laberinto

15.01.2015

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Para alguien tan absoluta(y afortunada)mente ajena a la mecánica hospitalaria como yo, mi visita a una amiga ingresada en La Paz se convirtió el otro día en un completo reto; además de en una de esas excursiones urbanas a las que tengo afición.

 

Para empezar por el nombre: ‘La Paz’. Es chungo, no? Suena un poco a descanso eterno, a extrema unción (lo que no me parece conveniente para un centro médico). Y para seguir porque eso es tan grande como un imperio en el que nunca se pone el sol, que diría Felipe II

 

Gracias a las sabias y exhaustivas indicaciones de mi amiga, conseguí entrar al edificio sorteando el complejo sistema de tornos de la entrada, que no es moco de pavo. Lo que ya no se me ocurrió preguntarle era cómo llegaba desde ese acceso escondido hasta su habitación porque pensaba -inocente de mí- que eso sería lo de menos… Evidentemente no. Allí me interné en el auténtico laberinto del minotauro. Interminables pasillos solitarios, misteriosas puertas cerradas, ascensores de acceso restringido y escaleras que sólo subían media planta.

 

Por suerte -y aunque el centro no parece precisamente inmaculado- me rescataron dos trabajadores pertrechados con un mocho que me encaminaron a las rojas puertas de la salvación justo en el instante en que pasaba por mi cabeza un metraje interminable de películas de terror… Si me dicen que por allí anda perdido el avión que nadie encontró, me lo creo: el avión, su tripulación, varios buques despistados del triángulo de las Bermudas y hasta un bigfoot de esos. Cómo sería la cosa que, para salir, tuvo que guiarme un escolta!

 

Y es que la sabiduría popular bien lo dice: si quieres evitar tus males, huye de los hospitales… Jueves. Buenos días!!

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22.07.2014

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Capítulo 2. La solución

Que en el hospital qué tal? Fenomenal. Nada más entrar se interesaron por mi persona: que cómo me llamaba, que cómo me encontraba, que qué me dolía, que cómo coño es posible que no tenga tarjeta sanitaria… Muy amables, la verdad. Y encima me regalaron una pulserita personalizada que me encanta. Es lo más. No me la pienso quitar.

Enseguida me hicieron pasar a un cuartito que llamaban box (aunque era un poco más grande que una caja) donde había otras dos personas que también estaban muy interesadas en lo que me pudiera pasar, así es que se lo volví a contar. Decidieron enviarme a una sala donde me atendieran y llamaron a un señor encantador de barbas blancas y cierto aire a Navidad para que me acompañara ¡Menos mal! Jamás hubiera llegado sola; me introdujo en lo más hondo del laberinto. Cuando el hijo de Papá Noel me dijo que luego no podría irme a buscar casi me desmayo, pero me las apañé para dejar -con disimulo- un rastro de miguitas de pan (del que me había sobrado de las técnicas de extracción caseras de la noche anterior).

El caso es que tras un breve ratito de espera -viendo pasar montones de personas que darían para contar meses de historias- me atendió una joven médico residente muy simpática que me acomodó en un sillón estilo dentista, me preguntó una vez más qué me había pasado (por si cambiaba mi versión de la historia, supongo) y procedió al examen visual de mi garganta trasera por el sutil método de tirarme fuertemente de la lengua.

En ese preciso instante caí en que haber sacado mi cepillo de dientes del bolso no había sido una buena idea y que era una pena que mi paisaje bucal probablemente contuviera restos del melocotón que me había zampado a media mañana ¡ODM! (En inglés OMG! que se entiende mucho mejor) y allí todos mirando…

Mirando que ya es martes y no acabo con esto!! Mañana el desenlace. Lo prometo. Buenos días!

Pulserita hospital

29.04.2014

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La verdad es que el dichoso IKEA da tanto para hablar que podría hacer un monográfico anual sin demasiada dificultad; como el tipo ese que tuvo la idea (¡genial!) de dibujarle a su novia  un pene distinto al día durante 365 días…  El caso es que el sábado pasado, que aterricé allí por casualidad, con la lista clara en mi cabeza de lo que tenía que comprar, tuve que reconocer que la idea que me habían contado para hacer un videojuego: “Salir de IKEA, la aventura” no era tan descabellada.

Pero no es sólo la dificultad que entraña atravesar 25 salones completos, 10 baños, 30 dormitorios y toda la gama de utillaje del hogar para comprar una puñetera barra de cortina, si no que cuando ya ves de nuevo la luz del día y te confías, el parking resulta ser otra trampa mortal.

Para empezar porque te mueven el coche mientras estás dentro -que era algo que hace tiempo sospechaba pero que ahora he podido comprobar-. A Dios pongo por testigo (una vez más), que conté las calles para no volver a sufrir el clásico infarto de centro comercial (“¡Me han robado el coche!”); y, aún así, al salir, mi coche estaba una calle más allá ¡!

Y para rematar la faena, porque si sigues las flechas que indican ‘salida’, no sales del aparcamiento jamás. Están colocadas de modo estratégico para volverte a llevar siempre a la entrada, por si te cansas o te entra hambre, o sueño, o ganas de gastar y decides que lo mejor es aparcar y disfrutar de los 25 salones, 10 baños y 30 camas que tan amablemente te dejan usar.

Total que, o tienes una voluntad de hierro o allí te quedas per secula, que cuando los suecos se empeñan, no hay quien les gane en hospitalidad… Martes, hoy lo tenemos en oferta: God morgon!!