instinto

10.06.2015

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Me vais a llamar pesada, pero tengo la necesidad desatada de hablar de hormigas otra vez esta mañana. Como este año hay tantas y me he pasado recientemente cuatro días de convivencia con ellas, tengo inquietudes y aventuras nuevas que contar…

Entiendo, por ejemplo, a las que se cuelan por cualquier resquicio de la cocina para llegar hasta el azucarero; puedo llegar incluso a comprender a las que escalan el bote de la sacarina liquida para acabar flotando en ella (son golosas, pero más de cuidar la dieta); y, si me aprietan, hasta puedo ser tolerante con las que merodean la puerta del microondas para zamparse algún resto adherido a él, pero las del baño? En el cuarto de baño qué coño esperan comer?? Joder, que las hay por el suelo y el otro día vi tres rondando un bote de crema… ¿Acaso alimenta el Q10 ese que no sé ni lo que es?

Pero lo que ya me mosquea sobremanera es esa hilera interminable que recorre la cochera o un desván donde lleva meses sin pisar un alma. Ahí que coño pintan? Hay acaso un tesoro escondido en forma de migajas?? Lo digo porque si es así, en una noche de esas que llegas muertita de hambre a casa y no encuentras nada apetecible en la nevera, igual no es mala idea seguirlas, a ver de ahí qué se llevan.

Aunque por dónde ya sí que no paso es por que me muerdan ¡A mí! ¿En qué quedamos? ¿Son depredadoras o carroñeras? ¿Les va el goloseo o el canibalismo? Me desconciertan. Si no tienen dientes… ¿¡con qué coño aprietan!?

El caso es que cada vez tengo más desarrollado el ‘instinto hormicida’ (como muy bien lo bautizó mi querida Mati) y que mis remordimientos se desvanecen en la palabra defensa. Esperemos que no me dé por hacerlo con todo el que me muerda ;

Miércoles (X) Buenos días!

27.03.2015

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Contra las ilusiones ópticas, las palabras falsas y las miradas mudas a veces, los cuerpos… hablan. Se comunican entre ellos mediante un lenguaje ancestral que sólo ellos dominan.

 

Es cierto que esta comunicación no se produce siempre. Se conoce que los cuerpos también estaban en la torre de Babel y no todos tienen el mismo idioma. Algunos no se entienden, no empatizan. Hacen contacto, pero -en realidad- no se tocan.

 

Pero cuando dos cuerpos se tocan y están afinados en un mismo verbo, la comunicación se hace magia. El cerebro desconecta, es innecesario; incluso estorba.

 

Y es la piel la que manda.

El tacto el que habla.

El instinto el que abre el camino.

Las sensaciones las que toman el control.

 

Así, el más mínimo movimiento se hace perceptible, cada latido merece su reflexión y en la propia carne queda una huella que horas más tarde sigue vibrando, como un diapasón.

 

Cuando hablan los cuerpos, callan tanto la razón como el corazón.

 

Es viernes. Hagamos pues el silencio.

Feliz fin de semana y buenos días a todos.

04.03.2015

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Feo está echarse flores, pero la verdad es que tengo unos reflejos increíbles.

Hace muchos años que no me hacen la prueba esa de darte el martillazo en la rodilla, pero yo creo que si me la hicieran mañana le reviento la cabeza al médico de la patada (de lo que se me levantaría la pierna, vaya).

 

No, en serio. Me decía hace tiempo un amigo que era la única persona que conocía capaz de tirar la copa con una mano y recogerla 50 centímetros más abajo con la contraria. Y es verdad! Lo malo es que en esa distancia el líquido se desparrama y atina siempre a caer sobre mi camisa (que de reflejos tampoco está el ron con naranja tan mal)…

 

Pero la principal ventaja que le encuentro es que supone un seguro anti-rotura para el móvil, pues nunca aterriza en el suelo por caída libre vertical si no por chute de diestra en horizontal. Me explico: como sabe todo aquel que haya adquirido conocimientos mínimos de física aplicada viendo de pequeño la Pantera Rosa, si ésta cae en recto de un quinto piso, plof! Mancha rosa en la acera que hay que despegar cual chicle de una suela. Ahora bien, si en la caída va rebotando con el tendedero de un vecino, la antena parabólica de otro y el cartel del supermercado, llega al suelo casi ilesa, quizá tan solo con su culo rosa algo raspado… Pues igualito le pasa al teléfono: que cada vez que se me escurre de las manos le endiño un zapatazo que me toca ir a recogerlo a Chinchón, pero ahí lo tienes, sin huellas del impacto.

 

Al fin y al cabo, es cosa inherente al carácter humano: el instinto reflejo de minimizar daños; o no?

 

Miércoles. Buenos días!!

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Últimamente sueño con sonidos. Con sonidos tan fuertes que consiguen que me despierte. Un día abro un ojo a las cuatro convencida de que el teléfono estaba sonando, otro a las seis porque oía un martillo neumático… Y nada, todo falso.

Como tengo el don de volver a caer redonda a los cinco minutos de haberme despertado, en ese sentido no me preocupa demasiado; lo que me mosquea es la voluntad que parece que le pongo a boicotearme mi propio descanso.

Vamos a ver, hombre!!
Dónde deja eso mis instintos?
Esto no pasa en las pelis, que cuando se despierta la protagonista en mitad de la noche sin saber muy bien por qué, es porque tiene al tío del hacha rondándole el lecho o porque sus biorritmos la están avisando de algún seísmo… Y en mi caso -por suerte- no aparecen ni terremotos ni asesinos dementes.

Se supone que las señales de alarma sirven para avisarte de peligros reales, no para que mi propia mente me gaste la broma del lobo (¡Que viene, que viene!). Y lo peor de todo es que, si me miente mi propia conciencia latente, ya me diréis de quién puedo fiarme!!

Ya me huelo lo que pasa: tengo el reloj interno como el externo. Mirando a Cuenca. Porque el de pulsera está pasando sus días ‘don’t touch’ y con la exactitud no quiere cuentas… Será una tontería de nada, una sincronización desincronizada!!

Jueves. Buenos días!