granja

26.02.2016

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A raíz de mi reciente disposición a ver muertos vivientes cómodamente sentada en mi salón, tengo muchas inquietudes que necesito verbalizar por algún medio, así es que hoy la cosa va a ir de esto: de los no tan muertos.

 

Porque películas de zombis he visto muchas desde aquel día en que mi madre se puso los rombos por montera y me sentó con ella a ver ‘La noche de los muertos vivientes’ a la tierna edad de 6 añitos. Pero claro, las películas tienen un metraje más corto y mantener la coherencia es más sencillo que en el caso de la serie que ahora veo, que lleva ya un porrón de capítulos.

 

En The Walking Dead para empezar, los muertos no son zombis, si no ‘caminantes’; término con el que los bautiza uno de los protagonistas con dudoso tino porque a ver, caminar caminan, pero coño, tienen otras características más relevantes como el hecho de que intenten merendarte, que se les caiga el cuerpo a trozos o simplemente, que deberían estar criando malvas y ninguno se dedique a la floristería…

 

Pero además, si te paras a considerar la sociología del colectivo de caminantes, te das cuenta de que actúan como ovejas: tienden a ir en rebaño, se pasan el día buscando comida, son medio tontos y se les puede pastorear. Ergo el primer fallo de coherencia de la serie es que Rick y compañía no hayan aprendido a decir ‘prrrrrr-prrrrrr’ y entrenado un perro para guiarlas. Pero bueno, puede que sean chicos de ciudad que no han pisado una granja escuela en su vida, mira que casualidad…

 

Otra incongruencia es que ninguno de los supervivientes haya leído a Sun Tzu, porque lo de aprovechar la debilidad del enemigo lo usan cuando les parece y, de cuando en cuando, parece que lo olvidan. A ver, que los animalitos no saben abrir puertas, subir escaleras, nadar, ni hacer cualquier otro uso de sus extremidades prensoras más allá de abrir y cerrar las manos extendidas hacia delante para pedirte por favor que te dejes devorar, cual bebés intentando agarrar la teta de su mamá ¡! Pues cava un foso, échale agüita y tú a disfrutar en lo alto del torreón viendo cómo se ahogan, no?? Será que en los EE.UU. los castillos no abundan y no los saben usar… Vale, pues busca una isla, una buena azotea, qué sé yo, unas casitas colgantes como en Cuenca o una de esas moradas en los árboles que aparecen en la Bioguía!!

 

Pero el mayor de los sinsentidos de los que la serie peca es precisamente lo que os decía al empezar: los caminantes ca-mi-nan. Vale que son muchos y muy cansinos, pero su velocidad punta es similar a la de un octogenario recién operado de la cadera, así es que -excepto que te dediques a esto de la supervivencia calzado con zapatos de tacón de aguja que encima te rozan- no se entiende cómo les alcanzan con tanta facilidad.

 

Con todo y con eso, estoy dispuesta a tragarme unos cuantas temporadas más, que la temática del apocalipsis zombi es tan adictiva que me mantiene pegada a la pantalla como si yo también fuera una oveja de esas. Algo que objetar?

Viernes. Buenos días!

19.06.2015

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Tiene bemoles la ironía. Que puede tirarse una en Málaga seis largos días de verano y no darle ni una gota el sol hasta que se monta en el autobús de vuelta, en el que te toca ventanilla al oeste sin cortina y ahí te da todo.

Pero todo tiene un fin (menos -ya sabéis- la salchicha, que tiene dos) y el día declina en un ocaso que, en este caso, es espectacular. Una puesta de sol a lo Corrupción en Miami pero en road movie a la española: poste de teléfono con pajaritos, montaña al fondo, nube de Sorolla a la diestra y todos los colores de la paleta reflejados en esa porción del cielo.

El niño sueco que va delante y yo miramos eclipsados. Aunque él es más inocente y pretende grabarlo con el móvil. Yo ya sé que esos momentos mágicos de un atardecer son efímeros y complicados de retratar. O será que él lo intenta con imágenes y yo con palabras… Como es sueco no me atrevo a preguntarle, que tengo el catálogo del Ikea sin actualizar.

Pero los que me parten el corazón son los paneles de la granja solar que acabamos de pasar. Todos girados hacia la montaña por donde el sol se va. Levantando sus cabecitas mecánicas para captar un rayo más. Como si pretendieran atisbar esos otros horizontes que se adivinan detrás del que les toca contemplar. Son una alegoría tan mecánica como poética. Una imagen que no puedes plasmar si no la captas. Y no creo que un sueco de 11 años tenga un máster en ocasos y en horizontes que se escapan. Aunque con quienes saben hacerse los suecos, nunca se sabe nada…

Viernes de una semana ocupada en otros menesteres. Estas ausencias me matan… Buenos días! Feliz fin de semana!!