extremidades

23.03.2015

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Tengo las piernas claustrofóbicas.

 

Os parecerá extraño puesto que en invierno acostumbro a llevarlas enfundadas en medias o pantalones sin mayor remilgo, pero es rigurosamente cierto. Cuando tienen asignado un hueco específico -como en un autobús o una grada- se angustian y necesitan salir a respirar (léase andar, patalear… moverse, vaya). También les pasa en espacios más abiertos cuando detectan el relax; el relax también les angustia. Mira tú qué gracia.

 

He leído por ahí que son síntomas de no sé qué síndrome de piernas inquietas, aunque yo siempre lo he llamado ‘nervios en las piernas’. Ni idea, pero puestos a otorgar atributos a mis extremidades inferiores pienso que la claustrofobia define mejor la sensación que se apodera a veces de ellas. Una especie de encierro sin paredes que me recorre cual espasmos desde la cadera al tobillo, hasta que las zarandeo o salto o pataleo y me alivio. Lo sé: es raro.

 

Por eso nunca he comprendido por qué hay sillas en las cafeterías de las áreas de servicio. Quizá son para ciclistas, que esos ya las traen bien movidas; o para los que no cazan asiento en los buses urbanos (como el 32, que se llena de ancianos y a menos que seas mayor de 75 o estés de 9 meses te toca ir espachurrada y de pie), aunque no recuerdo que esos autobuses hicieran paradas de descanso en las gasolineras…

 

En fin, que me despisto. Qué quizá si no compraran sillas, taburetes y hasta bancos de exterior podrían cobrar el medio litro de agua algo más barato, no? Porque cada vez que suelto más de dos euros porque de sed muero se me inquietan no sólo las piernas si no hasta los brazos… Lo justito para tener que aliviarlos a puñetazos!!

 

Lunes gris de lluvia y sueño, pero… Buenos días!!

02.12.2014

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Andaba yo pensando mientras fregaba el inodoro el otro día, que qué desgracia la mía: no sé hacer nada con guantes. De verdad. Absolutamente nada. Ni con los de calle ni con los de casa.

 

A los de exterior ya hace tiempo que renuncié -aún con lo friolera que soy- porque soporto mejor congelarme las extremidades que sentirme tan torpe; ni usar el móvil, ni fumar, ni sacar el abono, ni rascarme un ojo… Que parece que no usamos tanto las manos caminando por la calle, pero es porque no nos paramos a pensarlo.

 

Y en casa peor. Aunque los guantes sean de esos quirúrgicos con sensibilidad total-touch como si metieras los cinco dedos de cada mano en cinco condones, no me las arreglo… El simulacro del tacto no es lo mismo que el contacto, como todos sabemos. Y a mí me resulta imprescindible hasta para limpiar la taza del váter, qué le vamos a hacer!

 

Así me pasa, que siempre termino con heridas en las manos, la manicura descangallada y el magro consuelo de haber cumplido a rajatabla el dicho… ‘Con los deos se hacen los fideos’. Como para hablar yo de mesura…

 

Martes. A saber: manteneros alerta con quien no lleve la mano descubierta… Buenos días!