condena

28.10.2014

Posted on Actualizado enn

Siempre he entendido la curiosidad como una manera de enfrentarse a la vida. En concreto, mi manera.

 

También es verdad que aplico el término con cierta sutileza muy alejada de la acepción que la encadena a esos diseccionadores de corazones ajenos que encuentran su espacio en los medios.

 

No. Mi curiosidad no es eso. Es una sucesión de ojos y oídos abiertos que me empuja a viajar por todos los conocimientos que no tengo. Igual me eclipsa la materia oscura del universo que el sistema reproductivo de un cangrejo. Es la fascinación continua por este mundo nuestro tan complejo. Mi curiosidad vital, esa que llevo adherida al ADN y tatuada en un brazo, es la capacidad de la que me enorgullezco de interesarme absolutamente por todo lo que veo.

 

A pesar de eso, esta vena inquisitiva mía no acostumbraba a internarse por puertas entreabiertas de otros y, sin embargo, el otro día lo hizo. Sin malicia pero sin remordimientos abrí una caja de secretos que no eran propios. Y he terminado con un saber que probablemente no quería, ni era necesario, ni sé muy bien cómo manejarlo. Y aunque diste mucho de ser la caja de los truenos, comparte con ella algo: lo que una descubre ya no se puede volver a meter dentro.

 

Por eso hoy me planteo de qué murió exactamente el gato curioso y si la interrogación que me abandera no será, a la par que una bendición, una condena.

 

Martes. San Judas, qué ironía. Buenos días!

18.02.2013

Posted on Actualizado enn

Desde que el ‘descanso dominical’ se ha quedado en antigua canción de Mecano e historia de ciencia-ficción, los lunes han perdido esa cualidad terrorífica de vuelta al tajo que tenían antes; así es que aquí estoy, simplemente en un día más de esta semana eterna en la que estoy cumpliendo condena como las de antes: trabajos forzados y celda de aislamiento… Sólo espero que el ciclo no dure tanto como la era de la riña (en traducción literal del sánscrito: “era del lado del dado marcado con un uno, el lado perdedor del dado”), la Kali iugá, que comenzó un 18 de febrero como hoy en el 3102 a.C. (la medianoche del duodécimo día de la guerra de Kurukshetra) y, según dicen los astrónomos que lo han calculado, durará 432.000 años de los humanos. Vamos, que -o nos reencarnamos- o al nacimiento de Kalki no llegamos ninguno…

Y como la reencarnación está aún por demostrar, a ver si alguien tiene a bien traerme uno de esos pasteles con lima dentro para fugarme, que empiezo a hartarme de ser una zulú cantando este blues ¡! Menos mal que hoy nos toca un Santo que se puede beber: Fran Angélico. Buenos días..