helados

12.06.2015

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Hace un par de días, cuando el cielo sólo amenazaba con nublarse, tenía en el andén de enfrente del metro dos muchachas a cual más incoherente, más divina… y más anacrónica. La una viste faldita corta vaquera, camiseta de tirantes, bota de cuero alto y paraguas, mientras que la otra ha elegido para pasar el día pantalón de pana, camiseta de manga larga con aire otoñal y chanclas.

 

Yo entiendo que estos días de tiempo variable es difícil elegir la indumentaria; que abres el armario cada mañana y las cuentas no te cuadran, entiendo que dudes entre Pinto y Valdemoro, a todas nos pasa. Pero no logro razonar que una se ponga -de un golpe- la mezcla exacta entre Laponia y Las Vegas. Como si entre el gazpacho y las sopas de ajo no hubiera nada… Por ejemplo, Canarias

 

Y sin embargo, visualmente, me encanta.

 

Creo que parte de la culpa la tienen las revistas de moda, que gustan de fotografiar a sus modelos de esa guisa. Pero una cosa es posar un rato por la nieve con calzonas y otra muy distinta salir de tu casa a las ocho de la mañana de un 10 de junio con 27° a la sombra y calzarte unos botorros forrados de borreguito hasta la rodilla.

 

Que la industria ya nos ha colado bastantes burlas, como los jerséis de lana gruesa y sin mangas o los helados, que nadie duda en comérselos fuera de temporada. Pero ¿calor y botas? Mi menda, por ahora, no se apunta. Lo dejo para cuando me apetezca que las extremidades me huelan a Roquefort o tenga las uñas retorcidas como las de un aguilucho que, de momento, no es el caso.

 

El caso es que es viernes y lo que hoy hay que ponerse es alegre. Feliz fin de semana y buenos días!

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29.04.2015

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Lo bueno de compartir un pasado histórico y cultural común con los miembros de tu generación (entendiendo aquí que generación implica un amplio abanico de edades que distan tranquilamente hasta 20 años entre sí) es que así es muy fácil entenderse los chistes y poner en común los recuerdos.

 

Todos tenemos en la memoria las mismas imágenes en tonos anaranjados, los mismos programas de la tele, los mismos juegos y juguetes; incluso idéntico orgullo de pertenecer a ese grupo. Por eso, aunque no soy de las que se deja arrastrar con facilidad por los cantos de sirena de la nostalgia, de vez en cuando acabo con una sonrisa bobalicona hablando de pequeñas tonterías del pasado.

 

Para ser más exactos y por lo que he derivado en esta reflexión ha sido por los helados… El otro día nos batimos en duelo Mati y yo a cuenta cada una de su bando: ella era de Frigodedo y yo de Frigopie. Ella insistía en que, aunque el suyo era de hielo, no era hielo del que muerdes y te da un escalofrío en los dientes, si no que tenía una película cremosa por fuera. Yo le digo que es imposible, que eso no se inventó hasta los Fantasmikos… Afortunadamente, no llegó el polo al río porque llegamos a un Entente Cordiale vía Twister de nata y chocolate, que nos gustaba a todo el mundo ¿cómo pudieron dejar de fabricarlo?

 

El caso es que a cuenta de la conversación, buscamos un cartel de los helados de aquellos años, antes de que se inventaran los Mágnum y casi terminamos las dos llorando no ya por los recuerdos, si no viendo los precios que pagábamos… y es que no hay nada para hacerte sentir mayor como la puñetera inflación ¿o lleváis encima 70 pesetas para comprar un Superchoc?

 

En fin… Retocaremos digitalmente la imagen para quitarle el sepia, que la vida -y los precios- siguen su rumbo… Miércoles. Buenos días!!

Cartel Frigo helados antiguo

16.12.2014

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Otra cosa que no le perdono ni a mis padres, ni a mis abuelos, ni a la época en que me tocó ser niña es, sin lugar a dudas, la puñetera “digestión”.

 

Aunque la llegada del verano era (y sigue siendo) para mí un acontecimiento maravilloso, venía siempre acompañada de la peor de las amenazas fantasma: el corte de digestión. Los días cálidos traían las vacaciones, los baños, los helados, los juegos en la calle, la libertad en forma de playa y de pueblo… todo lo que necesitábamos los niños para vivir en el paraíso pero también, acechando desde las sombras de la calurosa hora de la siesta, el peor de los castigos: tener que guardar un mínimo de dos horas sin catar charco. No había manera de convencer a los adultos: ni me meto despacito, ni me meto rápido, ni más cuento que me invento. Reposo obligado de secano porque si no, te llevaba el peor de los cocos: se te cortaba la puñetera digestión. Y así la primera hora de la tarde se convertía en un infierno; los mayores dormían la siesta, veían el tour o charlaban un rato; pero para los niños la vida se nos iba en mirar aburridos las manillas del reloj, que se movían particularmente despacio…

 

Lo cojonudo es que ahora ese suplicio parece haber desaparecido! Mis hermanas (que son de estos tiempos modernos), ni han oído hablar de semejante posibilidad; se bañan sin miramiento cuando les parece oportuno y, por supuesto, nunca han sufrido corte alguno. Es más, el único que yo he tenido en mi vida fue por beber agua fría, no por meterme dentro.

 

Y con lo que me ha gustado siempre el agua y la cantidad de horas de ella que me he perdido… Es para tener un trauma o no?

Martes y van dos. Buenos días!