madera

23.06.2014

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Nunca he entendido muy bien a la gente que siente pavor por las cucarachas, las arañas o las ratas. Cierto es que no son bichos que pequen de agradables, yo tampoco los tendría como mascota, pero mientras en su devenir vital no acaben -casualmente- paseándose por mi cuerpo, no me ofenden; las arañas incluso me parecen interesantes (obsérvese lo que una de ellas -mutante- le hizo a Peter Parker).

El caso es que ese gesto tan femenino de proferir un grito y subirse al respaldo de una silla cual artista circense, siempre me ha sido ajeno. Tiendo a considerar que si el bicho es más pequeño que yo -como es el caso- tengo todas las de ganar; otra cosa sería que quien apareciera sorpresivamente en el salón fuera un toro o un león, a los que un pisotón mío no pueda apabullarles… ahí ya veo más probable lo de gritar como una posesa y encaramarme al mueble más cercano, dando entonces la oportunidad al varón más próximo de demostrar por qué él cazaba mamuts mientras yo recolectaba semillas… pero, de momento, no se me ha planteado nunca esta circunstancia.

A lo que sí he tenido que enfrentarme en varias ocasiones es al único animal de tamaño reducido que me produce pesadillas: la carcoma. Esa larva inmunda que devora la madera y deja a los histéricos sin silla a la que trepar. Ver los agujeros que hace en los muebles me pone tan enferma como ver los que hace en la ropa el otro insecto de mi bestiario particular: la polilla. Estos devoradores de cosas que me pertenecen sí que me hacen gritar y no veo cazadores de mamut cerca que me intenten salvar de esas minucias ¡!

Otra semana que empieza en lunes… Alguien quiere gritar? Buenos días!!

12.06.2014

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Es tradición pública, notoria y reconocida en mi familia que, a poco que comienza la temporada estival, comienza la producción e ingesta masiva de sopas frías de tomate; bien en la más popular forma de gazpacho, bien en forma de porra antequerana (lo que la mayoría conocéis como salmorejo). Igual me da; los dos me encantan y constituyen el primer plato perfecto de todas mis comidas veraniegas.

El primero del año siempre me sabe a campanada de salida de lo mejor de esta temporada: a terraceo, a mar, a amigos, a días largos, atardeceres lentos, a viajes, a poca ropa, a deseo. El primero de este año, en concreto, me ha sabido a todo eso y, además… a madera. A madera sí; cual si fuera un Rioja criado en barrica de roble. No. No es una metáfora ni que hayamos patentado un nuevo sistema de maceración del tomate… Ha sido cortesía de mi madre (el hada que, cuando aparece, rellena los tupper), que le ha añadido a la porra un ingrediente secreto: cuchara. Tuvo la peregrina idea de meterla en el thermomix mientras estaba funcionando (a saber con qué propósito, porque si era para removerlo digo yo que las cuchillas a toda leche ya harán algo); de tal forma que de la cuchara de palo que entró, sólo el palo salió. Y qué queréis que os diga, mezcladas con el tomate, el ajo y el sabor a sol, las astillas no están tan mal.

Lo malo del cuento es la moraleja refranera: madera que no mata.. ¿flota? Pues eso, otro verano flotando. Jueves. Buenos días!