cantante

30.01.2015

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Como a todos los que usamos habitualmente el metro, la convivencia con chalados de distinto grado no me sale en absoluto de alto.

No tengo muy claro si el medio los cría o sólo refleja la media poblacional a través de una muestra aleatoria, pero cualquiera de las dos hipótesis es escalofriante: la primera porque se me aparece una imagen en la mente al estilo de la invasión de los ultra-cuerpos en la que las vainas no contienen sustitutos extraterrestres si no dementes. Y la segunda porque, si extrapolamos resultados, hay muchísimo pirado.

El caso es que el otro día me tocó el típico que no atinas a decir si lo suyo es natural o se debe a alguna sustancia, pero al que su fantasía alucinógena le lleva a interpretar un papel: se cree cantante. Cantante flamenco, para más señas. No sólo eso: cantante flamenco primo hermano de Camarón, que va sentado sobre un cajón (flamenco también). Y mira tú que (des)gracia, que como la parte bajo los asientos es de chapa, sonaba aquello que se las pelaba… Cierto que no daba pie con bola, ignoraba el compás, desconocía la letra y desafinaba, pero la estampa darla, la daba! Y aunque los compañeros de vagón que nos creemos más cuerdos pusimos todos cara de circunstancias, visto la cantidad de pirados que ponen bombas, disparan y causan tanto daño, que te toque el que se cree cantante, no es para tanto.

Viernes. Dicen que nos espera un fin de semana invernal. Pues a lo mejor me bajo al metro a cantar… Buenos días!

10.07.2014

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Entras en el vagón de metro, vas cansada y cargada, hay un sólo asiento libre y está a tu alcance pero, gracias a un baile de traseros in extremis, el hueco queda a tiro del culo de un tipo con cara de sobrado, que decide aprovecharlo. Te quedas quieta, con cara de seta y sujetando la bolsa entre los pies, con lo que de sentarte ya te despides.

La señora de al lado nos lleva a su señor esposo y a mí mareados: a él a golpe de charla insustancial y a mí con las vaharadas a Opium que emana ¡Por Dios! ¿Aún venden frascos de ese perfume del demonio?

Una estación. Los sentados se quedan todos y entra en el vagón un muchacho que se queda a mi lado y una pareja con un micrófono y un altavoz. Buenas tardes, venimos a destrozarles una canción ¡Nooo! Ni el reverb a tope disimula los gallos, quizá porque ponen la rueda del volumen en ‘a todo trapo’. Hombre, al menos no oigo el parloteo de la señora cansina; ahora que lo pienso, tampoco huele ya a Opium… se habrán ido? Nooo. Es que ahora sólo huelo el sobaco del recién llegado; tal vez porque ha levantado el brazo y lo ha dejado a 10 centímetros exactos de mi nariz, o tal vez porque no ha catado ducha en un año. Creo que ambos.

Otra estación y otra y otra. El vagón se llena y no vamos mejorando. Uf, que asco. Menos mal que ya queda poco. La siguiente me bajo. Se levantan la pareja de ancianos mal perfumados y dejan sobre el asiento un periódico de los gratuitos y ¡milagro! está poco sobado. Me lanzo, lo agarro ¡es de hoy! ¡está entero! Sonrío. Realmente, soy un ser humano afortunado…

Afortunadamente, ya es jueves; una estación más y será viernes. Buenos días!