extraños

07.05.2015

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Tenemos en la casa del pueblo de mi madre, en lo que allí se llama ‘corral’ y en el resto de la geografía patria se conoce como ‘patio’, unos arreates (arriates según la RAE, que yo creo que esta vez se equivoca) que acostumbran a criar por sí solos unas malas hierbas que cumplen al dedillo el refrán: no mueren jamás; al contrario, disfrutan de una salud y una frondosidad que ya la quisiera el ecosistema tropical de la estación de Atocha.

Lo malo de esta mala hierba es que, estéticamente, no funciona. Se ve enmarañada y desparramada y, lo peor, no cumple ninguna de las labores de las que considero imprescindibles para las plantas del hogar: ni huelen bien, ni se pueden usar para cocinar. Expuestos los cargos estaba clara su condena: había que arrancarlas y preparar la tierra para plantar en su lugar albahaca, cebollino, lavanda… integrantes todos ellos del reino vegetal conocidos por su resistencia y utilidad. Así es que me puse a ello el otro día, aprovechando la estancia y la temperatura primaveral.

Ya fue dura la extracción de los hierbajos (que parecían adheridos con loctite al cemento y a la tierra), pero la traca fue zachar la tierra para la siembra… Aquí es cuando descubrí -rastrillo en mano- un mundo bajo la superficie que apenas atisbamos: no sólo gusanos y lombrices (que no hacen ningún daño), si no unos extraños bulbos ocultos que bien podrían ser nidos de intraterrestres fantásticos cuyas raíces se remontan al propio centro de la tierra ¡!

Yo no sé qué eran (desde luego ni nabos ni patatas). Sólo sé que sacarlos fue toda una batalla que gané a medias: quité muchos y mutilé los que no pude quitar, pero sospecho que –escondidos y al acecho- anidan muchos más… que de momento ahí se van a quedar porque en nuestro ejército todo fueron bajas: mi madre se destrozó las manos zurrándole a los rosales y yo me gané una contractura que aún me dura en el bíceps femoral (que hasta ese momento no sabía cómo se llamaba) amén de un tembleque de piernas por pájara profunda en el uso de la azada…

 

Para mí que los urbanitas somos unos flojeras de solemnidad y así ni huerto ni ná de ná. Mientras valgamos y vivamos para contarlo, no está tan mal. Jueves. Buenos días!!

 

09.12.2014

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Algunas noches tienen una especie de entidad propia que se impone a tus propios planes. Son noches de evolución curiosa y amanecer incierto. Y, aunque sus hilos los mueven las brujas, suelen dejarte buen cuerpo al día siguiente: quizá con resaca, o con afonía -es verdad- pero también con una sonrisa divertida bailándote en la cara.

No es, necesariamente la mayor juerga, ni la mayor borrachera, ni tiene por qué ser la noche más divertida; son simplemente noches de extraña magia, en la que las cosas suceden con su propia cadencia; se enlazan de forma extraña…

La cosa es que, cuando te toca vivirla y la percibes, necesitas hablarlo con alguien que te entienda. Lo normal es que al día siguiente arda el whatsapp. En mi caso, que no disfruto de los dones de la paciencia ni de la vergüenza, busco a veces desahogos más anónimos e inmediatos. Esto es: porteros de garitos, repartidores de flyers y hasta la camarera de un restaurante que sólo me preguntó el angelito que qué quería para beber… A poco que me den pie y tengan cara de buena gente, les meto un chapón de órdago contándoles todos mis pesares sazonados con numerosos secretos de estado.

Igual alguno piensa que estoy regular de la cabeza, pero a mí me parece una solución bastante rentable: son personas que se muestran amables y receptivas, puedes contarle historias que comprometen a otros sin que suponga traición y, como les importa en realidad tres pepinos y además no tienen datos (hay que tener cuidado de no dar nunca  nombres, por si acaso), se olvidan de todo en cuanto charlan con el siguiente que vaya pintón ¡y sin pasar la factura! ¿Acaso hay un psicológico mejor?

En fin, chicos. Es lunes-martes después de un finde muuuy largo. Sed benévolos… Buenos días!