guerras

02.08.2015

Posted on Actualizado enn

Haciendo un recuento somero de mis problemas de salud más recientes, me doy cuenta de que lo mío es grave. Pero no grave a nivel físico, por suerte, si no espiritualmente: me trato a mí misma peor que mal. Fatal. Soy la viva imagen -en versión femenina singular- de aquella frase que Plauto hizo popular: ‘Homo homini lupus’ y así me va.

Y es que lo mío no es un listado de enfermedades (a Dios gracias, vuelvo a repetir), lo mío es más bien un recuento de pupas y calamidades: me quemo una teta, me erosiono la piel de la cara dos veces, me despellejo el labio, me sobrecargo un músculo del que no recuerdo ni el nombre, me destrozo las rodillas habitualmente… Vamos, que no necesito enemigos. Lo que necesito, si acaso, es rosa mosqueta; dos o tres botes.

Porque mira que es bueno el aceite ese, oye. Si tienes paciencia y constancia, las cicatrices desaparecen. Desafortunadamente carezco de ambos dones y tengo el cuerpo lleno de ‘ñaclas’, como se dice en mi casa. Recuerdos de guerras que no he vivido, noticiario de mis pequeñas batallas. Como un memorando de aventuras pasadas. Refugio de historias que han sorteado el poder regenerador de los potingues milagro. Nidos de Anti-Aves Fénix que se regodean en sus cenizas. Nomeolvides para vegetarianos que no hagan ascos la carne… De todo eso tengo yo. En la piel.

Y es lunes. Buenos días.