costumbres

27.04.2015

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Hay en el pueblo de mi madre una costumbre que, aunque no goza de su mejor momento, todavía se practica: cuando vas a visitar e interesarte por algún enfermo, le llevas como presente algo de comida. Nada de delicatessen, si no comida de verdad como un pollo, media merluza o alguna lata de conservas; según sea el grado de compromiso que tengas. Desconozco el origen de tal tradición pero, ateniéndome al pragmatismo que gobierna mi vida, me parece una idea estupenda. ¿Para qué quiere el enfermo flores, figuritas o alguna otra monería? Siempre será más útil algo que pueda meter a la cazuela… aunque a veces también así puedes errar, como cuando le llevamos un bote de melocotón en almíbar a una vecina diabética…

Me acordaba de esto el otro día cuando -fruto de la casualidad y no de una intención deliberada- me presenté a ver a una amiga escayolada de un pie con un espléndido y lustroso ramo de acelgas (en lugar de unas gardenias o unos claveles). Realmente las acelgas son capaces de cumplir esa doble finalidad: que tienen que adornar, adornan; pero al final del día las quitas del florero, las troceas, las cueces y están también estupendas. O no?

Y es que por más que digan que, en el lenguaje de las rosas, regalar 365 significa amor eterno, a mí eso no me convence. Francamente, al precio que tienen esas flores, encuentro regalos mucho más eternos como un buen viaje, una moto o, incluso un par de letras de la hipoteca… Pero eso queda a los que por el interés quieren a Andrés. A los demás nos basta con un manojo de ajetes, de espinacas o, como dice la canción [que a mí se me conquista] con un ‘te quiero’ y con dos verdades… Buenos días de lunes!

09.09.2014

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Con eso de que los niños vuelven al cole hoy y yo vuelvo a mis horarios normales de nadar, al gato no le quedan más bemoles que ponerse también a trabajar.

 

Y es que el tan ansiado verano está dando sus últimas boqueadas; de forma apoteósica además: en nueve días que llevamos de septiembre ha hecho más calor que en todo agosto prácticamente ¡Con lo que a mí me gusta! Las noches de tirantes, la calma chicha a la hora de la siesta, la flama que desprenden al atardecer las piedras… Y si hay que sudar, se suda y ya está; que para la piel va fenomenal!

 

A esta ausencia de calor estival, le sumo otra mía particular: probablemente ha sido el primer verano de mi vida sin estrellas. Sin estrellas fugaces, quiero decir. Y las he echado de menos a rabiar no sólo por lo que me fascinan, si no por su reconocida tarea de recolectoras, que es de la que tengo necesidad: montones de deseos que les pensaba pedir los he tenido que archivar!!

 

Aún así sería pecado quejarme: las vacaciones han sido maravillosas; llenas de amigos, de risas, de experiencias y de buenas vistas. Ahora toca readaptar el cuerpo al día a día convencional: saber desayunar en 10 minutos, esquivar turistas, subirse al metro como si fueras uno más… dominar la rutina sin que nos engulla la normalidad. A ver qué tal se nos da. De momento, retorno a la mejor de mis costumbres… Martes. Buenos días!!