historia

24.06.2015

Posted on Actualizado enn

El hombre era nómada.

 

Antes. Al principio. Cuando la historia aún no existía porque no se escribía.

 

Nuestra especie nació haciendo suyo el poema de Machado y al andar no sólo hicieron caminos si no calzadas, carreteras y autovías que les acabaron llevando hasta el hogar.

 

Pero por más que uno firme una hipoteca y saque cada mañana su calcetín del mismo cajón, algo del gen errante de nuestros antepasados anida en cada paso que damos.

 

Somos nómadas de un destino que acaba por ser siempre incierto, que está en constante movimiento. Nómadas en nuestras relaciones, que fluctúan, que se desplazan con las mareas y que unas veces te acercan hasta rozarte y otras te alejan. Nómadas en nuestra profesión, donde hoy es un suicidio quedarte anclado. Somos perpetuos viajeros en fines de semana y fiestas de no guardar nada, vagabundos en nuestra ciudad buscando el mejor rincón para quedar, titiriteros del último grito, saltimbanquis de las modas. Y si no somos nómadas de conciencia es porque ejercemos el principio de coherencia.

 

Somos nómadas hasta en la cama. Recorriendo caminos que no aparecen el las sábanas. Haciendo kilómetros en estática, cuando el movimiento busca un destino en la química y no en el mapa. Muchos somos nómadas de la espalda a la que quedar pegada, o de la mano que por ella sube y baja…

 

Es cierto que dejamos los caminos para criar animales de granja, pero hoy no hay nadie sedentario; excepto, quizás, esas vacas.

 

Miércoles. Ojalá nuestros caminos de nómadas encuentren la manera de cruzarse, aunque sea en ‘los bajos fondos de la inmensidad’. Buenos días!

10.03.2015

Posted on Actualizado enn

Según la paradoja de Fermi, si hay tantas civilizaciones en el universo, tanta vida inteligente en la galaxia, es contradictorio que no se comuniquen con nosotros.

 

Esto lo formuló el tal Fermi -a la sazón científico nuclear- mientras charlaba en el comedor con unos colegas con la muy elaborada y sintética sintaxis: ¿dónde están?

 

El gran silencio.

 

Y para explicar el gran silencio hay un río de teorías con mayor o menor rigor científico que van desde la inexistencia de extraterrestres hasta un complot interestelar para no decirnos ni mu.

 

Pero ninguna acierta.

 

El gran silencio está, en realidad, en nuestro planeta. Yo lo he visto.

 

El gran silencio es tener a una persona delante, hablar, y aún así no comunicarte.

 

El gran silencio está lleno de palabras que se hacen serpiente: se retuercen, envenenan y resbalan.

 

Es a la vez un escudo y una bala. Un proyectil que desgarra la propia carne y la carne ajena. Una perturbación en la dimensión del universo que crea vidas paralelas. Distorsiona la historia y arrasa con las certezas.

 

El gran silencio es un adversario taimado -todo humo, soledad y cervezas- que paraliza los músculos del cariño y deja los cuerpos rígidos, incapaces de buscarse para romper su barrera. Es un dardo en la lengua, que le amputa a ésta su parte buena.

 

El gran silencio trae los gritos y la guerra. En un bar con poca gente o en una plaza semi desierta. Comparte sustancia con las penas: que no matan, pero ayudan a no dormir…

 

Lo que ni el señor Fermi ni yo sabemos es si tiene escapatoria su paradoja. Si hay una puerta trasera que nos evite tanta batalla queda. Si existe la palabra mágica que anule tanta ausencia. Si ponerle un nombre, todas estas letras y dejarlo a la deriva en una botella es conjuro para que la comunicación vuelva.

 

Si el gran silencio tiene cura y si vamos a buscarla siquiera. Buenos días.

09.03.2015

Posted on Actualizado enn

No discuto la festividad de ayer en sí…  Sé que tiene un fundamento histórico plagado de penurias y sufrimientos por lograr que se le reconozcan a la mujer unos derechos que deberían haber sido intrínsecos siempre y que -hoy por hoy y en esta parte del mundo- la mayoría no cuestiona.

Como mujer trabajadora he aceptado unas felicitaciones que considero que no me corresponden porque yo no he hecho méritos para ellas: soy mujer, sí; así nací sin mediar una intervención en mi propia genética. Y trabajo, sí; es lo que creo que tengo que hacer como miembro productivo de la sociedad en la que vivo. Que me feliciten por la conjunción de estos dos factores ya se me hace raro, pero callo y acepto en nombre de esas antepasadas para las que esto no supuso una evidencia si no una lucha.

Ahora bien, que me manden postalitas diciendo que mis ojos son bonitos, mi sonrisa encantadora, mis manos suaves, mi carácter especial, que soy creativa, mágica, simpática y valiente… me toca las narices, francamente. Me parece un peloteo flagrante y contraproducente.

Todo eso me lo dices sólo por ser mujer?? Pues a mí no me vale.

No me conoces, no sabes como sonrío, si mis manos son suaves o si mis pies huelen a flores por el mero hecho de haber nacido con dos equis en el par 23. Eso sí que me parece sexista, crearme un molde rosa y blandito donde por huevos me tengo que meter. Marcar sutilmente la senda de mi carácter: “gracias por ser intuitiva, protectora, luchadora, fuerte”… Pues lo seré o no lo seré, leñe! Puedo ser un ser vil y rastrero y, aún así, seguiría siendo mujer.

Y quizá esto no sea políticamente vistoso ni suene bien, pero yo soy yo antes que mujer. Y los dardos y las flores que me echen, las quiero por mí, por mi individualidad, no por pertenecer a ese nutrido colectivo, por más que me guste ser mujer.

Lunes. Qué bonito día hace… Buenos días gente!!

14.01.2015

Posted on Actualizado enn

Desde pequeñita tengo cierta tendencia a coleccionar. Esto es, acumular una serie de objetos de similar naturaleza contenidos en un mismo espacio físico -generalmente una caja- que sólo se abría  para incorporar un nuevo elemento a la colección, instante en el que aprovechaba para deleitarme con su contenido, pronunciar las palabras en modo Golum ‘mi tesoro’ y volverla a cerrar hasta la siguiente novedad.

 

Probé con llaveros y postales durante una larga temporada, con entradas a teatros y conciertos y hasta de invitaciones de boda tengo llenita otra caja. Pero al final todo empacha.

 

Mi mayor colección, a decir verdad, está formada por objetos variopintos que -en su momento- llevaban asociada alguna historia personal detrás: piedras, flores secas, servilletas, alguna pluma, el envoltorio de un caramelo, una carta de la baraja, un trozo de tela, una vela medio usada… Cosas muy simbólicas cuando recordaba la aventura que llevaban aparejada pero que, con el correr de los años han ido quedando olvidadas, de tal manera que lo que tengo ahora son varias cajitas llenas de guarradas… Pero soy incapaz de tirarlas.

 

A mejor vida han pasado ya otras colecciones que me labré con el duro esfuerzo de la paciencia y el pirateo: películas, discos… Hasta muchos de mis preciados libros han acabado relegados a la casa del pueblo. Ahora todo queda reducido a megabytes en el disco duro, archivos que suben y bajan al ritmo de mis presentes anhelos. Es duro al principio, pero ganas espacio y pierdes peso (aunque sea en el piso y no en el cuerpo).

 

Ahora mi espíritu de coleccionista atesora otro tipo de objetos: recuerdos, momentos, palabras… Y este blog se nutre de ellos. Miércoles. Buenos días!

12.12.2014

Posted on Actualizado enn

Hoy me apetece robar palabras. Aunque es un asalto con trampa: uno de esos pequeños póster que cuelgan en el metro y que con la consigna ‘Libros a la calle’ pretende incitar a la gente a leer.

 

A mí, personalmente, me parece una iniciativa tan bonita como inútil; creo que los carteles sólo los leemos un chino y yo. El chino no los entiende y lo mío es puro vicio… En serio, lo de incitar a la gente a la lectura es algo que parece que hay que hacer por narices pero que no suele ser muy productivo: el que se acerca a un libro por obligación acaba aborreciéndolo. Mi táctica con mi hermana es mucho más expeditiva: por un lado le cuento el argumento del que me esté leyendo yo como si fuera una peli de Hollywood y por otro le lanzo ironías descarnadas sobre lo limitado de su intelecto por no tener esa afición. Pero por lo que al resto del mundo respecta, mi filosofía se resume en dos palabras: allá ellos.

 

Total, (que me enrollo) que el fragmento que leí el otro día me cautivó y quería compartirlo con vosotros cual décimo premiado. Es la historia de por qué los elefantes no llevan reloj. Y es tan simple y breve como compleja y bonita, posiblemente resultado de mezclar tiempos y trompas o quizá porque todos tenemos algo de elefante: no la gruesa capa de piel que nos envuelve (yo desde luego no), si no su inocencia.

 

Además es viernes, un día estupendo para que se nos despiste el paso del tiempo. Buenos días!

 

LibrosALaCalle_PorQueNosPreguntamosCosas

04.11.2014

Posted on Actualizado enn

Ayer andaba yo con intención de hablaros de ellos, pero me perdí en el intento. Tengo dos peces nuevos. Dos vinílicas mascotas que ahora decoran espléndidamente la pared del salón.

Si son lucios, bacalaos, pirañas o meros no lo sé. Es más, me la trae al fresco. Lo que yo veo es, en un trazado sencillo, una historia, un chiste y todo un compendio de sabiduría contenido.

Son pez macho y pez hembra que llegan, cada uno por su lado, al mismo cebo: un corazón. Se encuentran y se miran sorprendidos: ambos han picado. De ahí en adelante, cada cual que los vea podrá sacar su propia moraleja.

A mí me chiflan. Sólo mirarlos me despiertan la sonrisa. Por esa expresión tan humana de sorpresa en sus ojos, por considerar el amor como un cebo y porque, para darle otra vuelta de tuerca a la ironía, los peces son conocidos por la escasísima memoria que tienen… Lo que os decía, en un simple dibujo aparece resumido todo un cuento romántico e, intuido, un final paralelo no exento de tono humorístico.

Que no son mascotas comprensivas de carne y cartílago? Es cierto, pero a ver qué habría de distinto para mí si en lugar de un vinilo fueran dos seres vivos. A parte de tener que cuidarlos, alimentarlos y quizá, durante 5 minutos, secar sus lágrimas un pañuelo.

Martes. Buenos días!

Peces enamorados vinilo pared