emoción

02.09.2016

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Y así, sin más ruido que el de cuatro gotas de lluvia que han sonado poco pero dicho bastante, ha llegado septiembre.

 

Viene, como siempre, con la amenaza velada de traer el otoño entre sus pliegues. Y me ha cogido por sorpresa, a pesar de tenerlo vigilado, a pesar de usar el calendario como una herramienta de trabajo.

 

Pero suele pasarme. Conservo intacta la ilusión veraniega porque la vuelta me ha dejado en el punto de partida aunque en el lado más vacío del reloj de arena, con el estío escapándose grano a grano. Total, cambio de año emocional pero por lo visto no cambio nada más…

 

A ver, que el agua fluye y mi vida también es uno de esos ríos que van a dar al mar -que diría el poeta- y tal. Y los cambios se van produciendo, por supuesto, pero con su propia cadencia, sin coincidir necesariamente con el calendario escolar.

 

Así, ayer sentía cómo el engranaje de la cotidianeidad me atrapaba sin escapatoria. Vuelvo a ir a nadar. Vuelvo a atar los devaneos mentales con cuerda corta. Vuelvo a caer en mis propias marañas. Vuelvo a desear pecar. Vuelvo a subir, vuelvo a bajar. Vuelvo a una vida que no es rutinaria pero me lo parece por ser conocida, por ser la mía.

 

Una vez más necesito escribir y dejar en puntos suspensivos lo que no quiero hacer verbo, porque -en realidad, casi siempre- pocas palabras no bastan y, como estamos a principio de curso, me doy el lujo de dilapidarlas…

 

Viernes… pero septiembre. Buenos días!

10.09.2015

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En contra de la lógica, la costumbre y el propio instinto de supervivencia, por más años que voy cumpliendo, tanto o más me siguen gustando los parques de atracciones.

A la mayoría de la gente que conozco les encantaba montarse de adolescentes pero, al madurar, van perdiendo las ganas porque se marean, o sienten vértigo o tienen pavor a que una tuerca esté mal apretada. Y es verdad que lo de la tuerca también pasa por mi cabeza, pero me puede más lo que disfruto en la primera bajada. No me mareo en nada: ni subiendo, ni bajando, ni girando… ni centrifugando, vaya (a veces pienso que debería haber sido astronauta). La única ocasión en la que la velocidad me marea es cuando se detiene; me sucede muchas veces que voy conduciendo tan contenta y, al parar en la gasolinera, se me descoloca un poco la cabeza ¡!

El problema es que una no suele encontrar el tiempo, la compañía ni el presupuesto para ir tan a menudo como quisiera y al final, se me pasan los años sin catarlo. Por eso este sábado -que me ha tocado- pensaba, mientras hacía cola para subirme en los cacharros, que hay un modo de solucionarlo… La lanzadera, por ejemplo, podríamos instalarla como ascensor en edificios de más de cuatro pisos. El metro también daría para mucho: en lugar de hacerlo tan monótono pueden construirse los raíles con subidas, bajadas y curvas cual montaña rusa y, en los tramos planos, con cuatro actores, nos valdría de túnel del terror. Lo de los coches chocones facilísimo: es ponerle goma a los parachoques, una banderita en la antena y aprovechar cualquier atasco…

 

Y así con cuatro duros y algo de imaginación, convertiríamos nuestra ciudad en un lugar lleno de emoción!!… O al menos de sensaciones que se pudieran resolver con un simple salto del estómago, porque de las que te atacan el hígado ya vamos sobrados.

Jueves. Buenos días!

26.02.2014

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El otro día estuve viendo la peli que hicieron hace un par de años sobre  Hitchcock y que queréis que os diga: ni fu ni fa. Creo que tenía buenas críticas, se deja ver con facilidad y los actores no están mal pero ¿el argumento? ¿no se queda un poco flojo? Se asoma a la vida del maestro, eso es verdad; pero contar, lo que es contar…

No pude evitar recordar a mi abuelo materno, que no era demasiado aficionado al cine pero al que le gustaban las películas con empaque, estilo Ben-Hur: las que tienen una gran historia por argumento y dejan buen sabor de boca al acabar; las películas, como él decía, ‘de envergadura’. Recuerdo una en particular sobre un padre viudo al que los servicios sociales separaban de sus cuatro hijos a los que con años, sufrimiento y decisión, lograba recuperar. Cuando terminó nos dejó a todos al borde de la lágrima, incluso a mi abuelo, que camufló esa emoción tras una ancha sonrisa de satisfacción y un “Carmencita, esta película es de envergadura” monumental. Esa coletilla nos ha quedado en casa para reseñar esas epopeyas que te hinchan el corazón… Porque, al final, eso es lo que perdura: el recuerdo de una historia, la película de una vida y, con el tiempo, un sabor dulce en el paladar: el que deja una persona ‘de envergadura’

Miércoles. En España, 56° aniversario del uso del espejo retrovisor: de vez en cuando, hay que mirar atrás. Buenos días…