comida

10.11.2015

Posted on Actualizado enn

Leo en uno de esos link que pululan tanto por facebook que, para seguir una alimentación saludable, hay que saber reinterpretar la información que te transmite tu cuerpo. Que se te antojan dulces, dale fruta; que te apetecen fritos, te zampas un aguacate y cosas así. Y la verdad es que en la foto del post y en teoría parece un truco asequible y razonable, pero en la vida real -seamos francos- esto no sucede.

Para empezar, porque si paso por la Mallorquina y me llega el olor de una napolitana de crema y además giro el cuello y veo una napolitana de crema en el escaparate y para colmo empiezo a salivar y la propia saliva me sabe a napolitana de crema, al que me meta en ese momento una manzana en la boca, le meto un viaje que acaba en el propio Nápoles dándose la crema.

Y para seguir, este cuerpo mío que tan tonto se pone para algunas cosas, hay otras que las tiene clarísimas. Es decir, a mí no me pide genéricos tipo ‘dulces’ o ‘salados’. A mí cuando me pide una ensalada de langosta sobre lecho de cebolla caramelizada y boletus, sabe hasta la talla de calzón que gastaba el abuelo del que cogió las setas.

No, en serio. Yo he pasado temporadas muy raras en las que me apetecían a todas horas mejillones en escabeche. O pimientos asados, que una vez me comí un bol entero para desayunar. Ahí que es lo que le tenía que dar al cuerpo? Como interpreta una esas señales??

Sospecho que al instinto intestinal no se le puede tratar tan mal y que, cuando le aprieta el zapato y pide liebre, no se le puede dar gato.

Que os pide hoy vuestro cuerpecito serrano? Un martes de los de levantarse temprano? Buenos días!

10.06.2015

Posted on Actualizado enn

Me vais a llamar pesada, pero tengo la necesidad desatada de hablar de hormigas otra vez esta mañana. Como este año hay tantas y me he pasado recientemente cuatro días de convivencia con ellas, tengo inquietudes y aventuras nuevas que contar…

Entiendo, por ejemplo, a las que se cuelan por cualquier resquicio de la cocina para llegar hasta el azucarero; puedo llegar incluso a comprender a las que escalan el bote de la sacarina liquida para acabar flotando en ella (son golosas, pero más de cuidar la dieta); y, si me aprietan, hasta puedo ser tolerante con las que merodean la puerta del microondas para zamparse algún resto adherido a él, pero las del baño? En el cuarto de baño qué coño esperan comer?? Joder, que las hay por el suelo y el otro día vi tres rondando un bote de crema… ¿Acaso alimenta el Q10 ese que no sé ni lo que es?

Pero lo que ya me mosquea sobremanera es esa hilera interminable que recorre la cochera o un desván donde lleva meses sin pisar un alma. Ahí que coño pintan? Hay acaso un tesoro escondido en forma de migajas?? Lo digo porque si es así, en una noche de esas que llegas muertita de hambre a casa y no encuentras nada apetecible en la nevera, igual no es mala idea seguirlas, a ver de ahí qué se llevan.

Aunque por dónde ya sí que no paso es por que me muerdan ¡A mí! ¿En qué quedamos? ¿Son depredadoras o carroñeras? ¿Les va el goloseo o el canibalismo? Me desconciertan. Si no tienen dientes… ¿¡con qué coño aprietan!?

El caso es que cada vez tengo más desarrollado el ‘instinto hormicida’ (como muy bien lo bautizó mi querida Mati) y que mis remordimientos se desvanecen en la palabra defensa. Esperemos que no me dé por hacerlo con todo el que me muerda ;

Miércoles (X) Buenos días!

27.04.2015

Posted on Actualizado enn

Hay en el pueblo de mi madre una costumbre que, aunque no goza de su mejor momento, todavía se practica: cuando vas a visitar e interesarte por algún enfermo, le llevas como presente algo de comida. Nada de delicatessen, si no comida de verdad como un pollo, media merluza o alguna lata de conservas; según sea el grado de compromiso que tengas. Desconozco el origen de tal tradición pero, ateniéndome al pragmatismo que gobierna mi vida, me parece una idea estupenda. ¿Para qué quiere el enfermo flores, figuritas o alguna otra monería? Siempre será más útil algo que pueda meter a la cazuela… aunque a veces también así puedes errar, como cuando le llevamos un bote de melocotón en almíbar a una vecina diabética…

Me acordaba de esto el otro día cuando -fruto de la casualidad y no de una intención deliberada- me presenté a ver a una amiga escayolada de un pie con un espléndido y lustroso ramo de acelgas (en lugar de unas gardenias o unos claveles). Realmente las acelgas son capaces de cumplir esa doble finalidad: que tienen que adornar, adornan; pero al final del día las quitas del florero, las troceas, las cueces y están también estupendas. O no?

Y es que por más que digan que, en el lenguaje de las rosas, regalar 365 significa amor eterno, a mí eso no me convence. Francamente, al precio que tienen esas flores, encuentro regalos mucho más eternos como un buen viaje, una moto o, incluso un par de letras de la hipoteca… Pero eso queda a los que por el interés quieren a Andrés. A los demás nos basta con un manojo de ajetes, de espinacas o, como dice la canción [que a mí se me conquista] con un ‘te quiero’ y con dos verdades… Buenos días de lunes!

25.03.2015

Posted on Actualizado enn

En ese fifty-fifty de cabeza y corazón que tantos habitamos, he reconocido siempre tanto la ley de la causalidad como la de la casualidad. Que las segundas sean fruto de unas primeras que no conocemos? Pues quizá, pero ahí reside parte de su encanto…

 

Todos tenemos historias en las que un azar rocambolesco juega sus cartas para llegar a un resultado inesperado. Que se lo digan a mi amiga Alba, que tiene un esguince porque la avería del coche la dejó en Madrid con tiempo de probar el padel. O a esos que por una distracción no cogieron un avión que se estrelló o un billete de lotería que tocó. Que se lo digan a la familia que regaló a sus padres por primera vez un viaje a Túnez. Por fortuna, mi casualidad del pasado domingo no fue tan determinante. Por la graciosa intervención de la suerte, yo acabé avistando delfines en la Costa del Sol (que no es moco de pavo).

 

La cosa fue que mi padre -que le suelta cada parrafada al Google que lo tumba- encargó la paella para 10 comensales en el primer teléfono que le dio el buscador, sin detenerse a comprobarlo. Al llegar a la venta donde pensábamos comer y decirnos que no tenían ninguna mesa reservada para nosotros, se destapó la confusión y recurrimos a Google de nuevo para averiguar dónde coño habían cocinado una paella para nosotros. Resultó que era el comedor de unos apartamentos a pie de playa y allí nos plantamos las dos familias al completo: en un complejo turístico desierto donde salió hasta el apuntador a observar con extrañeza a quien había hecho tan curioso encargo en semejante lugar ¡OMG! Como era de esperar la comida estaba fatal: la paella era un preparado congelado de mala calidad todo arroz y guisantes con algún tropezón de pescado sin nombre, calamar del jurásico y mejillones que habían conocido siglos mejores; coronada por unas natillas a las que la cocinera olvidó echarles el azúcar y un helado del año anterior que apareció debajo de los mejillones.

 

Pero mira tú por donde, al salir a tomar el café y el aire a la terraza, allí estaban frente a nuestras narices dos delfines juguetones haciendo cabriolas cerca de la orilla para que al menos la vista se llevara el gusto que no se había llevado el paladar… Es o no casualidad?

 

Miércoles. Buenos días!!

 

Delfín móvil paella

20.01.2015

Posted on Actualizado enn

Habida cuenta de esa costumbre tan propia de meterme en todos los fregaos que se me ponen por delante -y hasta alguno que se me pone por detrás- el próximo 31 de enero me he apuntado a un certamen de tapas.

 

Es una cosa entre amigos, sin mayor trascendencia. La idea es que cada uno cocine la suya y juntarnos en un bar (que se presta) para someterla al criterio de los demás, de tal manera que el que resulte ganador, queda exento de pagar su cuenta por el vino o la cerveza con que ha estado regando la cata. Como veis el premio no lleva aparejada ninguna beca, ni medalla, ni es más sustancioso que ahorrarte la dolorosa de estar un día de cañas, pero puestos a competir, lo que quiere mi menda no es sólo participar (que está muy bien) si no ganar. No por competitividad, eh! Por respeto a los demás…

 

El caso es que como mis dotes culinarias son más bien modestas (lo mío es la cocina de supervivencia resultona), tengo frito a todo cocinillas que me rodea pensando una receta. Y se me ha ocurrido que, ya que las bases del concurso especifican que el artífice del plato debe ser el propio concursante pero no se manifiestan respecto a la petición de ayuda previa, podría hacer por aquí un llamamiento masivo para recabar ideas…

 

Es de desear que sea, como en las compras clandestinas, ‘bueno, bonito y barato’. Es decir rico, sencillo de elaborar y vistoso, que por los ojos también entra la comida. Y por supuesto, hay prima (de beneficios, no familiar): en caso de resultar ganadora, convidaré a un mínimo de una caña a todo el que haya tenido a bien participar, faltaría más!

Arriba esas copas, brindemos por las grandes ideas y por los buenos días! Algo que aportar??

19.09.2014

Posted on Actualizado enn

El otro día me puse a cocinar una lombarda y acabé lesionada. Mira que tengo yo ilusión con la dichosa col morada, primero por su color -que me parece divino- y luego porque durante años no la he comido: a mi madre no le gustaba y no la ponía nunca; pero es que la muy puñetera tiene sus inconvenientes…

 

Para empezar, por más pequeña que la escoja, pesa más de dos kilos, que habría que mirarle el contenido en plomo. Y para seguir, que mira que está dura la bicha; es inmune al más fuerte de los cuchillos: hay que partirla sí o sí con serrucho. Y aún así, cuando llegas al tallo, no hay tu tía. O tienes una motosierra en casa -que no es mi caso- o lo llevas crudo. Que se te queda crudo por no poder trocearlo, vaya.

 

El caso es que, como ya la había comprado y transportado a casa, (que ahí es donde me pude haber hecho la primera lesión) y bruta soy un rato, agarré el machete y me dispuse a reducirla para meterla en la cazuela. Y en esas es donde me dejé la mano hecha un cristo. Porque eso en las pelis de maníacos asesinos no se ve pero, es abrumador lo que duele la mano, cuando descuartizas algo!

 

Lo bueno es que es sana, está rica y -para una persona sola- te dura toda la semana. Y, total, como al viernes hemos llegado, la lombarda se ha acabado y esta semana ya la hemos descuartizado!! Feliz fin de semana. Buenos días!!

31.07.2014

Posted on Actualizado enn

Ahora resulta que a mi congelador le ha dado por cometer incongruencias meteorológicas (meteoroilógicas más bien) y, cuando más aprieta el calor, más se enfría él; de tal forma que cuando lo abrí el otro día los cajones ya no eran tales, si no tres bloques de un iglú. Tal cual. Verídico. El congelador congelado.

 

Como piezas perfectas de la obra maestra de un arquitecto esquimal que son, no se menean. Usando el hielo como argamasa, se han solidificado de tal manera que he perdido la posibilidad de acceder a mi nevera. Ni tirando con todas mis ganas! El mayor triunfo conseguido ha sido un crujido y una lluvia de carámbanos que se dispersaron por el suelo, pero no se abrió ni tres milímetros ¡!

 

Por un lado estoy tranquila porque, si el mamut aquel que encontraron en Siberia aguantó 39.000 años en perfecto estado de conservación bajo el hielo, no creo que se me vayan a poner malos a mí mis filetitos de pollo, no? Pero por otro… coño! Que tengo hambre, tengo alimentos… y no puedo comérmelos!! No puedo ni acercarme a ellos!!!

 

Lo que más me jode del asunto es que, si yo descubro esto unos días antes, no me gasto un pastizal en regalarle a mi hermana un “baño ‘vip’ con osos marinos” en el Faunia. Hubiera cogido una piqueta, dejo salir a los pingüinos y le preparo una “ducha ‘fa’ con pájaros bobos” en mi casa: inigualable  ¡¡!!

 

En fin, escarmentad por mi cabeza a pájaros y mi estómago rugiente: el congelador, como el corazón, hay que abrirlo y ventilarlo de vez en cuando… Buenos días de jueves!

12.06.2014

Posted on Actualizado enn

Es tradición pública, notoria y reconocida en mi familia que, a poco que comienza la temporada estival, comienza la producción e ingesta masiva de sopas frías de tomate; bien en la más popular forma de gazpacho, bien en forma de porra antequerana (lo que la mayoría conocéis como salmorejo). Igual me da; los dos me encantan y constituyen el primer plato perfecto de todas mis comidas veraniegas.

El primero del año siempre me sabe a campanada de salida de lo mejor de esta temporada: a terraceo, a mar, a amigos, a días largos, atardeceres lentos, a viajes, a poca ropa, a deseo. El primero de este año, en concreto, me ha sabido a todo eso y, además… a madera. A madera sí; cual si fuera un Rioja criado en barrica de roble. No. No es una metáfora ni que hayamos patentado un nuevo sistema de maceración del tomate… Ha sido cortesía de mi madre (el hada que, cuando aparece, rellena los tupper), que le ha añadido a la porra un ingrediente secreto: cuchara. Tuvo la peregrina idea de meterla en el thermomix mientras estaba funcionando (a saber con qué propósito, porque si era para removerlo digo yo que las cuchillas a toda leche ya harán algo); de tal forma que de la cuchara de palo que entró, sólo el palo salió. Y qué queréis que os diga, mezcladas con el tomate, el ajo y el sabor a sol, las astillas no están tan mal.

Lo malo del cuento es la moraleja refranera: madera que no mata.. ¿flota? Pues eso, otro verano flotando. Jueves. Buenos días!

01.04.2014

Posted on Actualizado enn

Nada como organizar una comida en tu casa para darte cuenta de que, después de mucho protestar, te has convertido en tu madre: vienen 4 pero preparas comida para 40, rellenas los platos hasta que se salen, insistes en que repitan, les animas a que se lo terminen, no consientes que prescindan del postre y no pones el culo más de dos minutos en la silla hasta que llegas al café.

Además es que te vas dando cuenta de todo mientras sucede, pero no lo puedes evitar; como si tuvieras el íntimo y pleno convencimiento de que esos angelitos, pese a su aspecto saludable, no han tenido en su vida un plato de macarrones delante. Al ‘no puedo más’ respondes automáticamente ‘sólo otro cacito’, al ‘ya estoy lleno’ un ‘pero te comerás un flan’ y sólo reaccionas cuando te preguntan dónde está el baño para ir a vomitar…

Para colmo, tus propias papilas gustativas están atrofiadas y eres incapaz de decidir si el pollo está salado o picante y, por supuesto, no te conformas con un ‘todo muy rico, gracias’, te embarga una inseguridad hasta ahora desconocida y necesitas un refuerzo positivo que no habías requerido jamás: si no te dicen un mínimo de 25 veces, de motu proprio y con cara de sinceros lo buena que está la comida, te sientes fatal; crees que han arrebañado el plato y te han pedido más sólo por disimular ¡¡Ay!! ¿Quién me lo iba a decir a mí?

En fin, ¿Un poquito más de martes? ¡Venga, otro cacito más de buenos días! Feliz comienzo de abril.

27.02.2014

Posted on Actualizado enn

Conste que no es una cuestión de principios (ni de finales), pero lo cierto es que no suelo comer hamburguesas. Conceptualmente me gustan, no tengo nada contra ningún ingrediente (salvo que le pongan aceitunas) y no creo que sean mucho más insanas que tantas otras cosas que comemos; simplemente no tengo costumbre de hacerlo y el otro día, que me pedí una, me di cuenta del porqué: excepto que tengas la capacidad de algunas serpientes de fracturar tu propia mandíbula para ingerir alimentos más grandes que tú, es imposible meterse eso en la boca.

Pero vamos a ver: si me trajeron un panecillo más bien fofo y del tamaño de un donut que soportaba sobre sus lomos un filete de carne picada, una loncha de queso, otra de bacon, un huevo frito, media lechuga, una cebolla, un tomate y un pepinillo… Sumando todo eso en una construcción vertical me daba el equivalente alimentario de un rascacielos de 15 plantas. Por Dios, las semillas de sésamo mareadas de puro vértigo ¡!

¿Y cómo me lo como? Porque si hago dos montones, en uno me queda la chicha y en otro la ensalada separados por un ancho mar de patatas fritas, pero eso ya no es una hamburguesa, es un plato combinado… Al final, las hamburguesas me provocan exclusión social: quienes las comen forman parte de un club al que, sencillamente, yo no pertenezco ¡Qué le vamos a hacer! Por suerte, formo parte de ese otro club al que ese hecho y tantos otros nos dan igual.

Jueves y, en Estados Unidos, día de oso polar. No pensaba, pero me va a tocar hibernar. Buenos días…