la fórmula de la felicidad

06.02.2015

Posted on Actualizado enn

La Fórmula de la Felicidad. Día 5

Buenos días jefe, aquí tiene el informe. Me dijo que lo necesitaba para el viernes, no? Con este frío no he pisado la calle y he conseguido terminarlo, aunque no sé si servirá de algo.

Como nos temíamos, fue una plaga. Cayeron por cientos, aunque aún no están seguros del porqué. Por lo visto la fórmula sólo servía mientras se mantuviera la ilusión por tenerla pero, en el momento en que aquello se puso a la venta, se corrompió el contenido y en lugar de beber la felicidad perpetua se contagiaron de una decepción amarga.

Se salvaron unos cuantos que se negaron a tomarla: un viejo relojero descreído, alguno que militaba en la propia desgracia y otros pocos que pecaban de auto complacencia (además, claro está, de todos los que no podían pagarla). Al final hasta el científico chiflado ese que lo inventó, cayó. Fue el caso más grave porque añadió la culpa al abultado fajo de sus desgracias.

Yo? No, yo no. Puede secarse esas lágrimas! Ya sabe que mi sueldo no es muy grande y tengo tres niños en casa… Ellos me dan a mí todas las fórmulas que hay en la baraja: las alegrías y los desvelos cada día de la semana.

Le dejo por hoy, jefe. Que disfrute del fin de semana. Los viernes son fabulosos, no cree?
Fabulosos, dice usted?
Sí señor, así es: días buenos para hacer fábulas…

05.02.2015

Posted on Actualizado enn

La Fórmula de la Felicidad. Día 4

Los jueves siempre han sido unos buenos días en mi calendario. Algo así como los previos del fin de semana, lo que le son los cuartos a las campanadas. Aunque también me encantan los viernes y por supuesto los miércoles… No anote nada de eso, agente, que voy a parecer un inconsciente!

Bueno, el caso es que a pesar del ambiente frío, yo estaba de un humor excelente y quería salir a compartir tan habitual acontecimiento, que no soy de los que olvidan disfrutar con algarabía el día a día. ¿A dónde? Pues de bares, ya sabe, esos lugares dónde el que no está alegre es porque no quiere (o porque teme las consecuencias que eso le traiga al día siguiente).

Apenas encontré gente en los sitios de siempre -cosa rara, ya ve usted- pero no me preocupé, que por esos lares no echamos cuentas de las ausencias de nadie, así como ignoramos sus faltas también.

Por lo visto todo el mundo andaba haciendo cola en las farmacias. Todos querían comprar un vial del invento ese, la última panacea, la pura felicidad embotellada. No me dirá que no tiene gracia, pensar que la felicidad puede beberse o siquiera fabricarse. Cualquier abuela les hubiera dicho que la felicidad, como el amor, ni se compra ni se vende.

Pero allá ellos, pensé. Dudoso destino tiene aquel que hace de lo bueno un ejercicio y no una piedra en su camino en la que poder tropezarse. Esto sí, haga el favor, esto anótelo usted.

04.02.2015

Posted on Actualizado enn

La Fórmula de la Felicidad. Día 3

Sí, puede usted apuntarlo. Sé que era miércoles porque son los días que salgo un poco más temprano del trabajo y quedo con mi primo Mario, que vive en la calle de al lado. Él me está ayudando, sabe? Es un buen tipo. Me hace reír; me escucha.

Ese día, sin embargo, casi nos peleamos. La conversación giraba en torno al único tema posible esa semana: la dichosa fórmula. La acababan de patentar y él estaba dispuesto a ser de los primeros en probarla. Me dijo que, de todas formas, en su vida no tenía nada; el amor nunca le había alcanzado a base se saltar deprisa de cama en cama; el trabajo no le apasionaba, era un mercenario que cumplía con su jornada; de salud pichí-pichá; los amigos eran de paso; ninguna afición le llenaba. Y nunca había creído en milagros, pero le parecía absurdo no aprovechar un avance de la ciencia de esa calaña.

Tuve que morderme la lengua casi hasta reventarla. En realidad, siempre había sido yo el de la existencia atormentada; siempre buscando un sueño impreciso, una quimera, el modelo ideal de una vida cuyos contornos apenas se dibujaban. Siempre inconcluso, inquieto, imperfecto… incapaz de encontrar la manera de encontrar la pieza que faltaba en mi propio rompecabezas. Infeliz, vaya. Y, sin embargo, yo no quería tomarla. Si llevaba tantos años buscándola y ahora la ingería en una ampolla, ya fabricada, mi vida no habría valido nada…

Allí le dejé con su decisión y su sonrisa anticipada. Empezaba a refrescar… Le di los buenos días y me fui a casa.

03.02.2015

Posted on Actualizado enn

La Fórmula de la Felicidad. Día 2

 

Fue un martes, señor agente, lo recuerdo. Aún hacía buen tiempo…
Acababan de anunciar en el telediario un gran descubrimiento; por lo visto un equipo de investigadores -de esos que nadie está seguro de lo que andan haciendo- habían encontrado el mayor de los secretos ‘La fórmula de la felicidad, ya es un hecho’ dijeron ellos.
Tampoco pude prestar más atención, se hacía tarde y, a mis años, de esas noticias he aprendido a no fiarme. Ya sabe como les gustan los titulares a los periódicos: hallan la cura al cáncer, la vacuna contra el SIDA, el método para cultivar arroz en terreno yermo… Pero al final del día, la gente sigue muriendo y las grandes esperanzas se diluyen en pequeños misterios.
El caso es que yo tenía faena por delante; limpiar piezas, desmontar un engranaje, calibrar algún péndulo..  no puede uno despistarse cuando regenta un negocio pequeño. Y aunque estén encerrados en un puñado de relojes rotos, los minutos siguen corriendo.
Apagué el televisor, salí a la calle y ya noté algunos cambios. La noticia se estaba extendiendo: algunas miradas y muchos corrillos hablaban de ello… Será verdad? Será posible? Será bueno? Allí los dejé debatiendo. Buenos días, compañeros!

A un relojero, cuando es viejo, no le sobra el tiempo.

02.02.2015

Posted on Actualizado enn

La Fórmula de la Felicidad. Día 1

No, señor agente, tiene que creerme, no es así como sucedieron las cosas…

Yo trabajaba cada día en mi laboratorio, incansablemente, de sol a sol, mezclando distintas sustancias, calculando cada ecuación, corrigiendo las desviaciones… Cada vez que llegaba a un callejón sin salida, comenzaba de nuevo, partiendo de cero sin desalentarme.

Fueron días duros, de sacrificios, de desvelo. El desánimo acechaba cada vez que fallaba un intento, pero la ilusión podía más que el miedo y no dejaba que las sombras oscurecieran nunca el azul del cielo.

Y así, a fuerza de mucho esfuerzo, un día conocí el éxito; había creado aquello que todos deseamos: la fórmula de la felicidad.

Apenas podía creerlo. Aquello cambiaría el mundo, podía verlo. Aún faltaban pruebas y experimentos, claro, pero no cabía duda. Había logrado encerrar en un matraz la meta última de todos los sueños. Con una pizca de esto y otro poco de aquello, se comerían todas las perdices de todos los cuentos.

Habría que buscar como comercializarlo, la forma de que fuera barato, de que pudiera llegar a todos los rincones del mundo…  Era lunes y lucía un sol espléndido. Buenos días!