libro

07.03.2016

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El cielo se llena algunas veces de nubes de tormenta. No descargan lluvia porque tú no las dejas, pero ensombrecen un panorama que habitualmente te parece hermoso.

 

En esas ocasiones te gustaría tener un dispersador de vientos gigante, una especie de tubo hueco y largo al que -aplicándole el grito ese que se te enreda esos días en los pulmones- dejara claro y soleado el horizonte.

 

Pero no lo tienes. Y entonces te paras a pensar que, quizás, si en alguna bifurcación del camino que no viste hubieras tirado por un sendero diferente, hoy el paisaje sería otro muy distinto también. Pero para tomar esa ruta te haría falta una maquina del tiempo. Un artilugio con el que ir del siglo XV al XXIII fuera como plantarte en Cuenca a la hora de comer. Y aunque nadie confirma ni desmiente su existencia, el caso es que tú no la tienes.

 

Así es que la solución podría ser que tu vida estuviera escrita en un libro de los de “elige tu propia aventura” que pudieras leer con trampas: volviendo al punto de partida cuando no te convence por dónde va. Pero eso tampoco puede ser. Ni maquinas del tiempo ni libro al que engañar.

 

 

Miras tus bolsillos y encuentras lo de Manolo García: arena. ¿Y qué se puede hacer con eso? Una senda. Piensas que lo único que puedes hacer es caminar. Y andar, al fin y al cabo, sólo consiste en echar un pie delante dejando el otro detrás. Un paso, otro y otro más. Y aunque al hacerlo nada cambia, te engatusa la sensación de avanzar. Que no es lo mismo ver los nubarrones en el horizonte que encarar a frente alta las tormentas que vengan.

 

Es lunes. Y parece que se pone soleado al final. Buenos días!

23.04.2014

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Mira que Suárez me caía bien y que García Márquez siempre ha estado entre mis autores favoritos (leer Cien Años de Soledad con 15 ó 16 años me cambió la vida), pero confieso que a ambos -tras su fallecimiento- los he acabado aborreciendo. Y no por ellos, que nada me han hecho, si no por la parafernalia que ha rodeado sus entierros.

¡Manda narices! ¡Que no se puede tirar uno 10 días para enterrar a un muerto, hombre! Y no sólo ya por dar cumplimiento a la normativa higiénico-sanitaria vigente, si no porque mientras siguen de cuerpo presente, se consiente y auspicia el peloteo mediático extremo que rodea estas muertes. Que mira que tiene la gente la lágrima fácil para difuntos que no conoce, parece que nos rodeara un ejército de plañideras impenitentes ¡!

Pero no son siquiera estas demostraciones públicas de duelo lo que me causa el mayor sonrojo ajeno. Lo que acaba por avergonzarme es la exaltación pública, notoria y continuada que se hace del personaje en los medios, que llega a límites extremos. Cierto es que esto ha pasado de alguna manera siempre -la automática beatificación de la persona en el momento que expira su último aliento- pero, cuando se mete la tele de por medio, orquesta un espectáculo que raya el esperpento: que si ‘Gabo’, que si flores amarillas, que si mariposas… ¡Horteras! Me juego el cuello a que la mitad de ellos ni siquiera saben quién es Mauricio Babilonia…

Es más, no os voy a felicitar el Día Internacional de hoy, que los que venden los libros están en el ajo y se están relamiendo de lo bien que van a vender a tan ilustre y colorido muerto. Corramos ese estúpido velo, no sea que también a los libros los acabemos aborreciendo. Nosotros a lo nuestro: Feliz X. Buenos días.

31.03.2014

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Podría escribirte un libro, se titularía ‘ Las cosas que nunca hicimos’ y sería un gran volumen, plagado de historias veladas, de las anécdotas de una vida: deseos, planes, fantasías.

Ilusiones, no mentiras.

Un futuro expresado a borbotones tras unos ojos llenos de chispas.

La capacidad de quererse compartir en un mañana, aún sabiendo que ese día no llegará nunca…

 

Nunca abrimos ese bar para treintañeros, ni tampoco el club de alterne.

Nunca vemos esa peli juntos, nunca dejamos de usar esa excusa.

Nunca hicimos esa escapada lejos.

Nunca llevaste a mis hijos al cine.

Nunca me has preparado unos espaguetis en domingo.

Nunca nos tocamos. No. Nunca.

Nunca saldamos aquella apuesta.

Nunca patentamos aquel invento.

Nunca tiramos esos dados.

Nunca fui tu camarera pelirroja de largas trenzas.

Nunca encontramos el momento para ese café. Porque no me llamaste, porque no te llamé.

Nunca nos dimos ese beso que tuvimos tantas veces en los labios.

Nunca te dije lo que quería. Nunca lo supe. Nunca le puse palabras.

 

Si tuviera que escribir ese libro, no sabría a quien dirigirlo. Tendría una lista de dedicatorias tan larga como la lista de contenidos: vosotros, tú, tú, tú, otra vez tú… Nosotros? Nunca.

Lunes de principio y fin, de semana y de mes. Y cumpleaños de la Torre Eiffel; allí donde nunca volví. Buenos días…

17.03.2014

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El mundo se divide -en lo que a ir al WC se refiere- en dos grandes categorías: los que van, hacen lo suyo y se largan (son el género ‘ni caliento la tapa’) y los que van, se sientan, se leen el Quijote, escriben su testamento y, cuando alguien llama insistentemente a la puerta, se tienen que ir sin haber hecho nada (son el género ‘YO soy la tapa’). Personalmente, me encuadro en un subgrupo extremista de estos últimos porque, como no tengo quien me llame a la puerta, me quedo sentada en el trono como si me creyera una reina hasta que empiezo a notar calambres en las piernas…

Por supuesto, los que echamos el rato en la taza del váter no nos dedicamos a contar las baldosas del suelo (aunque podemos hacerlo en caso de necesidad), si no que gustamos de invertir el tiempo en nuestras ociosas labores. Antaño lo suyo era llevarte el libro que estuvieras leyendo, porque las instrucciones del champú ya te las tenías muy vistas. Hoy por hoy, ninguno entramos al excusado sin nuestro móvil -que no hay sitio mejor para jugar al Candy Crush- excepto cuando estás sin batería… Ahí es donde entra el sistema que he ideado en mi casa y que creo que voy a patentar: se trata de una libreta estándar de las que llevan bolígrafo incorporado, adherida a la pared mediante un ingenioso sistema conocido como ‘velcro de pegar’ que permite usar la libreta y volverla a colocar, asegurándote un entretenimiento sin pilas siempre a tu disposición!!

¿Qué os parece? Quizá el invento no esté a la altura de la fregona, pero todo es empezar…y empezamos una semana más. San Patricio. Verdes y buenos días!!

El invento

28.06.2013

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No es que me considere un dechado de virtudes, (que tengo una por cada mil defectos, como dice la canción), pero siempre he tenido algunos dones que me venían muy bien y a los que estoy acostumbrada; por ejemplo, los mosquitos. No me pican. Aunque los haya a millares, siempre prefieren la sangre de quien tengo al lado, la mía debe amargar -aunque cuando la he probado tras algún corte en la mano, me sabe rica-. Bueno, pues este año me habrán mejorado leucocitos y plaquetas porque me han picado nueve ¡Nueve! Debió ser hace dos semanas, aprovechando que me estaba echando la siesta en un pantano, debajo de un pino… pero es que aún las tengo en vigor; es más, como no tengo costumbre de aguantar las ganas de rascar, lo que eran nueve picotazos sencillos, ahora se han convertido en nueve pelotas de ping pong repartidas por mis brazos y piernas. Y no me hace ni pizca de gracia ¡¡!!

Pero no es lo único que ha cambiado a peor últimamente. Tengo la sospecha de que he perdido otro de mis dones: los huevos. Mi madre los cuece con todo el cuidado del mundo, vigilando la temperatura y aún así se le rompen. Pero a mí no. Yo los metía de la nevera al agua caliente sin contemplaciones y no se me rompían jamás… hasta ayer. Qué es esto? Qué va a ser lo siguiente? No abrir un libro exactamente por la página que busco? Que no me toque siempre la puerta del vagón enfrente? Por favor, decidme que las hadas madrinas tienen libro de reclamaciones!!

28 de junio y viernes orgulloso. Que vuestros dones no os abandonen. Buen fin de semana y buenos días…

04.02.2013

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Recuerdo un libro que teníamos en casa siendo yo pequeña y que solía mirar eclipsadita. Era de esos grandes que regala(ba)n los bancos ‘Maravillas de la Naturaleza Violenta’ se titulaba. Texto tenía poco, pero aparecían unas fotos espectaculares a dos páginas de lo más granado de los desastres naturales: de tornados a tifones pasando por volcanes en erupción y terremotos. Precisamente la foto de un terremoto en no recuerdo qué pueblo norteamericano era mi preferida; la qué más me fascinaba y más me aterraba a la vez. Mostraba cómo, en el medio del pueblo (y de la foto), se había abierto una grieta gigantesca por la que se despeñaban casas enteras. No sé porqué morboso motivo no podía dejar de mirarlo; creo que le pregunté mil veces a mi madre si eso podía pasar en España… Y por lo visto en España no, pero sí sucedió en Ecuador un 4 de febrero de 1797, cuando un terremoto de 8,2º se tragó literalmente la Villa del Villar Don Pardo (hoy Riobamba), se desplomaron varios cerros aledaños y modificó la geografía de la región. Espeluznante.

Ya soy adulta, ya no me desazona tanto aquella fotografía; y quizá he perdido un valioso instinto primario porque, aunque no habite en una zona sísmicamente inestable, lo cierto es que a veces la tierra se abre bajo nuestros pies, a veces incluso se traga cosas, a veces se traga mucho más que unas pequeñas casas o alguna ciudad y no hay dintel bajo el que guarecerse ante eso. Así es que mucho cuidado con los “¡Tierra trágame!”, mejor echar a volar ante el menor temblor.

Lunes y San Rábano. Por supuesto, buenos días…