falda

27.11.2015

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Recordareis que me quedé el miércoles describiendo extasiada ese edificio singular que alberga la tienda Primark en pleno corazón de la Gran Vía… Pues hoy me queda por relatar lo que encontré más allá de la fachada y del despliegue visual inicial.

Básicamente allí había…

[pausa dramática con mirada intensa]
[redoble de tambores]
[otra pausa dramática (más breve ésta)]

¡Ropa!

Cinco plantas llenas de ropa, complementos y gente. ¿Alguien se esperaba extraterrestres? Porque estamos hablando de un comercio, no del Área 51 esta vez. Aunque lo cierto es que algún Expediente X sí que se ve…

Para empezar, hay prendas que parecen tener el don de la ubicuidad (os prometo que me encontré los mismos pantalones negros y el mismo sombrero por todas partes) y para seguir porque es el primer sitio en el que creo que veo aparcamiento para novios y otros consortes. Tal cual. “Recarga tu batería y la de tu móvil” se llaman. Y ahí se sientan los angelitos pacientes a que la clientela más entregada les eche -según pasan- una mirada entre divertida y apenada. Sólo les falta que, como en el IKEA, les dejen juguetes y les den de merendar…

Hay otras parejas en cambio que participan más activamente en las adquisiciones de su contrayente, verbigracia, el argentino que opinaba sobre las faldas que su chica se probaba… en mitad de la tienda!! Y es que la muchacha debía haber salido de casa con su forro polar, sus leotardos, pero sin pantalones ni falda!! Eso -llamadme conservadora- pero tampoco es normal.

La cosa es que yo, harta de ver bragas de Star Wars, vaqueros que vienen ya rotos de fábrica y más Minion que en la película (que sólo salen tres), me decidí a probarme una cuidadísima selección de prendas; a saber: una bonita chaqueta estampada estilo mantelería portuguesa, un jersey oversize -total trend- igualito, igualito que el típico que te tricotaba tu abuela y no te querías poner, y un precioso vestido sorprendentemente crujiente… Para mi desgracia no caí hasta que tuve los pelos pegados a la lámpara, que crujía porque el jersey era 99% poliéster y 100% electricidad estática, así es que tras salir del probador era la típica chica con chispa: todo se me pegaba.

Sólo me quedaba por visitar la zona de “hogar”, que es una gozada: me enamoré de unos cojines peludos ideales para poner un criadero de ácaros en casa (consideración que me hizo una amiga por whatsapp) y de todas y cada una de las mantas. De buena gana hubiera comprado unas cuantas; calentitas, amorosas y prácticas, con la composición ideal: 50% pura seda, 50% cordero lechal.

Al final salí de allí un poco mareada, harta de llevarme descargas y con más ganas de ver de nuevo la luz del sol que un preso (o un escolar) en la hora de patio y, como no, cargada con una bolsa. Me llevé la mantelería portuguesa con mangas (que me traía inexplicables recuerdos de infancia), unas medias, un ambientador y -lo mejor- un espejo de aumento con luz led y ventosa, de color rosa, que es el mejor arma contra Chewbacca, por seguir con la temática galáctica…

Y esa ha sido, en resumen (!), la aventura comercial de la semana que ya se acaba. Viernes. Buenos días y feliz fin de semana!

02.03.2015

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En general aborrezco a las personas que tienen por entretenimiento alimentar a las palomas.

Las palomas son bichos malos (pedazo de reflexión original, eh?). No es que me parezcan feas, ni ratas con alas como dicen muchos. Pero tienen un defecto congénito insoslayable: cagan. Cagan mucho y malo. Y cagan desde el cielo, para más recochineo. Y al margen de lo pernicioso que esto sea para nuestro patrimonio histórico, no les perdono la ocasión en que a mí me pusieron echa un zarrio… Tendría 14 o 15 años y estrenaba una falda roja monísima -iba yo echa un pimpollo- y, al pasar con una amiga por un parque al lado de casa, me cagaron. Nos dejaron echas un cristo a las dos, de hecho.

Por tanto, como decía, no me causan simpatía las personas que alimentan con migas de pan semejante incontinencia intestinal; pero el otro día una devota de la manutención avícola me tocó la fibra. Quizá porque era mayor pero no una anciana, quizá porque donde debía haber palomas comiendo no había nada… Me conmovió esa profunda soledad que emanaba, buscando la compañía de unos animales que ni por rapiña se le arrimaban.

Ya sabemos otro defecto de las palomas: de compasión no saben nada. Buenos días!