contraste

07.10.2015

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Probablemente, si viviera en Tarifa o en Lanzarote no pensaría lo mismo pero, desde un Madrid dónde viene de tiempo en tiempo, me gusta el viento.

 

Bien es verdad que te deja los pelos cual niña del Exorcista y que te obliga a llevar gafas porque los ojos se llenan de arena y otras sustancias sin clasificar, pero siempre me ha dado la impresión de que te hincha el espíritu además de la falda y que abre un camino por el que la mente tiende a volar. Y a la mía con cualquier pequeña excusa le basta, quizá porque…

 

Lo mío son las rachas de viento que te levantan el vuelo de la falda y una sonrisa. Los trenes que se deslizan entre los pensamientos líquidos de la noche. El plasma de luces blancas y rojas que transportan el monóxido de carbono al asfalto. Lo mío es dejar ir la vista por ese río.

 

Los atardeceres templados. Los últimos rayos de sol que arrancan reflejos dorados. Una mañana de primavera en el campo; una tarde de otoño paseando.

 

Y perderme en ritmos que retumban allá lejos, que viajan hasta mi estomago según entran por las orejas. Y hacer una historia con palabras que vuelan; cargada siempre de un cazamariposas para recogerlas.

 

Lo mío siempre ha sido disfrutar con la vista, con el oído, con el tacto… con todos los sentidos. A veces incluso con los sinsentidos. Porque parte de lo que me rodea son engranajes que no acaban de ajustarse. Piezas de una mecánica disonante; que cumplen a pesar de ello su misión en esa función que es vivir; vivir de esta manera.

 

La noche y el día. El pensamiento y la acción. El dulce y la sal. Volar y nadar. La guerra y la paz. Pasar corriendo y sentarse a observar. Lo mío, que me lío, siempre han sido los contrastes. Y con eso me voy a quedar.

 

Para el viento, vuelve el sol. El sol también me gusta. Buenos días!

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13.02.2015

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A pesar de que defiendo la coherencia como un rasgo atractivo de la personalidad que procuro fomentar, me descubro muchas veces llena de contradicciones: me encanta la noche pero adoro la sensación de aire limpio de mañana; aborrezco las aceitunas pero me priva el aceite de oliva; me considero tirando a conservadora pero defiendo ideas más avanzadas que mis amigos los que se dicen progresistas… Divergencias que tengo enraizadas y no puedo ni quiero cambiar.

 

Lo que no me había planteado es que a algunos objetos inanimados les pasa exactamente igual. Y eso que algunos siempre han estado ahí, delante de nuestras narices (como el kalimocho que -como todos sabemos- está mucho más rico con vino malo que con vino bueno). O lo que me sucedió el otro día, por ejemplo: en contra de costumbre me compré un jersey en una conocida cadena de tiendas de origen chino (normalmente ni entro porque huelen raro y no me gusta). El caso es que la dichosa prenda es una contradicción en sí misma: me la compro en los chinos, pero según afirma su etiqueta es “made in Italia”, cuando cualquier firma italiana (o francesa o española) produce su ropa en China (o en India o Pakistán). Francamente, no me di ni cuenta hasta llegar a casa y el jersey me gustaba, pero me hizo gracia. Vaya usted a saber si será verdad.

 

Pero eso no es todo, para colofón de esta moda de las contradicciones de la vida diaria llega mi ducha. No el habitáculo, que es de obra, muy espacioso y -como me dice una amiga- perfecto para determinadas prácticas aeróbicas duales; si no la grifería. La muy canalla aparenta ser una grifería corrientita (monomando con su alcachofa sin más ni más), pero esconde en su interior una ducha de contrastes digna de cualquier balneario con nombre de ‘a cojón de pato la semana’ del estilo del Templo del Agua… Que ya sé yo que los cambios térmicos son estupendos para mantener la piel joven, pero coño, hay días que preferiría dejarla madurar!

 

Viernes (y 13 para más señas). A disfrutar. Buenos días!!

19.11.2014

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El otro día volví a hacerlo: me fui de excursión (urbana). Esta vez no se trataba de ir en busca de gangas allá donde sopla el viento frío de la despoblación si no que me interné en lo más hondo de Madrid en busca del mejor Cous-Cous que se pueda comer a este lado del estrecho.

Para llegar a él, como en los cuentos, el hada nadadora madrina me encomendó tres pruebas: “recorrerás el camino del monte hasta que no reconozcas ni tu propio nombre, subirás el puerto indicado sin haberte asustado y finalmente pagarás lo convenido (que es un precio bastante reducido)”.

Bromas aparte, no deja de sorprenderme descubrir zonas en mi propia ciudad en las que me siento tan ajena y ésta de los montes vallecanos lo es. Ni me da miedo ni me asombra: las calles son calles y los palotes de hierro con bombillas son farolas, como en cualquier otra parte; pero algunas miradas sí que saben ser excluyentes; y unas cuantas de esas me encontré.

Igual me da. El contraste de las vistas a un lado y otro de la M30 me parece de una belleza singular y como paladín de la buena comida a buen precio no hay río metafórico que no esté dispuesta a cruzar. Además, el aire de pueblo y el comercio colorista siempre me han encandilado, así no es fácil echarme para atrás. Pero… ya vale de mirar.

Miércoles. Qué deprisa. Buenos días!