fortuna

22.06.2015

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La suerte tiene a veces curiosas maneras de hacerse notar. Para que te des cuenta de que la tienes, te prepara una jugarreta y acto seguido te salva y, así, acabas agradeciéndole su presencia hasta que el ciclo de las casualidades vuelve a empezar.

 

Con este ingenioso sistema, nos la ha colado dos veces este fin de semana. La primera desafiando las leyes de la mecánica y la segunda poniendo a prueba la agudeza visual.

 

Me explico: cuando uno deja un coche aparcado en una cuesta poco pronunciada, con el freno de mano echado y entra en el supermercado de enfrente a comprar, lo que menos se espera es que, a la salida, el coche te haya venido a la puerta a buscar. Es decir, que ignorando el freno de mano alzado, se haya deslizado suavemente y marcha atrás por el aparcamiento; pero no trazando una línea recta como sería de esperar, si no esquivando milagrosamente 5 coches aparcados detrás y 3 personas que cruzaban, para acabar parando con exquisita pericia allí donde no molestaba en el preciso momento en que su dueño salía por la puerta… Vamos, el acontecimiento está entre la buena suerte, la pura chorra y la temática de aquella serie de los 80 en la que el listo Kitt paseaba al chulo de David Hasselhoff (antes de aprobar las oposiciones para vigilante de la playa) mientras sonaba de fondo la inigualable banda sonora: ta-ta-ta-ra, ta-ta-ta-ra, ta-ta-ta-ra ra ra

Pero no se quedó el azar contento con esta exhibición de habilidad, que al día siguiente nos la vuelve a jugar (aunque de forma más convencional), perdiendo un billete de 20€ en un paseo campestre y volviéndolo a encontrar a vista de coche seis horas después enganchado –como los tres tristes tigres- en un trigal.

 

Lo que os decía: no hay suerte buena sin suerte mala y a veces sólo es el orden de los factores el que determina el producto final. Por ahora, me vale así como está.

 

Lunes. Que la fortuna os sea ordenada en la nueva semana! Y buenos días!

30.03.2015

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Siempre me he considerado una persona afortunada. Lo cierto es que jamás me ha tocado ni un duro a la lotería -yo creo que ni el reintegro-, mi suerte es de otro pelo. Es mi familia, tener un trabajo, hacer cosas que me gustan, disfrutar de buenos amigos… Que si me pongo a pedir tengo, por supuesto, una larga lista de deseos por cumplir, pero la fortuna tiende a mostrarme su cara más amable en muchos pequeños detalles y yo se lo agradezco.

Por ejemplo, tiende a enviarme ángeles guardianes cuando menos me lo espero: en la facultad me dejaban sobre la mesa apuntes fotocopiados sin pedir nada a cambio; en el trabajo me calman los humores malignos a cucharadas de paciencia y compañerismo; en mitad de la calle me los encuentro sonriéndome sin motivo para hacer más ameno el camino… Pero mi especialidad son los ángeles guardianes del sector hostelero.

Me ha sucedido ya varias veces: me adoptan los conserjes, los camareros me protegen, se preocupan por mí los porteros, los relaciones públicas se dejan usar de psicólogos y hasta una vez, hace tiempo, en lo más oscuro de las entretelas del corazón humano, me asistió de ángel guardián un señor dedicado a proporcionar a otros sustancias de esas con las que no se puede comerciar. Que aún en los malos negocios encuentras a veces buenas personas.

Desconozco si el motivo está en mí (que ofrezca un aspecto de persona adoptable, cosa que me extraña) o en ellos (que esos profesionales tengan más desarrollado el gen paternal) o será, simplemente, esa buena suerte que os decía me suele acompañar… Lunes. Buenos días!

10.07.2014

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Entras en el vagón de metro, vas cansada y cargada, hay un sólo asiento libre y está a tu alcance pero, gracias a un baile de traseros in extremis, el hueco queda a tiro del culo de un tipo con cara de sobrado, que decide aprovecharlo. Te quedas quieta, con cara de seta y sujetando la bolsa entre los pies, con lo que de sentarte ya te despides.

La señora de al lado nos lleva a su señor esposo y a mí mareados: a él a golpe de charla insustancial y a mí con las vaharadas a Opium que emana ¡Por Dios! ¿Aún venden frascos de ese perfume del demonio?

Una estación. Los sentados se quedan todos y entra en el vagón un muchacho que se queda a mi lado y una pareja con un micrófono y un altavoz. Buenas tardes, venimos a destrozarles una canción ¡Nooo! Ni el reverb a tope disimula los gallos, quizá porque ponen la rueda del volumen en ‘a todo trapo’. Hombre, al menos no oigo el parloteo de la señora cansina; ahora que lo pienso, tampoco huele ya a Opium… se habrán ido? Nooo. Es que ahora sólo huelo el sobaco del recién llegado; tal vez porque ha levantado el brazo y lo ha dejado a 10 centímetros exactos de mi nariz, o tal vez porque no ha catado ducha en un año. Creo que ambos.

Otra estación y otra y otra. El vagón se llena y no vamos mejorando. Uf, que asco. Menos mal que ya queda poco. La siguiente me bajo. Se levantan la pareja de ancianos mal perfumados y dejan sobre el asiento un periódico de los gratuitos y ¡milagro! está poco sobado. Me lanzo, lo agarro ¡es de hoy! ¡está entero! Sonrío. Realmente, soy un ser humano afortunado…

Afortunadamente, ya es jueves; una estación más y será viernes. Buenos días!

10.03.2014

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‘Para conseguir los millones hay que comprar los cupones’ coreaba esta mañana mi vendedor de la ONCE favorito. Es un chico joven y ciego que tiene la caseta en la estación de metro de Sol, pero jamás le verás dentro de ella. Se pasa toda su jornada laboral de pie en una escalera cercana que tiene mucho más tránsito de viajeros y desde allí nos anima cada día a adquirir su mercancía con ingenio y buen humor; hasta el punto que yo que no soy de comprar el cupón, me quedo con las ganas de hacerlo…

El caso es que la consigna de esta mañana se me ha pegado a los pensamientos para el resto del trayecto. Coño, es que no por más simple es menos cierto; tendemos a quejarnos de una suerte que no nos llega pero no movemos un dedo para lograrla. Nos quedamos cómodamente sentados en nuestra caseta esperando que la buena fortuna nos llame a la puerta. Evidentemente, no hablo ya de los juegos de azar (que no quisiera yo incitar a la compra compulsiva de loterías) si no que la analogía me sirve para cualquiera de los tres pilares que le encomendamos tradicionalmente a la buenaventura: salud, dinero y amor. Cuidarse, trabajar duro, amar y dejarse querer… Así es posible que la fortuna encuentre antes el camino de nuestra puerta.

Lunes y San Simplicio (este promete). Buenos cupones, buenas ocasiones… y buenos días!