Felipe II

15.01.2015

Posted on Actualizado enn

Para alguien tan absoluta(y afortunada)mente ajena a la mecánica hospitalaria como yo, mi visita a una amiga ingresada en La Paz se convirtió el otro día en un completo reto; además de en una de esas excursiones urbanas a las que tengo afición.

 

Para empezar por el nombre: ‘La Paz’. Es chungo, no? Suena un poco a descanso eterno, a extrema unción (lo que no me parece conveniente para un centro médico). Y para seguir porque eso es tan grande como un imperio en el que nunca se pone el sol, que diría Felipe II

 

Gracias a las sabias y exhaustivas indicaciones de mi amiga, conseguí entrar al edificio sorteando el complejo sistema de tornos de la entrada, que no es moco de pavo. Lo que ya no se me ocurrió preguntarle era cómo llegaba desde ese acceso escondido hasta su habitación porque pensaba -inocente de mí- que eso sería lo de menos… Evidentemente no. Allí me interné en el auténtico laberinto del minotauro. Interminables pasillos solitarios, misteriosas puertas cerradas, ascensores de acceso restringido y escaleras que sólo subían media planta.

 

Por suerte -y aunque el centro no parece precisamente inmaculado- me rescataron dos trabajadores pertrechados con un mocho que me encaminaron a las rojas puertas de la salvación justo en el instante en que pasaba por mi cabeza un metraje interminable de películas de terror… Si me dicen que por allí anda perdido el avión que nadie encontró, me lo creo: el avión, su tripulación, varios buques despistados del triángulo de las Bermudas y hasta un bigfoot de esos. Cómo sería la cosa que, para salir, tuvo que guiarme un escolta!

 

Y es que la sabiduría popular bien lo dice: si quieres evitar tus males, huye de los hospitales… Jueves. Buenos días!!

Anuncios