cura

23.11.2015

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Últimamente -y fruto de la casualidad- casi todos los días le silbo a un cura por las mañanas.

 

Yo sé que es complicado de creer, pero no lo puedo evitar! Resulta que en mi casa no hay cobertura de móvil (cosas de los pisos interiores en edificios antiguos, será) y cada mañana, según salgo por el portal, el móvil pilla señal y me entra el mensajito de rigor bien avisándome de las llamadas que me he perdido, bien con publicidad, que desde que Dios inventó el whatsapp, solo me llegan SMS de Cortefiel y de Orange (eso sí, no me paran de llegar). El caso es que, aunque tengo casi todas las funciones del teléfono silenciadas, suenan en alto mensajes y llamadas, los primeros con ese silbido tan característico que venía de fábrica.

 

He ahí como, habiendo sincronizado el azar mi salida de casa cada mañana con el paso de ese muchacho de traje talar, le pego un fiu-fiu cada mañana que creo que le ha empezado a gustar, porque ya se sonríe cuando pasa.

 

Lo que ya no me atrevo a garantizar es si el chaval es cura, cura o tira más para sacerdote, fraile, canónigo o capellán. Debido a mi absoluta incultura acerca de indumentaria eclesiástica desconozco las implicaciones de su blanca sotana. Lo que sé es que el hábito de silbar está haciendo al monje perder la vergüenza, porque ya casi no se sonroja.

 

El caso es que, mientras no le de por darme una hostia (de las que no son de consagrar) yo no cambio la melodía, que bien fácil me es darle, cada día, una alegría.

 

Lunes. Empieza la semana y el invierno. Buenos días!!

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