farolas

16.03.2015

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Los domingos son ese día del fin de semana que uno no peca de lujuria ni de gula (bueno, de gula sí algunas veces) ni se peca de pereza como otros días laborables; son del días de pecar de inocente… Uno sale tempranito y se cree, inocentemente, que -mientras la luz acompañe- no hay peligro de perder el temple. Es más, aún se cree -cuando las farolas se encienden- que todavía puede plantarse en casa indemne…

Zasca! Ahí está el pecar de inocente. Porque, en realidad, salir los domingos de día es lo mismito que los sábados de noche con el agravante de que a la vuelta del despertador lo que aparece es el lunes y el volver a rendir como un ciudadano decente.

Aún así -como la inocencia es conmovedora cuando eres infante y rejuvenecedora cuando ya no lo eres- me encanta salir los domingos. Dominguear. Pasar la mañana recorriendo callejas a la caza y captura de ese bar donde el pincho va más allá de una patata frita o una aceituna y la tarde (en espera de que vuelva el tiempo de terrazas), buscando ese otro bar en el que la música te levante el ánimo y la sonrisa. Aunque tantas veces terminemos como Las Grecas, dándolo todo por Raphael o Rafaella. Que cualquier domingo de los que te estoy amando locamente, no sé cómo te voy a decir que puede ser mi gran noche; porque sin duda, es fantástica fantástica esta fiesta!!

Lastima que sea lunes ya. Buenos días!

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19.11.2014

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El otro día volví a hacerlo: me fui de excursión (urbana). Esta vez no se trataba de ir en busca de gangas allá donde sopla el viento frío de la despoblación si no que me interné en lo más hondo de Madrid en busca del mejor Cous-Cous que se pueda comer a este lado del estrecho.

Para llegar a él, como en los cuentos, el hada nadadora madrina me encomendó tres pruebas: “recorrerás el camino del monte hasta que no reconozcas ni tu propio nombre, subirás el puerto indicado sin haberte asustado y finalmente pagarás lo convenido (que es un precio bastante reducido)”.

Bromas aparte, no deja de sorprenderme descubrir zonas en mi propia ciudad en las que me siento tan ajena y ésta de los montes vallecanos lo es. Ni me da miedo ni me asombra: las calles son calles y los palotes de hierro con bombillas son farolas, como en cualquier otra parte; pero algunas miradas sí que saben ser excluyentes; y unas cuantas de esas me encontré.

Igual me da. El contraste de las vistas a un lado y otro de la M30 me parece de una belleza singular y como paladín de la buena comida a buen precio no hay río metafórico que no esté dispuesta a cruzar. Además, el aire de pueblo y el comercio colorista siempre me han encandilado, así no es fácil echarme para atrás. Pero… ya vale de mirar.

Miércoles. Qué deprisa. Buenos días!