a simple: es su naturaleza rocosa quien la empuja a hacernos caer. Culpa nuestra es confiar en ella y no levantar más el pie.

Esquívala, me dicen algunas… pues podría ser. Pero yo no sé andar con miedo a errar y, si no me implico con mis baches, ¿con cuál?

Puntera de acero en las botas, me recomiendan otras… podría ser también. Pero ¡que pena! la vida de un canto rodado no debe ser buena.

Al final, el golpe se lo lleva tanto la piedra como quien se lo da. Y es el tiempo el que tiene fama de poner a cada uno en su lugar: erosiona la roca, la reduce a polvo, le lima las aristas… y a nosotras nos hace más listas.

Y así, entre chinitas y pedruscos, la vida va pasando. Quién sabe si en ese sendero, una misma no acabará rodando… Viernes. Espero que esta mañana encontréis despejado el camino del fin de semana. Buenos días!!