clema

03.02.2016

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En el pueblo de mi madre (me consta que también en muchos otros), las familias tienen un apodo. El de la mía, por parte de mi abuela, es “la instalaora” gracias a su padre y un hermano que eran electricistas y encargados de las instalaciones de la compañía eléctrica en el pueblo.

Quizás por este motivo, en algún oscuro rincón de mi cerebro, he creído que igual que se heredan los apodos se hereda su contenido, porque la electricidad siempre me ha sido muy familiar: nunca le he hecho ascos a cambiar un enchufe o arreglar un cable pelado a pesar de mis pírricos conocimientos en la materia.

El caso es que a fuerza de observar de pequeña a mi abuelo que era un manitas, yo tenía clara la cosa del casamiento del cobre y el uso abundante de la cinta aislante. Pero el otro día, que tenía por meta cambiar los focos empotrables de mi cocina por dos flamantes downlights led, descubrí que no todo cable es orégano y que juntar colores como en el Lego no es siempre la solución…

Poneros en situación: voy yo con toda mi ilusión, desmonto el foco viejo de bombilla pasada de moda y me encuentro que a ese aparatejo lo alimentan dos mangueras de cables que van a confluir en una clema con seis alambres de tres colores diferentes enganchados; miro mi precioso foco nuevo y me encuentro con que éste sólo tiene dos cablecillos blancos esmirriados para hacer frente a todo ese ejército ¡Ups! Y yo con mi cinta aislante colgando… A puntito de saltar por la ventana (hasta que recordé que vivo en un bajo).

 

Afortunadamente, Dios ha inventado los grupos de Whatsapp además de los focos led y lo que me falta en sabiduría me sobra en amigos con buena voluntad… Me cambiaron el foco por teléfono y a danzar. ¡¡Eso sí que es chispa!! Es estupendo conectar…

 

Miércoles. Buenos días!!