gitana

28.07.2015

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Definitivamente el calor da otra cadencia a las cosas. Impone su propio ritmo que más que lento es lánguido y espeso. La realidad se tiñe con una pátina de ficción en la que parece que todo vale, que todo da igual, que nada es del todo verdad.

Y así, mientras una gota de sudor recorre despacio tu espalda, te desperezas pensando -vaya usted a saber por qué- en cerezas. Te tocas por enésima vez la melena con la palma de la mano abierta pretendiendo que el rizo rebelde se quede detrás de la oreja. Pero tampoco es cosa de ponerse seria, que necesitas -para abanicarte- esa misma mano abierta; más por gusto al gesto que por eficiencia; porque el aire, por más manotazos que le des, ni se mueve ni refresca.

Al menos a mí, porque a la señora de etnia gitana que llevo enfrente le está dando buena ventolera; también es verdad que mueve a 1000 giros por minuto la muñeca. En cuanto pueda me pongo a su vera. Así me aparto del tipo que tengo al lado, que me tiene contenta: su atuendo playero con tripa cervecera no me molesta, pero es que el colega se ha descalzado y me ha plantado sus pinreles a tiro de piedra de mis narices, con unas pedazo de uñas largas y negras que parece que lleva un criadero de mejillones al final de cada pierna. Y para colmo se está hurgando entre ellas ¡! Era preferible cuando sólo se tocaba con sutileza el paquete…  Pa qué, pa qué me meteré yo en estos berenjenales. Que lo cuento por whatsapp y no me creen! Como que no? Allá voy, a por pruebas documentales. Hombre! Y las consigo y las adjunto. Ahí las tenéis. Para eso estamos.
pies descalzos cercanías

Para eso y para llevarnos disgustos, que una cosa es que con la caló relajemos los protocolos y otra cosa que no cuidemos las maneras en lo más mínimo. Que sudar, señores, sudamos todos, pero no con el mismo estilo. He dicho.

Martes. Buenos (y educados) días!

04.06.2014

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Cuando no vas habitualmente, una excursión a un mercadillo se te antoja una experiencia emocionante. Un dulce paseo mecida por la brisa mientras curioseas sonriente en los puestos de bolsos, olfateas en los de especias, acaricias el aterciopelado tacto de un melocotón en los de frutas… Una delicia para los sentidos, crees tú, con el acicate de volver a casa con alguna falda indie que cause sensación o una gargantilla africana auténtica adquirida a precio de ganga.

Con esos pajaritos en la cabeza te plantas en plena solana de las doce del medio día en el dichoso mercadillo rodeada de furgonetas y tenderetes bamboleantes y asediada por una caterva de guiris curiosos cuyo firme propósito para estas vacaciones en el sur de España es que tú en concreto no puedas acercarte a meter las narices en ningún puesto.

Y la verdad es que, aunque podrías cabrearte por ello, cuando llegas a la primera línea de fuego te das cuenta de que quizás te estaban protegiendo; porque las especias no hay quien las cate, sólo te llega la peste a cerdo del cuero, los melocotones son tomates y para tocarlos tienes que comprarte tres kilos y medio, la falda indie son polos Lacoste de imitación que tienen en todos los puestos y la gargantilla africana te la vende una señora de etnia gitana vociferando que lo suyo es muuu bueno.

Al final, te vuelves a casa con un pañuelo y la incómoda sensación de que -aunque te pedían 15 y has pagado 10- te han timado como al pardillo que eres y que los mercadillos sólo le van bien a los profesionales del regateo… a la próxima mando a Ronaldo!

 

Miércoles de sol; dicho de otra manera: se calienta la X. Buenos días!!