Meg Ryan

23.10.2015

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Claro que podría habértelo dicho, hacerte partícipe de mis anhelos. Pero hay sueños que no se cuentan, deseos que se quedan dentro. Y no es una cuestión de miedo; es que cuando una sufre un episodio de fiebre romántica, es mejor padecerlo en silencio, como esa afección del ano que los anuncios llaman hemorroides e insisten en que no contemos.

Y, sin embargo, me duermo algunas noches mientras voy caminando hacia tu encuentro. Sin violines ni cámara lenta, que no es cuestión de que parezca una película de Meg Ryan cuando ponía ojillos tiernos.

Hemos quedado, por ejemplo, en el kilómetro cero; porque a mí me pilla al pelo y por puro gusto a las alegorías y a los gestos.

Tú ya estás esperando cuando yo llego. Y te quedas quieto. Muy quieto. Invitándome a recortar los centímetros que aún dominan nuestro destierro.

Nos miramos. Nos estamos viendo con unos ojos nuevos. Ha pasado mucho tiempo.

Y estamos distintos, por supuesto. Somos los mismos, pero con unos nervios que no conocemos. La ilusión inocente de encontrarnos, contradiciendo la madurez que nos suponemos.

Ahora toca hablar; llegó el momento de introducir el diálogo. Y dudo entre un saludo que no deje lugar a dudas o uno más templado; que me permita hablar y dejar la ropa a salvo.

Pero al final no es necesario. Nos abrazamos… Travelling circular. Picado. Y fundido a negro.
………..

Al final no he tenido que decirte que esto ya lo he soñado. Que estos ataques melodramáticos que me dan sarpullidos los sufro en silencio, como la almorrana que por suerte no tengo, como si te cantara baladas de Silvio. Como un deseo que jamás se confiesa; que es mejor guardarlo para los ratos de desvelo.

Aunque la ropa, al final, la he perdido. Me temo.
Viernes. Buenos días. Felices sueños.