espera

30.09.2015

Posted on Actualizado enn

De todas las esperas por las que uno pasa en esta vida, ninguna es tan ingrata como la de la muerte.

 

No me refiero a esa figura metafórica en la que oímos cómo el grifo del tiempo va goteando nuestros días formando un río que va a desembocar a la tumba, si no a la espera literal de la mortaja. A sentarte en un butacón de hospital mirando con aprensión un calendario sabiendo que antes de que arranques la próxima hoja, la hoja de la guadaña te habrá arrancado a una persona querida.

 

Y lo cierto es que aunque suene bonito así dicho, no tiene un carajo de poético. La agonía vista de cerca, a cámara lenta y monitorizada es una opereta espantosa. Quizá porque en las dramatizaciones buenas, las despedidas tienen su ritmo, están bien pautadas, bien medidas; cuadran con el metraje final. Pero en la vida real eso no pasa. La escena se te llena de miradas tristes, la mirada de vías intravenosas y mascarillas de oxígeno que tapan la boca y la boca se te atraganta con palabras de enfermedad: saturación, constantes, albúmina, hemoglobina, función renal… Y la despedida no acaba de encajar. Porque entre los besos sentidos, las manos que se buscan y se aprietan en silencio y las miradas que resumen lo que no se atreven a decir las palabras, resulta que tienes que mear y cagar; y llevar el coche al taller; y leer los chistes que te llegan por whatsapp. Porque en las películas, cuando empieza la música sentimental, el resto de acontecimientos se detienen, y sabes cuando llega el minuto exacto de decir adiós y luego cae el telón. Pero sin esa dirección artística, sentarse a los pies de un lecho de muerte tiene tanta poesía como un jodido folleto del Media Markt.

 

No. No hay espera más infructuosa ni despedida más definitiva y, sin embargo, no se acompasa ese último compás.

 

Vuelve a ser miércoles. El pulso de mis días se ha vuelto a reiniciar. Buenos días.

22.07.2014

Posted on Actualizado enn

Capítulo 2. La solución

Que en el hospital qué tal? Fenomenal. Nada más entrar se interesaron por mi persona: que cómo me llamaba, que cómo me encontraba, que qué me dolía, que cómo coño es posible que no tenga tarjeta sanitaria… Muy amables, la verdad. Y encima me regalaron una pulserita personalizada que me encanta. Es lo más. No me la pienso quitar.

Enseguida me hicieron pasar a un cuartito que llamaban box (aunque era un poco más grande que una caja) donde había otras dos personas que también estaban muy interesadas en lo que me pudiera pasar, así es que se lo volví a contar. Decidieron enviarme a una sala donde me atendieran y llamaron a un señor encantador de barbas blancas y cierto aire a Navidad para que me acompañara ¡Menos mal! Jamás hubiera llegado sola; me introdujo en lo más hondo del laberinto. Cuando el hijo de Papá Noel me dijo que luego no podría irme a buscar casi me desmayo, pero me las apañé para dejar -con disimulo- un rastro de miguitas de pan (del que me había sobrado de las técnicas de extracción caseras de la noche anterior).

El caso es que tras un breve ratito de espera -viendo pasar montones de personas que darían para contar meses de historias- me atendió una joven médico residente muy simpática que me acomodó en un sillón estilo dentista, me preguntó una vez más qué me había pasado (por si cambiaba mi versión de la historia, supongo) y procedió al examen visual de mi garganta trasera por el sutil método de tirarme fuertemente de la lengua.

En ese preciso instante caí en que haber sacado mi cepillo de dientes del bolso no había sido una buena idea y que era una pena que mi paisaje bucal probablemente contuviera restos del melocotón que me había zampado a media mañana ¡ODM! (En inglés OMG! que se entiende mucho mejor) y allí todos mirando…

Mirando que ya es martes y no acabo con esto!! Mañana el desenlace. Lo prometo. Buenos días!

Pulserita hospital

11.07.2013

Posted on Actualizado enn

Ya sé de dónde vienen absolutamente todos los problemas de educación de la nueva hornada de niños que circula por ahí: de la digestión. Los críos de ahora no tienen que ‘hacer la digestión’, como hacíamos mi generación y puede que ahí esté el quid de la cuestión. Pensarlo: hacer la digestión supone esperar por algo que deseas, ni más ni menos; dejarte convencer de que lo mejor para ti es privarte de lo que más te apetece hacer en ese preciso instante. Y estoy segura de que ya muchos de nuestros padres sabían que bañarse después de comer no desencadena necesariamente un corte de digestión si no hay un cambio brusco de temperatura pero, con aquel sutil método de contención, lograban tanto una siesta tranquila, como inculcarnos una lección vital importantísima que hoy por hoy ya nadie imparte. ¿Que porqué los adolescentes se vuelven unos tiranos caprichosos e impacientes? Porque de niños no tuvieron que hacer la digestión!! Seguro.

Todo lo contrario de lo que sucede con los fascinantes Guerreros de Terracota que encontraron un 11 de julio de 1975 cerca de Xi’an… Ahí llevan enterrados más de 2200 años, con paciencia y lealtad infinitas, esperando que Qin Shi Huang les reclame para el combate. Su cantidad, su realismo y su hieratismo sí que cortan la digestión.

Jueves. Feliz día del bandoneón argentiiiino… Dejaremos que el duende de su son, se apiade del dolor de los demás y que al estrujar su fuelle dormilón se arrime al corazón que sufre más. Buenos días…