instituto

21.10.2016

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Le sudaban las manos y, afortunadamente, no se había cruzado con nadie en el pasillo, porque era probable que no le saliera ni la voz del cuerpo. Sus compañeros habían salido en tropel hacía poco rato, compartiendo bromas a gritos y risas entre ellos. Él se había quedado deliberadamente rezagado colocando su mochila para emprender el recorrido hacia el lado contrario. Hacia el fondo del corredor, donde estaban los despachos. No es que fuera camino del cadalso, pero podría parecerlo por la reticencia de sus pasos, impulsados hacia atrás por la vergüenza, la ansiedad y el miedo y hacia adelante por la firme voluntad de tragarse esos sentimientos. Sólo debía llegar hasta la puerta del fondo, golpearla con los nudillos y entregar los 13 folios manuscritos que sonaban a hojarasca entre sus temblorosas manos. Esas pocas hojas que eran más que un cuento, más que un trabajo; eran su venganza y su reivindicación en forma de triunfo. En ellas había volcado, por cuarto año consecutivo, lo mejor que anidaba en su interior… Era una historia de aventuras, de calamidades, de grandes personajes encerrados en un relato pequeño; era una historia de sentimientos, los de ese protagonista que apenas escondía en su elaborada capa de misterio parte de la biografía de su autor: el adolescente tímido y retraído con más vida interior que facilidad para hacer amigos que, un año más -éste el definitivo- presentaba su relato al concurso de escritura creativa del instituto.

*♦*

Dos y media de la tarde del viernes y el tiempo parecía haberse detenido ¡Por el amor de Dios! ¿Es que la dichosa aguja del reloj no encontraba su camino? No es que no le gustara su trabajo; él siempre había sido un profesor vocacional, tan firme como comprensivo con sus alumnos. Pero después de tantos años de profesión, de ver desfilar varias generaciones frente a su chaqueta de pana siempre manchada de tiza, la chispa se había apagado; se notaba algo cansado. No mayor, no deprimido ¡ojo! Sólo algo cansado. Y cuando a su semana laboral le quedaban treinta tristes minutos, éstos se le hacían eternos. Eso era todo. Quizá si se ponía a corregir algunos exámenes el rato se le haría más llevadero… Agarró el primero del montón, se puso de nuevo sus gafas y, bolígrafo rojo en mano, se dispuso a ello. ¡Vaya hombre! ¡Antúnez! Lo reconoció por la letra al primer vistazo. Ese chico era un caso. Aplicado a su manera, en lo suyo; siempre con cara de estar en otro lado, siempre con un libro en el regazo. Más interesado por la fantasía que por sus estudios. No. No era mal chaval, pero tenía un puñetero problema con su letra, casi idéntica a la de un doctor en medicina expidiendo recetas. Total, nada; le tocaría llamarle para que le ayudara a descifrar su exámen. Pero ésta era la última vez. Eso tenía que solucionarlo. Con cuadernillos de caligrafía para parvularios, si era el caso. Que enseñar a hacer la o con un canuto a estas alturas no era su tranajo. En ese instante, unos golpes en la puerta llamaron su atención ¡Adelante!

*♦*

Antúnez entró, carraspeó y dejó su escrito sobre la mesa del profesor.
Si hubiera sido capaz de levantar los ojos del suelo, habría detectado la mirada algo airada en los ojos de éste. Pero el chico parecía tener prisa y, cuando el viejo profesor abrió la boca, se escabulló con un imperceptible “tengo que irme”.
Para cuando salió, el rostro del uno había tornado a furibundo y el del otro a ilusionado… ¡Estaba tan contento! Seguro que este año ganaba el concurso. Seguro que el jurado apreciaba la maestría de su relato…
 
Aunque tuviera tan mala letra.
Aunque le sudaran tanto las manos.