final

30.09.2015

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De todas las esperas por las que uno pasa en esta vida, ninguna es tan ingrata como la de la muerte.

 

No me refiero a esa figura metafórica en la que oímos cómo el grifo del tiempo va goteando nuestros días formando un río que va a desembocar a la tumba, si no a la espera literal de la mortaja. A sentarte en un butacón de hospital mirando con aprensión un calendario sabiendo que antes de que arranques la próxima hoja, la hoja de la guadaña te habrá arrancado a una persona querida.

 

Y lo cierto es que aunque suene bonito así dicho, no tiene un carajo de poético. La agonía vista de cerca, a cámara lenta y monitorizada es una opereta espantosa. Quizá porque en las dramatizaciones buenas, las despedidas tienen su ritmo, están bien pautadas, bien medidas; cuadran con el metraje final. Pero en la vida real eso no pasa. La escena se te llena de miradas tristes, la mirada de vías intravenosas y mascarillas de oxígeno que tapan la boca y la boca se te atraganta con palabras de enfermedad: saturación, constantes, albúmina, hemoglobina, función renal… Y la despedida no acaba de encajar. Porque entre los besos sentidos, las manos que se buscan y se aprietan en silencio y las miradas que resumen lo que no se atreven a decir las palabras, resulta que tienes que mear y cagar; y llevar el coche al taller; y leer los chistes que te llegan por whatsapp. Porque en las películas, cuando empieza la música sentimental, el resto de acontecimientos se detienen, y sabes cuando llega el minuto exacto de decir adiós y luego cae el telón. Pero sin esa dirección artística, sentarse a los pies de un lecho de muerte tiene tanta poesía como un jodido folleto del Media Markt.

 

No. No hay espera más infructuosa ni despedida más definitiva y, sin embargo, no se acompasa ese último compás.

 

Vuelve a ser miércoles. El pulso de mis días se ha vuelto a reiniciar. Buenos días.

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21.12.2013

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21 de diciembre…y aquí estamos (de momento)!! Que no es que me quiera enfrentar yo al vox populi que se empeña en que los mayas han dicho que hoy se nos acaba la fiesta, pero es que, de verdad, que me viene fatal que el mundo se acabe hoy así a las bravas.

Primero porque sólo falta un día para que me toque la lotería (que jugar, juego poco, pero de calidad) y después porque, como de costumbre, me pilla el asunto con un montón de cosas por hacer: cierto es que ya he montado en globo y el árbol lo planté con seis años…pero es que mi lista es muuuuucho más extensa. No voy a detallarla para no haceros perder tan preciosos minutos en mi recuento personal de ilusiones inconclusas, pero haceros a la idea que -con tantos palos que me gusta tocar- la lista es larga y crece y crece. Y seguro que a todos nos pasa lo mismo, que no he visto a nadie haciendo lo del villancico ese que me mandaron (“vamos todos a Gran Vía y montamos una orgía, fun, fun, fun”). Pero somos de esa condición, este país y los que lo moramos nos reímos con más ganas de tragedias que de comedias y, como la risa es buena en sí misma y cuando para colmo uno hace mofa de lo propio, es un ejercicio recetado por todos los psicólogos, pues venga a descojonarnos de crisis y apocalipsis que nos echen.
Quizá mejor así, mejor que pararse a pensar que el fin del mundo de cada cual ya lo vamos viviendo: poco a poco, día a día…

Viernes y San solsticio de invierno, que con tanta falsa profecía, casi se me olvida. Buenos…días.