científico

17.03.2016

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Llevo años escuchando sin perder la sorpresa las noticias sobre domótica que dan de tanto en tanto en el telediario… Anuncian un gran descubrimiento, un avance sorprendente, un mundo nuevo que la informática y la electrónica nos traerán de la mano….

 

Y qué será? (Me pregunto siempre ilusionada). Por fin la patineta voladora? Un portal para teletransporte? Una caldera silenciosa, al menos? Nooooo. Qué va! Lo que llevan diez años anunciando como la mejora definitiva en nuestro hogar es una aplicación, o una nevera, o un robot que [¡Atención! ¡Redoble de tambores!] te hace sólo la lista de la compra!!

 

Toma ya! La bomba!! Waaaauuu!!

¿¡!?

O como diría un guiri wtf??

 

¡Madre del amor hermoso! Pero estos investigadores de los c*****s no tienen casa? De verdad eso les parece el colmo de la modernidad?? De los aspiradores Roomba entonces no habrán oído hablar!!?

 

A ver, lumbreras, que a mí personalmente coger un boli y un papel y apuntar: limones, huevos, ajos, café y pavo no me supone ningún trauma! Es más, no quiero ni imaginar los parámetros que tendría que configurar para que mi nevera me hiciera ella sola la compra, que depende de los productos que encuentre de temporada, mis planes de salir semanales y los antojos que me puedan dar… Si me gasto un pastizal en un robot-mayordomo es para algo más! Prefiero, por ejemplo, que pase el quitapelusas o me de un masaje en los pies después de cenar!! Y ya me encargo yo de la dichosa lista. Que no me convence esa manía de querernos evitar el pensar (aunque sea en puerros y aceite nada más).

 

En serio, los periodistas científicos deberían ya saber que -en este campo- la ausencia de noticias no es una noticia. Y que si no hay nada que contar, pues no hablamos de domótica y ya está. No pasa nada. Que el día que inventen una lavadora que case sola los calcetines, o una plancha que no precise de malabares con las prendas, o un lavavajillas que quite la mesa, frote las sartenes y coloque después la loza, entonces, tendrán su titular.

 

Por ahora, en mi lista, no queda más que los buenos días por dar. Así es que ahí van. Jueves. La semana se nos va…

15.12.2015

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Normalmente, a los estudios pseudo científicos estos que antes rodaban por el correo electrónico y ahora anidan en cualquier rincón del Facebook no suelo ni creerlos ni prestarles mayor atención, pero el otro día tropecé con uno que me ha encandilado.

 

Resulta que científicos de la Universidad de Stanford han determinado que se produce una correlación negativa entre las horas de sueño y el Índice de Masa Corporal, de tal manera que estos señores de reputada carrera e intachable trayectoria, han dedicado sus esfuerzos y trabajo a limpiarme a mí de mala conciencia y darme la excusa perfecta porque así -amparándome en sus conclusiones- los kilos que me sobran no son por dar rienda suelta al hedonista placer de llevarme una delicia a la boca, si no a la involuntaria desgracia de dormir menos que una farmacia.

 

Pero eso no es todo… Por lo visto, también influye negativamente en la presión arterial, el estómago, el páncreas y los reflejos, que según dicen, se igualan a los de alguien que ha bebido cinco copas (¡!)

 

Ergo, estas Navidades, cada vez que beba una cañita, echaré una cabezadita; que me paso con el tostón, me duermo un siestón y caso de que se me vaya la mano con el ron o el turrón, le pienso echar la culpa al colchón!!

 

No sabéis que paz me han dado los de la bata blanca y el doctorado. Y así, si duermo tranquila, me quito un peso de encima!

 

Martes de aproximación a la Navidad. Cuidado! Que como dice una amiga mía, cuando termina el adviento, empiezan las tempestades. Buenos días!

28.10.2015

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De alguna manera que no acierto a comprender, facebook debe saber no sólo que este fin de semana me he ido a coger setas, si no que mi intento ha sido infructuoso y no había ni una, porque ayer empezaron a aparecerme en el muro anuncios de una empresa -ecológica, sostenible y estupendísima- que me quiere vender setas sin nacer para que yo las haga florecer.

Entendámonos, la idea me parece fetén (fetén es como decían ‘cojonudo’ nuestros padres): tú abres el saquito, lo remojas bien y, si lo sigues pulverizando con agua, las setas aparecen. Bien. Vale. La coña llega cuando descubres que el ecológico cultivo es verde -fundamentalmente- por el aroma a euros que desprende… Obtienes, con suerte, 700 gramos de seta normal y corriente por el nada módico precio de un billete de vente. Amén de privarte del paseito campestre.

Vamos, que el experimento de recogedor doméstico de hongos es del mismo género tonto que los huertos urbanos comerciales: te sale -euro arriba, euro abajo- a cojón de pato silvestre. Y ya sabéis lo que la OMS dijo ayer: de carnes rojas, niente!!

Esta última gracia de los científicos, por cierto, creo que me ha puesto el colesterol por las nubes porque el teléfono se me llenó ayer (imagino que a vosotros también) de lonchas de panceta, cerditos de Jabugo y manifiestos en defensa de sus carnes. Y para colmo, hoy rematan la noticia diciendo que recomiendan ingerir insectos y carnes de laboratorio, que son mucho más sanas ¡Seguro!

 

Vamos, que sin menospreciar ningún alimento -ya sabéis que buena boquita tengo- no me pienso privar de despacharme a gusto con mi propio comunicado:

 

Estimados doctores de la OMS, frente a su menú degustación de estofado de probeta con setas de cartón y grillos de guarnición, yo les ofrezco un chuletón. ¿Qué les dice el menos común de sus sentidos que es mejor?

 

Por Dios… ¡Los estudios científicos nos pillen confesados! ¡Si de chorizos está el mundo lleno! Miércoles. Buenos días.

10.03.2015

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Según la paradoja de Fermi, si hay tantas civilizaciones en el universo, tanta vida inteligente en la galaxia, es contradictorio que no se comuniquen con nosotros.

 

Esto lo formuló el tal Fermi -a la sazón científico nuclear- mientras charlaba en el comedor con unos colegas con la muy elaborada y sintética sintaxis: ¿dónde están?

 

El gran silencio.

 

Y para explicar el gran silencio hay un río de teorías con mayor o menor rigor científico que van desde la inexistencia de extraterrestres hasta un complot interestelar para no decirnos ni mu.

 

Pero ninguna acierta.

 

El gran silencio está, en realidad, en nuestro planeta. Yo lo he visto.

 

El gran silencio es tener a una persona delante, hablar, y aún así no comunicarte.

 

El gran silencio está lleno de palabras que se hacen serpiente: se retuercen, envenenan y resbalan.

 

Es a la vez un escudo y una bala. Un proyectil que desgarra la propia carne y la carne ajena. Una perturbación en la dimensión del universo que crea vidas paralelas. Distorsiona la historia y arrasa con las certezas.

 

El gran silencio es un adversario taimado -todo humo, soledad y cervezas- que paraliza los músculos del cariño y deja los cuerpos rígidos, incapaces de buscarse para romper su barrera. Es un dardo en la lengua, que le amputa a ésta su parte buena.

 

El gran silencio trae los gritos y la guerra. En un bar con poca gente o en una plaza semi desierta. Comparte sustancia con las penas: que no matan, pero ayudan a no dormir…

 

Lo que ni el señor Fermi ni yo sabemos es si tiene escapatoria su paradoja. Si hay una puerta trasera que nos evite tanta batalla queda. Si existe la palabra mágica que anule tanta ausencia. Si ponerle un nombre, todas estas letras y dejarlo a la deriva en una botella es conjuro para que la comunicación vuelva.

 

Si el gran silencio tiene cura y si vamos a buscarla siquiera. Buenos días.

02.02.2015

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La Fórmula de la Felicidad. Día 1

No, señor agente, tiene que creerme, no es así como sucedieron las cosas…

Yo trabajaba cada día en mi laboratorio, incansablemente, de sol a sol, mezclando distintas sustancias, calculando cada ecuación, corrigiendo las desviaciones… Cada vez que llegaba a un callejón sin salida, comenzaba de nuevo, partiendo de cero sin desalentarme.

Fueron días duros, de sacrificios, de desvelo. El desánimo acechaba cada vez que fallaba un intento, pero la ilusión podía más que el miedo y no dejaba que las sombras oscurecieran nunca el azul del cielo.

Y así, a fuerza de mucho esfuerzo, un día conocí el éxito; había creado aquello que todos deseamos: la fórmula de la felicidad.

Apenas podía creerlo. Aquello cambiaría el mundo, podía verlo. Aún faltaban pruebas y experimentos, claro, pero no cabía duda. Había logrado encerrar en un matraz la meta última de todos los sueños. Con una pizca de esto y otro poco de aquello, se comerían todas las perdices de todos los cuentos.

Habría que buscar como comercializarlo, la forma de que fuera barato, de que pudiera llegar a todos los rincones del mundo…  Era lunes y lucía un sol espléndido. Buenos días!