cuerno

09.01.2015

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Los Reyes Magos han sido especialmente buenos conmigo este año. Me han traído algo que llevaba mucho tiempo deseando: un cuenco tibetano.

Para los que aún no han tenido la suerte de disfrutarlo y me han preguntado si eso era un mortero u otro utensilio de cocina les cuento que -aunque se podría perfectamente machacar unos ajos dentro- en realidad es una suerte de instrumento musical, pero uno que emite un sonido muy especial.

Está fabricado con una aleación de siete metales que, los que saben de eso, relacionan con otros tantos planetas y chakras y cada uno tiene su afinación (el mío es un Mi). Como si de una campana invertida se tratase, puedes hacerlo sonar con un gong o hacerlo cantar por fricción. Y en este sonido es donde reside su magia: primero porque el cuenco tiene su carácter y canta sólo cuando le da la gana y, sobre todo, porque la vibración del metal produce una onda sonora, como un zumbido in crescendo que parece que partiera de lo más profundo de tu propio cuerpo; de ahí que se utilice para ayudar en la práctica de la meditación.

Y en este punto es donde cualquier mente avezada se pregunta para qué quiero yo (que no soy capaz de relajarme, no medito un pimiento y carezco de instrucción musical) un cacharro de esos… Pues porque sí, porque lo quiero. Porque ahora, cuando algo me toca los cojones yo toco mi cuenco y me consuelo. Porque me despierta un retumbar interior instintivo y poderoso que me atrapa y porque escuchar la armonía con el estómago no tiene precio. De hecho, creo que sólo hay otro sonido que consigue lo mismo: un cuerno gigante que oí una vez en el Circo del Sol. Pero ese no me cabe encima de la mesa del salón…

Viernes. Buenas vibraciones, felices resonancias y buenos días!

cuenco tibetano

23.01.2014

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Cuando hablamos el otro día de tocar un instrumento, no esperaba que se lo tomaran tan a pecho unos profesionales. De ahí mi sorpresa cuando me topé con esta banda callejera entreteniendo al personal con lo que me parecieron dos xilófonos gigantes ¡! Sonaban realmente bien; piezas populares y clásicas con un aire zíngaro y unos cambios de ritmo emocionantes. Pero me quedó la intriga de saber qué era aquella especie de xilo-piano que tocaban con tanta gracia el par de artistas que veis en la imagen. Así es que, tras una ávida búsqueda por Internet, lo averigüé: es un címbalo húngaro o dulcimer; instrumento de cuerda que data de antiguo y que rescató V. Josef Schunda, de Pest, allá por el siglo diecinueve.

cimbalo madrid sol

Además, navegando entre esos extraños aparatos de hacer música, encontré otro que me hechizó una vez…  caminaba sin rumbo por las mágicas calles del barrio gótico de Barcelona y acabé siguiendo las notas que se perdían por sus esquinas hasta que di con él: el Hang, que se parece a una cacerola gigante de esas de saltear tallarines con salsa de soja (lo que viene a ser un wok con tapa, vamos) y suena con una armonía algo primitiva, pero fascinante; como sonaba el cuerno gigante de la cabalgata del Circo del Sol, como suenan los cuencos tibetanos invocando a la relajación o los cuernos de la guerra invocando al combate. Creo que debería estudiarse: o yo tengo vocación de pato y acudo al reclamo, o algunos sonidos nos tocan una tecla interior impresa en el código genético, incontrolable…

Jueves; os toquen la tecla que os toquen, que no os desafinen ésta: Buenos días!!