escribir

10.04.2014

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Lo he heredado de mi madre, y ella de su padre, y él probablemente de algún antepasado escriba de profesión que debemos tener en el árbol genealógico familiar, pero el caso es que me pirro por los bolígrafos que escriben bien. Como si padeciera el Síndrome de Diógenes de la tinta… da igual cuántos tenga, si pruebo un boli y escribe con un trazo diligente y fluido, me lo tengo que comprar y, si es de un conocido y no está a la venta, intento que me lo regale.

Mi madre, aquejada ya os digo, de la misma patología en grado severo, aparece -cada vez que tiene un catarro- con un boli nuevo que pone “Almax” o “Ibuprofeno”. No es que los robe -por suerte la cleptomanía no es un síntoma de lo nuestro- si no que el médico (santo varón donde los haya, con nulo apego a los útiles de escritorio), se los acaba cediendo. Y no me extraña, porque a mí me hace igual: si me pilla alguno que le entre por el ojo, me chantajea para que se lo cambie, aunque las dos sepamos que puede seguir viviendo divinamente sin él y que ese no es en realidad el boli de su vida, si no el último en llegar.

Probablemente nunca los gastaremos porque, como el afán recaudatorio viene de lejos, tenemos cada una su arsenal. Tendrían que correr ríos de, o transcribir el Quijote, o matricularme de nuevo en la facultad… O quizás bastara con quedarme sin móvil y tener que regresar a la libreta morada, que hace tiempo que tengo abandonada aunque aún me gusta como me gustaba. Pero es que a veces una es así de tonta: dejas caer en el olvido cosas -incluso personas- que te encantan y desgraciadamente no hay bolígrafo mágico ni río de tinta que consiga volver eso atrás…

Jueves ya y las vacaciones a la vuelta de la esquina! Buenos días!!

23.01.2013

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A veces una idea cruza fugaz mi mente y saco mi libreta morada para dejarme por escrito hilos de la madeja de los que tirar después; lo cual no encuentro yo que tenga nada de particular. Lo realmente sorprendente es que, cuando esto sucede en alguno de los medios de transporte en los que me paso media vida, suele inquietar a quien llevo sentado cerca. Por qué? Ni idea. No sé si se incomodan por el hecho de que alguien aún use un boli o por el uso que quien se sienta al lado pueda hacer de él, conociendo el extendido uso del bolígrafo como arma de destrucción masiva… Yo creo que sufren de eso que a veces tenemos todos: ombliguitis (estado mental en el que uno se cree el ombligo del mundo), lo que les induce a pensar que si su compañera de trayecto escribe, debe estar haciéndolo sobre ellos y les carcome la curiosidad por saber qué letras inspiran; que no hay mayor aliciente que querer conocer aquello que nos está vedado y llegar allí dónde nadie lo había hecho antes. De esto sabía bien Jacques Piccard, que un 23 de enero de 1960, descendía en su batiscafo Trieste a 10.916 metros en la Fosa de las Marianas. Allí dónde nadie estuvo jamás, en el abismo infinito, allí dónde podrían vivir los monstruos. Muy lejos de mi libreta morada.

Miércoles. San Agatángelo (sí, uno de Elche que acabó en Ankara decapitado). Si os encontráis al borde del abismo de la curiosidad, cuidado con el descenso (dijo la que siempre va, y cae en sus fauces). Buenos días…