inocencia

16.02.2016

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Mi amiga Rocío, que goza -entre otros muchos dones con que la ha bendecido la naturaleza- de una prodigiosa expresividad, tiene una cita que utiliza frecuentemente para definir ese tiempo muerto que transcurre desde que uno decide una acción y ésta es llevada a cabo. La expresión exacta que utiliza ella y me encanta es “entre ponte bien y estate quieto”.

 

Y la frase me hace especial gracia no sólo por la coyuntura que te evoca mentalmente, si no porque la propia consideración de ese lapso de tiempo denota una sabiduría y una sensatez que no todos tenemos.

 

La inmediatez es una característica inherente a los niños y los inconscientes. Ese apremio por conseguir el objeto X del deseo no suele acarrear nada bueno. Acabas llenando tu armario, tu casa o tu vida de antojos que, de haberlo sopesado, no hubieras adquirido. O al menos a mí me sucede eso. Porque esos minutos, horas o sueños que transcurren ‘entre ponte bien y estate quieto’, te dan la oportunidad de macerar los actos y los pensamientos, amén de enseñarte la dotación de paciencia que todos deberíamos llevar en la mochila.

 

Mi mochila, en cambio, va fatal de estos conceptos: la madurez aporta poco peso y la paciencia mucho menos, porque no la tengo. Llevo otros trastos, en cambio, que posiblemente no me sirvan de mucho; llevo inocencia, llevo una memoria terriblemente selectiva y llevo un trapo rojo, al que siempre entro. Y llevo también otros vocablos que a veces están bordados en plomo… Pero que le vamos a hacer, si por lo visto ni me pongo bien ni me dejo de mover!

 

Martes. Buenos días!!

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13.07.2015

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Algunas veces derrapo en mi propia libido que se desata, se descontrola e incluso se derrama en los bajos fondos de mis nocturnidades. Aunque la noche no sea imprescindible en tales hazañas. Es la imaginación y no la hora del día la que peca de procacidad. Siempre he pensado que el mejor cine porno se proyecta dentro de la cabeza. Y es porque la mente -además del metro de Madrid- vuela. Y es capaz de volar a bajo coste, además; despega con una mirada un tanto pícara o un ligero roce de pieles que puede ser inocente.. O no. Y es de ese “o no” de dónde el sexo se cuelga. Se cuelga, se columpia y se balancea. Como un pulso que se hace impulso naciendo de una sutileza y que comienza a crecer detrás de las cejas para acabar retumbando entre las piernas. Como una tormenta. Una tormenta eléctrica que maximiza los receptores nerviosos de tus extremidades, de tal forma que percibes con claridad meridiana el abismo de tres milímetros que os separa. Dos brazos o dos piernas que, en una curva un poco más fuerte, se rozan ligeramente de forma tan poco inocente…

Pero Despeñaperros ya no es lo que era; las curvas son más suaves y cuando abres los ojos por completo y te detienes a observar con atención al objeto de tu deseo te das cuenta de que es precisamente eso: un jarrón, como cualquier otro, incluso tirando a feo. En el que tienes clarísimo además que no quieres poner tus flores. Y que lo que te ha dejado sudando desde fuera hacia dentro no era la compañía si no el propio juego.

Un curioso efecto. Pero es que a los que tenemos tendencias ludópatas nos pasa de vez en cuando eso…

Lunes. La semana comienza. ¿Echamos los dados? Buenos días!!

16.03.2015

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Los domingos son ese día del fin de semana que uno no peca de lujuria ni de gula (bueno, de gula sí algunas veces) ni se peca de pereza como otros días laborables; son del días de pecar de inocente… Uno sale tempranito y se cree, inocentemente, que -mientras la luz acompañe- no hay peligro de perder el temple. Es más, aún se cree -cuando las farolas se encienden- que todavía puede plantarse en casa indemne…

Zasca! Ahí está el pecar de inocente. Porque, en realidad, salir los domingos de día es lo mismito que los sábados de noche con el agravante de que a la vuelta del despertador lo que aparece es el lunes y el volver a rendir como un ciudadano decente.

Aún así -como la inocencia es conmovedora cuando eres infante y rejuvenecedora cuando ya no lo eres- me encanta salir los domingos. Dominguear. Pasar la mañana recorriendo callejas a la caza y captura de ese bar donde el pincho va más allá de una patata frita o una aceituna y la tarde (en espera de que vuelva el tiempo de terrazas), buscando ese otro bar en el que la música te levante el ánimo y la sonrisa. Aunque tantas veces terminemos como Las Grecas, dándolo todo por Raphael o Rafaella. Que cualquier domingo de los que te estoy amando locamente, no sé cómo te voy a decir que puede ser mi gran noche; porque sin duda, es fantástica fantástica esta fiesta!!

Lastima que sea lunes ya. Buenos días!

11.02.2015

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Por hablar el otro día de los usuarios de metro que están mentalmente tres estaciones más para allá (que para acá), ayer me tocó uno nuevo con el que no he tenido más remedio que simpatizar…

 

El angelito, vestido de forma impecable y aseado como el que más, se ha pasado cinco paradas de reloj metiendo la misma chapa…

 

“de nueve a once; una bolsa con un bocadillo, una botella de agua y una manzana. Se lo damos; no queremos que nos de nada. Si es usted una persona ‘nesecitada’ claro”

y repetimos

“de nueve a once; una bolsa con un bocadillo, una botella de agua y un yogur. Para las personas con ‘nedesizad’ y una cucharilla, para comerse el yogur. Si es una naranja o un melocotón no hay cucharilla, claro”

y vuelta

“de nueve a once; una bolsa con un bocadillo, una botella de agua y unas natillas. Unas natillas por ejemplo, pero todos los días no. Otros días será un melocotón. Para que nadie pase hambre. Las hermanas se lo dan encantadas. Si es alguien que lo ‘nesecita’, eso sí”

….

“En Atocha, en la calle Huertas. Hoy el primer día. Bueno, hoy ya no. Hoy ya se acabó. Pero mañana otra vez. De nueve a once. Se lo recuerdo”.

 

Y cinco paradas después, ha dado las buenas tardes, las gracias, nos ha recordado todo de nuevo y se ha bajado del vagón saludando con la mano a todo el mundo… Sólo le hemos devuelto el saludo otro chico y yo.

 

Se me encoge el corazón.

Buenos días y mi saludo con la mano a todos.

12.12.2014

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Hoy me apetece robar palabras. Aunque es un asalto con trampa: uno de esos pequeños póster que cuelgan en el metro y que con la consigna ‘Libros a la calle’ pretende incitar a la gente a leer.

 

A mí, personalmente, me parece una iniciativa tan bonita como inútil; creo que los carteles sólo los leemos un chino y yo. El chino no los entiende y lo mío es puro vicio… En serio, lo de incitar a la gente a la lectura es algo que parece que hay que hacer por narices pero que no suele ser muy productivo: el que se acerca a un libro por obligación acaba aborreciéndolo. Mi táctica con mi hermana es mucho más expeditiva: por un lado le cuento el argumento del que me esté leyendo yo como si fuera una peli de Hollywood y por otro le lanzo ironías descarnadas sobre lo limitado de su intelecto por no tener esa afición. Pero por lo que al resto del mundo respecta, mi filosofía se resume en dos palabras: allá ellos.

 

Total, (que me enrollo) que el fragmento que leí el otro día me cautivó y quería compartirlo con vosotros cual décimo premiado. Es la historia de por qué los elefantes no llevan reloj. Y es tan simple y breve como compleja y bonita, posiblemente resultado de mezclar tiempos y trompas o quizá porque todos tenemos algo de elefante: no la gruesa capa de piel que nos envuelve (yo desde luego no), si no su inocencia.

 

Además es viernes, un día estupendo para que se nos despiste el paso del tiempo. Buenos días!

 

LibrosALaCalle_PorQueNosPreguntamosCosas