diluvio

13.10.2014

Posted on Actualizado enn

Ya sé que el viernes estuvo pasada por agua la cosa, pero es que hoy me toca hablar de nuevo de la lluvia que, en general, me parece un tanto engorrosa. Es como la arena en la playa: tiene su lado bueno, puede ser divertida y es necesaria, pero tiene un ligero inconveniente: moja.

Si te pilla animada, te la pones por montera y pasas de ella hasta que escampa. Pero cuando persiste y te empapa no le encuentras ya la gracia: los vaqueros te pesan, los pies te hacen chof-chof en tus zapatillas inundadas, se te corre el rimel por toda la cara y te sientes como una gamba mal descongelada.

Aún así, en las peores circunstancias, la lluvia en Madrid es capaz de obrar su magia; transformar un sábado de estos tontos en el recuerdo estupendo de una aventura urbana: cuando te toca enfrentarte al juicio final en forma de diluvio universal atrincherada en la terraza de un bar bajo una sombrilla, con una amiga con más sentido del humor que toda la plantilla del Club de la Comedia, una pareja con cara de circunstancias, una pandilla que celebra los truenos brindando con algo que parece café servido en copas de cava y un senegalés simpático que ha hecho el agosto vendiendo paraguas. Cuando las calles a tu alrededor se han convertido en ríos y la luz verde de un taxi es la esmeralda más preciada, la adrenalina se te dispara y piensas que tienes súper-poderes, como convencer al agua de que caiga recta y, si funciona, reírte más cuanto más llueve.

El gran súper-poder que en este país solemos tener es más o menos ese: encontrarle el chiste a la buena vida, a la mala e incluso a la muerte.

Lunes. Hoy también llueve. Buenos días!!