copas

23.12.2016

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Me descubrí a las doce y media de la mañana de un martes rezándole a Dios y al Ibuprofeno, esto es, que me metí la pastilla en la boca y la convencí de que bajara por mi estoposa garganta ayudada de litro y medio de agua, mientras me santiguaba. Fue un gesto inconsciente que no acostumbraba a hacer y que rematé con un respingo en lugar de con un amén.
Intentaba rellenar las lagunas de la noche pasada y me dio algo de vértigo la cantidad de datos que me faltaban. Me preocupaba la camisa rasgada por la botonadura, la corbata que no estaba y la nariz que notaba inflamada… ¿Esto metálico qué es? ¿Un piercing?

¡Virgen Santa! -exclamé- ¿Qué me pasa? ¡Ni que me hubiera poseído una vieja beata!

Recordaba el principio de la noche; salir tarde del curro, las cervezas con los colegas… Después algo de una chica. La rubia pibón que solía ir por el bar de Blas. Pero no lograba recordar qué pasó con ella ¿me entró? ¿le entré? ¿me entró la tos?

¡Mi madre!

Fue pensar en toser y mi cabeza – que hasta ese momento parecía carecer de lucidez- encadenó un pensamiento con otro a la velocidad del rayo (a saber: fiebre, noche, miel, el puñetero Vicks VapoRub, en la espalda, en el pecho…) y sin saber cómo ni por qué tenía el teléfono en la oreja y al otro lado de la línea a mi madre.

¡Hijo! ¡Qué bien! Acabo de llamarte, pero como no lo cogías pensé: éste salió anoche y seguro que se le fue la mano con los cubalibres y los cigarritos esos que te fumas que huelen a verde, que te conozco, que soy tu madre, Miguel. Pero oye, me sorprendes ¿Tu abuela? Muy bien, aquí la tengo, deseando verte. Sí, sí, ahora mismo le digo cuánto la quieres. Hijo, ¿estás bien? No me malinterpretes, me emociona que estés tan cariñoso pero, no sé, se me hace raro… Vale, ahora le digo a tu padre que le ayudas a prender la lumbre. No, tranquilo, yo no necesito que me hagas nada. Bueno vale, la mesa, sí, tú la pones ¿Seguro que estás bien?

Colgué con mi madre entre terribles temblores. Joder. Joder. Joder. (Señor, perdóname). Esto era grave. Que si besitos a la abuelita, que dile a papá que no cargue con la leña que ya estoy yo para aliviarle la tarea, que te mereces un descanso mami, deja que yo prepare la cena ¡Ese no soy yo! ¡No, no, no!

 
Se hacía imprescindible recordar la noche anterior. Creo que me dieron algo. Hay pastillas muy chungas, psicotrópicos ¡y setas! Setas de esas que te hacen ver enanos. Enanos montados en unicornios. Enanos montados en unicornios que vuelan por encima del arco iris y se cruzan con Papá Noel, que viaja en su trineo cargado de paquetes y tirado por nueve renos: Rodolfo, Trueno, Relámpago…

 
¿Pero qué coño digo? Yo no me drogo (bueno, sólo porros) y tampoco veo enanos ni unicornios. Y mucho menos al gordo repartidor de Coca cola ese. ¡Ho-ho-ho-ho!. No. Veo mi piso, mi ropa hecha un asco, los platos sucios en el fregadero… Pero siento algo raro. Como una sensibilidad que me inunda el pecho. Me siento confuso pero alegre. Siento amor. Amor por todo el mundo. Quiero que paren las guerras, que nadie sufra, que todos ayudemos al prójimo…

 
¡Cojones! ¡Los polvorones!

 
Ha debido ser eso. Blas sacó una bandeja con la cerveza y recuerdo haberlos probado. Debo tener un empacho. Un subidón de azúcar que me nubla el cerebro. Pero me siento tan pletórico…

 
Pues nada, así sea. Sacaré pandereta y zambomba y me rendiré a la dicha. Al fin y al cabo, como esta noche es Nochebuena, mañana será Navidad… Mi madre se llama María y no pienso dejar que saque la bota porque lo que soy yo, no me voy a volver a emborrachar.

 

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02.08.2016

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Me levanto hoy preocupada porque hay una cosa que me cabrea sobremanera y creo que no la he contado nunca: los detergentes. Bueno, no éstos en sí, si no el hecho de que se haya puesto de moda de unos años para acá medirlos en ‘cacitos’ o lavados.

Antes, tenías el Ariel -y su gran reto de la limpieza- de 5 kilos o el Wipp Express -el frotar (vaya por Dios) se iba a acabar- de tres. Ahora, para encontrar el peso de un tambor de detergente te tienes que llevar las gafas de cerca (aunque no las necesites) porque, si aparece, es en la más minúscula de las letras. Y esto es lo que me molesta.

¿Qué coño de unidad de medida es un cacito? o ¿Cómo se atreven a afirmar cuántas veces voy a lavar con él? ¿Y si le echo los 54 cacitos en el primer lavado, eh? ¿A que cambia la cosa y ya no me dura 27 lavados? ¡Listos, que son unos listos! Es como si compras una botella de ron y en lugar de poner 700ml. te dice que su tamaño es de 15 copas!! O un brick de leche que afirme que contiene 7 desayunos!! Me parece una forma absurda de anular nuestra capacidad de cálculo, de hacernos usuarios cada vez más incultos, como en las sucesivas versiones de Windows…

En cambio, hay otros productos que quizá requerirían de mayores explicaciones y no las traen. Véase las camisetas que se estropean en una puesta, los ambientadores que duran 3 días o los tíos, con los que no sabes cuántas raciones contienen; que te puede parecer que vienen con una dosis y te duran casi dos años y los que aparentan tener más capacidad pero se consumen en un solo uso…

Va a ser cosa del etiquetado, que está fatal en tierras patrias. No sé cómo andará en Copenhague, por ejemplo, pero aquí, sin duda, hay que mejorar la información suministrada, no siendo que una acabe echando los polvos –del detergente– después de una botella de 15 copas y pierdas el cacito de medir contendientes. Aunque puedas echarle la culpa al nitrógeno. Siempre.

 

Agosto ya va rodando. Buenos días. Feliz mes oficial del verano.

24.06.2014

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Ay que ver, no se puede poner una mala…

 

El viernes de hace un par de semanas, a eso de las tres y algo de la madrugada, tuve un ligero problemilla con los hielos de la última copa: me sentaron mal. Seguro que a vosotros alguna vez también os pasa: no has bebido tanto, no vas mal pero, de repente, al cuarto trago de la tercera copa, te emborrachas. Es inexplicable porque ya te ibas para casa pero, según vas subiendo la calle, más te tajas; de tal manera que llegas a la cama con una melopea monumental en la que ni el echar pie a tierra sirve de nada.

 

Evidentemente es que en algún trago te han metido garrafón; garrafa y de la mala, porque al día siguiente te levantas acabada. El estómago del revés, la cabeza te estalla, sigues mareada… Cuando a eso del tercer intento logras salir de la cama, las fuerzas sólo te alcanzan para las labores de supervivencia básicas: comer y visitar la taza. Después, por no volver a meterte entre las sábanas, te viertes en el sofá desmadejada y para no pasar solita semejante trauma enciendes la tele sin prestar mucha atención a lo que haya.

 

Y aquí, señores, es cuando todo el peso de la presión social cae sobre tus espaldas en sesión doble y de traca: “Madre de alquiler” peli cutre donde las haya, que parte de la premisa de que toda mujer, si no ha tenido hijos, debe ser como poco directiva millonaria, seguida de una cabezadita para abrir los ojos y encontrarte “Nueve Meses”, otra oda a la maternidad de lo más descarada… Tan mal anda la natalidad en España?

 

Lo que os decía, no puede una ponerse mala. Menos mal que esto, los martes, no pasa. Buenos días!

10.02.2014

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Tengo que fijarme cómo lo hacen en los bares porque cada vez que preparo un gin-tónic artístico en casa, el resultado suele ser bueno, pero cuando me enfrento a dos copas vacías llenas de restos, nunca sé qué hacer con ellos.

Suele quedar algo de líquido, cáscaras de algún cítrico, bayas de enebro… A la basura no puede ir por el goteo, pero al desagüe tampoco, que los sólidos los digiere fatal ¿y entonces? Toca pescar lo que haya dentro con los dedos: quito un hielo, escurro el caldo, ¡coño, ya se me coló otra bolita del dichoso enebro! Lo que viene a ser un guarreo. Y aunque no suelo fijarme en lo que hace un camarero con mi copa cuando yo ya la he dado por muerta, no me suena que arme ese follón para limpiarla, no?

¿Donde van entonces los restos del naufragio en el sector hostelero?

Eso es lo que siempre he envidiado a los norteamericanos: el triturador de basuras en el fregadero. Que aunque en las pelis gore siempre acaban con algún brazo dentro, digo yo que un europeo sensato puede hacer un buen uso de ese invento ¡!

Lunes. Los restos del fin de semana me cierran los ojos y me abren la boca. Podría triturar este sueño tan pegajoso que tengo?? Buenos días…

03.07.2013

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Renuncio.

Renuncio…

En todas las puñeteras acepciones de la RAE (excepto la que atañe a los juegos de azar) a mantener las manos quietas hasta que seque el esmalte, a curarme la infección de caballo que tengo en el oído sin antibióticos, a que el repollo me quede igual que a mi madre, a que me gusten los leggins, a tirar de carros ajenos, a hacer cabalas, a ser cabal.
Renuncio a añoranzas y destemplanzas sin sentido antes de que me quiten el mío. Renuncio a lo que no tengo e incluso a algo de lo que tengo. Porque paciencia es uno de los dones que no me tocaron, mira por dónde; a mí me dieron una lengua veloz que tiende a perderme, una espalda ancha para echar ahí los problemas, y una frente estilo minotauro que siempre mando por delante, pero ¿paciencia? Esa se la debieron dar toda a un tal Job, que de mi familia no es. Y es que a veces, aún siendo una chica afortunada, le ves el culo a la suerte, así es que nadie me venga con que si han pintado oros y tú tiras copas teniendo bastos porque, estando fuera las espadas, puede que renuncie hasta en el tapete…

A ver si la culpa va a ser de los japoneses, que un 3 de julio del 98 lanzaron su sonda Nozomi -la esperanza- para estudiar la atmósfera marciana pero, cosas de la vida y del espacio, la Esperanza nunca logró completar su misión y se perdió…

Miércoles. Buenos días!!