horizonte

07.03.2016

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El cielo se llena algunas veces de nubes de tormenta. No descargan lluvia porque tú no las dejas, pero ensombrecen un panorama que habitualmente te parece hermoso.

 

En esas ocasiones te gustaría tener un dispersador de vientos gigante, una especie de tubo hueco y largo al que -aplicándole el grito ese que se te enreda esos días en los pulmones- dejara claro y soleado el horizonte.

 

Pero no lo tienes. Y entonces te paras a pensar que, quizás, si en alguna bifurcación del camino que no viste hubieras tirado por un sendero diferente, hoy el paisaje sería otro muy distinto también. Pero para tomar esa ruta te haría falta una maquina del tiempo. Un artilugio con el que ir del siglo XV al XXIII fuera como plantarte en Cuenca a la hora de comer. Y aunque nadie confirma ni desmiente su existencia, el caso es que tú no la tienes.

 

Así es que la solución podría ser que tu vida estuviera escrita en un libro de los de “elige tu propia aventura” que pudieras leer con trampas: volviendo al punto de partida cuando no te convence por dónde va. Pero eso tampoco puede ser. Ni maquinas del tiempo ni libro al que engañar.

 

 

Miras tus bolsillos y encuentras lo de Manolo García: arena. ¿Y qué se puede hacer con eso? Una senda. Piensas que lo único que puedes hacer es caminar. Y andar, al fin y al cabo, sólo consiste en echar un pie delante dejando el otro detrás. Un paso, otro y otro más. Y aunque al hacerlo nada cambia, te engatusa la sensación de avanzar. Que no es lo mismo ver los nubarrones en el horizonte que encarar a frente alta las tormentas que vengan.

 

Es lunes. Y parece que se pone soleado al final. Buenos días!

18.05.2015

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Por cosas de la vida que no vienen ahora al caso, hay días que acabas protagonizando las Veinte Mil Leguas de Viaje Submarino (pero en secano), emulando a Willy Fog por el mapa patrio, siendo la bola de una máquina de petacos, que cada vez que da un bandazo no suma puntos, si no kilómetros… Así me pasó ayer domingo que, en tres volantazos me calcé ochocientos, empeñada en abrir un nuevo puente aéreo Burgos-León-Burgos-Madrid exclusivo para mí.

 

 

El caso es que los primeros fines de semana de buen tiempo en la ciudad me cuesta respirar. No por alergias ni afecciones respiratorias de tracto urbano, afortunadamente. Sólo es que encuentro el aire terriblemente sucio, el asfalto demasiado duro, el gentío excesivamente burdo… El ansia de horizontes limpios se apodera de mí y no hay verbena en las Vistillas que me retenga aquí.

 

 

Por eso tantas veces los afanes se me van en salir y salir… Porque sólo fuera de Madrid puedes cruzarte con un corzo curioso que detiene su huida para mirarte a los ojos o con dos liebres saltarinas que juegan a dos metros de ti; sólo donde el horizonte se hace monte es posible buscar salvia, estepa y aliaga o aprender a distinguir enebros de sabinas, aunque sea chupando sus bayas. Y la carretera -cuando discurre entre roquedos y verdes montañas- posee su propia magia; más si la música acompaña y, para mayor gracia, no haces más que adelantar camiones-orquesta: señal de que llevas el mismo camino que la fiesta.

 

Total, que me he venido con la retina bien aireada y el resto de las piezas agotadas. Será posible descansar entre semana? Lunes. Buenos días!!

árbol campo Cebrecos

12.01.2015

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La mística no está sólo en los templos, ni en los paisajes abiertos, ni en la quietud del agua de un estanque; a veces la mística está en movimiento (como la ídem de X-Men): la mística de viajar. Verbigracia, escapar de Madrid un lunes al amanecer te da dos bofetones místicos muy de considerar.

 

Lo que era noche se va partiendo al fondo en una sinfonía marciana de cielos naranjas; las luces del extrarradio dibujan el mapa estelar y las farolas, en vez de iluminar, esconden la vulgaridad de un polígono al azar. Pero el paisaje no deja de cambiar; la luz del sol que -por custodia compartida- había estado calentando otras latitudes, aprieta por debajo de la línea del horizonte y va recortando siluetas en los jirones de la ciudad que vas dejando atrás. Y cada minuto, amanece un poco más, que eso de alumbrar un día nuevo requiere de su tiempo y de su técnica. Los naranjas del horizonte destellan en violeta antes de ceder al azul y la carretera empieza a asentarse entre lomas peladas y naturalezas muertas de las que sólo habitan en la autovía. La mañana le está ganando el pulso a la nocturnidad y va matando sin tortura la bisexualidad del amanecer de un Madrid que nunca duerme pero sabe despertar.

 

Y yo, que ya he visto el espectáculo programado para este día ya no puedo centrar la mirada ni la conciencia en el móvil que recoge estas palabras. Los rayos caen sobre mis pestañas y los ojos se me cierran, se cierran, se cierran. Voy a dormir ya. Buenos días!

 

(P.D.- El texto, por cierto, es tan verídico como tramposo: está escrito un lunes -eso es cierto- pero no exactamente hoy, si no hace dos semanas, cuando las vacaciones estaban en el futuro inmediato y no en el recuerdo…)

16.05.2013

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[Un día cualquiera, camino de cualquier parte en un autobús…]

Se van echando la tarde y los kilómetros encima; por la enorme cristalera del bus (mi asiento es de ventana. Siempre es de ventana) entra un sol tibio y reconfortante, aunque el horizonte está salpicado de unas nubes que otorgan profundidad al paisaje y a los pensamientos que mi mirada lanza hacia allí.

En las orejas, los diminutos cascos de efecto vacío que tanto me gustan y sonando por ellos -la batería del reproductor está al 100%- la música que he elegido, justo la que me apetece oír, pero en modo aleatorio, para dejar margen al azar. Entre mis manos un bolígrafo que escribe de maravilla, mi libreta morada, y todo el tiempo del camino para dedicárselo, para dedicármelo… está incluido en el precio del billete.

La señora sentada a mi lado lanzando miradas de soslayo a mis labios que no paran de cantar en silencio y a la cara que no para de interpretar las letras que escucha. Me importa un comino. Todo me importa un comino ahora mismo. El horizonte es mío. La carretera es mía. El mundo es mío. Porque no importa donde vaya, ni la mierda que queda atrás: la catarsis del viaje se ha apoderado de mi ser y me siento tan, tan poderosa…

Quizá algo parecido sintió también George Wyman cuando inició, el 16 de mayo de 1903, el primer viaje de extremo a extremo de los Estados Unidos, en su caso, en motocicleta. Ya me gustaría a mi. La carretera por delante y el pasado por detrás. Olvidando incluso esta primavera estafadora que me tiene con el abrigo en una mano y la pastilla de la alergia en la otra.

Jueves. San San Petesburgo y San Simón Stock (¡ojo! No confundir con Don Simón de Brick). Buenos días (?)…