dudas

16.09.2015

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Ocho de la mañana y tengo que vestirme. Mira el reloj, por Dios, muchacha. El metro! Que lo pierdes!! Pero esta mañana el termómetro ha pegado un traspiés y no sé qué ponerme. No. No. No es un acto de coquetería rampante; es que de veras no lo sé. No recuerdo cómo había que vestirse para salir a una calle a 16 grados. Y mira que ya lo advirtió el gilipollas del meteorólogo, pero soy un desastre. No sé planificar. Bueno sí sé planificar, pero no planificarme. El reflexivo no se me da bien. Será que reflexionar es lo que no sé? Qué coño, si lo estoy haciendo. Entonces eso no es. Es la otra cuerda de la madeja. Que soy un desastre. Que a mis treintaytodos -que me dijo aquel- funciono a golpes; a impulsos eléctricos. Como las ancas de rana. Ancas, ancas… Dónde meto las ancas? Pantalones? Joder qué tarde es. Es que no me apetece volver al dictado de los puñeteros pantalones día sí y día también. Y el armario lo tengo cargadito de piernas al aire. Pronto tendré que hacer el cambio. Con lo poco que me gusta. Y la pereza que me da. Pereza la que tengo esta mañana. Uff, qué mal!. Bonita, vístete. Que llevas una hora con la puerta del armario abierta y todavía no te decides. Ves, esa es otra. Yo antes cerraba mejor las puertas. Bueno, cerraba la puerta y punto y ahora ya ni eso sé; se me quedan todas entreabiertas y se me ve el envés. Madre mía! Mira que hora es!! Definitivamente llego tarde. Ya no es sólo los pantalones, es que no sé qué zapatos me voy a poner. Aún puedo ir enseñando el empeine? Se me helarán con la ventolera? Ventolera la que tienes en la mente, mujer. Que te dejas llevar por los instintos y eso no puede ser. Bueno venga, qué te vas a poner? A tomar por saco. Esto mismo. El peto ese que te compraste que parece el de súper Mario Bros y zumbando; aunque con esa camiseta no te queda bien. Va, da igual. Acábate el café. Los dientes. Pendientes. Colonia. Calle. Y a correr.

 

Miércoles. Parece que el tiempo está cambiando, no? (¡Joder!). Buenos días.

12.11.2013

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Fruto del sol, la buena temperatura y el tiempo libre del que disponía la semana pasada estando en Málaga de vacaciones, mis pasos me llevaron una mañana por casualidad hasta un mercadillo callejero de trastos viejos. No de antigüedades; insisto, de trastos viejos. Cachivaches en su mayoría mal tratados por el paso del tiempo que, cuando se juntan con otros congéneres que han sufrido parecida suerte encima de una manta despiertan en mí todo un racimo de sentimientos: asco, atracción, pena, curiosidad, rechazo… ¿De quién serían esos patucos? ¿Qué es aquello que brilla? ¿Alguien comprará esa sartén con grasa rancia?

No podía dejar de asombrarme de lo que ofrecía cada puesto, una colección de despojos de la vida de cualquiera, en la mayoría de los casos sin limpiar siquiera, como si presentarlos en toda su miseria fuera el último grito en estrategias de marketing. Torres de CD que se han quedado ya sin habitantes, bolos de plástico de colores con los que nadie jugó, ropas de bebés que hoy tendrán más de 40 años, zapatos que ya han dado todos sus pasos, electrodomésticos que nadie recuerda para qué servían, maletas que han dado varias vueltas al mundo y juegos de café anteriores a Juan Valdés…

Los rastros se llaman rastros porque lo que se vende deja pistas de la vida de quien lo usó? Qué tendría mi rastro? Alguien lo compraría??

12 de noviembre. El día en que en 2005 se presentó el primer Diccionario panhispánico de dudas. ¿Dudas? Buenos días…