heridas

02.08.2015

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Haciendo un recuento somero de mis problemas de salud más recientes, me doy cuenta de que lo mío es grave. Pero no grave a nivel físico, por suerte, si no espiritualmente: me trato a mí misma peor que mal. Fatal. Soy la viva imagen -en versión femenina singular- de aquella frase que Plauto hizo popular: ‘Homo homini lupus’ y así me va.

Y es que lo mío no es un listado de enfermedades (a Dios gracias, vuelvo a repetir), lo mío es más bien un recuento de pupas y calamidades: me quemo una teta, me erosiono la piel de la cara dos veces, me despellejo el labio, me sobrecargo un músculo del que no recuerdo ni el nombre, me destrozo las rodillas habitualmente… Vamos, que no necesito enemigos. Lo que necesito, si acaso, es rosa mosqueta; dos o tres botes.

Porque mira que es bueno el aceite ese, oye. Si tienes paciencia y constancia, las cicatrices desaparecen. Desafortunadamente carezco de ambos dones y tengo el cuerpo lleno de ‘ñaclas’, como se dice en mi casa. Recuerdos de guerras que no he vivido, noticiario de mis pequeñas batallas. Como un memorando de aventuras pasadas. Refugio de historias que han sorteado el poder regenerador de los potingues milagro. Nidos de Anti-Aves Fénix que se regodean en sus cenizas. Nomeolvides para vegetarianos que no hagan ascos la carne… De todo eso tengo yo. En la piel.

Y es lunes. Buenos días.

07.05.2015

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Tenemos en la casa del pueblo de mi madre, en lo que allí se llama ‘corral’ y en el resto de la geografía patria se conoce como ‘patio’, unos arreates (arriates según la RAE, que yo creo que esta vez se equivoca) que acostumbran a criar por sí solos unas malas hierbas que cumplen al dedillo el refrán: no mueren jamás; al contrario, disfrutan de una salud y una frondosidad que ya la quisiera el ecosistema tropical de la estación de Atocha.

Lo malo de esta mala hierba es que, estéticamente, no funciona. Se ve enmarañada y desparramada y, lo peor, no cumple ninguna de las labores de las que considero imprescindibles para las plantas del hogar: ni huelen bien, ni se pueden usar para cocinar. Expuestos los cargos estaba clara su condena: había que arrancarlas y preparar la tierra para plantar en su lugar albahaca, cebollino, lavanda… integrantes todos ellos del reino vegetal conocidos por su resistencia y utilidad. Así es que me puse a ello el otro día, aprovechando la estancia y la temperatura primaveral.

Ya fue dura la extracción de los hierbajos (que parecían adheridos con loctite al cemento y a la tierra), pero la traca fue zachar la tierra para la siembra… Aquí es cuando descubrí -rastrillo en mano- un mundo bajo la superficie que apenas atisbamos: no sólo gusanos y lombrices (que no hacen ningún daño), si no unos extraños bulbos ocultos que bien podrían ser nidos de intraterrestres fantásticos cuyas raíces se remontan al propio centro de la tierra ¡!

Yo no sé qué eran (desde luego ni nabos ni patatas). Sólo sé que sacarlos fue toda una batalla que gané a medias: quité muchos y mutilé los que no pude quitar, pero sospecho que –escondidos y al acecho- anidan muchos más… que de momento ahí se van a quedar porque en nuestro ejército todo fueron bajas: mi madre se destrozó las manos zurrándole a los rosales y yo me gané una contractura que aún me dura en el bíceps femoral (que hasta ese momento no sabía cómo se llamaba) amén de un tembleque de piernas por pájara profunda en el uso de la azada…

 

Para mí que los urbanitas somos unos flojeras de solemnidad y así ni huerto ni ná de ná. Mientras valgamos y vivamos para contarlo, no está tan mal. Jueves. Buenos días!!

 

21.01.2014

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No es que yo me autolesione por acción de algún complejo proceso mental de culpabilidad que me imponga castigos corporales. Vamos, creo que no. Es que hay temporadas en que parece que cualquier excusa es buena para hacerte daño… tengo en la espalda un arañazo considerable porque me picaba, no llegaba para rascarme y tuve la feliz idea de usar unas tijeras para aliviarme (esto lo he aprendido de mi madre, que se rasca la suya con un cuchillo jamonero de medio metro). Para remate, ahora la herida se ha hecho costra y no para de picarme, así es que el ciclo se está repitiendo. Además, la bandeja del teclado del ordenador tiene un borde metálico afilado que sobresale; lo sé porque el otro día lo comprobé mientras me desollaba la mano izquierda con él. En el dedo gordo de la derecha me acaba de aparecer otro arañazo, éste no sé de qué. Y para colmo de males, algún agricultor gracioso debe estar pegando con Loctite la cáscara de mandarinas y naranjas, porque mira tú que para una fruta que pelo (plátanos aparte) me estoy dejando los pulgares en carne viva ¡!

Pero al fin y a la postre no son más que gajos -digo gajes- del oficio. Donde realmente son más peligrosos los bordes afilados es en las aristas de la mente: esos recuerdos que a veces nos duelen, esa imaginación que nos compromete… Fijaos si no lo que me ha pasado, que leí el otro día una de esas frases de humor que, cada vez que la recuerdo, me muero de miedo: “Que te acaricien el cabello es hermoso… A menos que sean las 3 de la mañana, estés dormido, con todas las luces apagadas y vivas solo” Uf!!

Por suerte, aún nos quedan muchas horas de luz para limpiar la mente. Martes. Buenos días!