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01.10.2014

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Al hojear el otro día el catálogo de un hipermercado -de esos modelo enciclopedia que sacan ahora para el otoño- me di cuenta, de repente, de que mis hermanas han crecido: tuve que saltarme íntegra la sección de juguetes infantiles, porque ya no tengo excusa para mirarlos. Ya no les interesan en absoluto ni la muñeca Bratz de turno (que a decir verdad, nunca les ha hecho mucho tilín) ni el ‘Crea tus propios tapetes de macramé Feber’ (que tampoco). Ahora intentan quitarse a garrotazos el olor a pañal y el mayor de sus entretenimientos es jugar a ser mayores, con todos sus complementos: maquillaje, ropa sin lazos, teléfono móvil, cámara de fotos y ese aire de inconformismo perpetuo que se gastan.

 

Ahora el juego es wasapearse tonterías con el chavalito de turno mientras se arrastran de la cama al sofá y regalan sus primeros besos, sus primeras lágrimas y algún que otro desvelo. Lo cierto es que lo segundo y lo tercero todos lo hemos hecho; la diferencia radical estriba en lo primero: los que vivimos la preadolescencia antes de que Dios le diera un vuelco a las telecomunicaciones no podíamos tontear con el muchacho de turno desde la comodidad de nuestra casa. Nos tocaba desplegar nuestros encantos en el cara a cara, con toda la vergüenza que ello podía acarrear. Los de ahora, se dicen de todo por vía telemática y, cuando se ven, no tienen nada nuevo que contar, por lo que no les queda otra que ‘enrollarse’ para no dar por perdida la tarde…

 

A riesgo de sonar a lo que no soy: ni mojigata ni anticuada, lo nuestro me gustaba más. Enfrentar las cosas a la cara y no tras el chaleco antibalas de una pantalla me parece una lección de vida fundamental (además de mucho más natural); ese mercadeo de afectos tan evidente en el que la foto de perfil es la pieza de carne expuesta me horroriza, pero veo difícil la vuelta atrás. Esperemos que lo superen al madurar…

 

Miércoles y Día de los Mayores; de los Viejos, vaya; de los que han madurado ya. Buenos días!!

03.04.2013

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Un buen día como hoy en 1860, un tipo se subió a un caballo con 55 cartas y 3 telegramas con el compromiso de que 10 días después habrían llegado a la otra puñetera punta del país: al wild west. Había nacido el Pony Express.

Demostró que la ruta central del Atlántico al Pacífico era viable, aunque no rentable… Después de construir 190 estaciones, a 16 Km. una de otra -aproximadamente la distancia que podía recorrer un caballo a galope- comprar 500 caballos y contratar 50 jinetes (que no podían pesar más de 56 Kg., pues debían llevar una saca de 75kg) no lograron un contrato con el gobierno, lo que les llevó al cierre del proyecto año y medio después. Hasta ahí su historia; de ahí en adelante, a engordar la épica del lejano oeste.

Lo cierto es que no sé cuál era el coste de enviar un mensaje por el Pony Express, de lo que estoy segura es de su valor. Hoy, que nos cabreamos porque nos quieran cobrar el Whatsapp y que somos capaces de darle 500 veces diarias a ‘enviar’ sin decir nada… Qué diríamos en unas letras que fueran a recorrer más de 3.000 Km. de polvo, sangre y sudor?

Por cierto, yo no he usado hoy el servicio urgente y los buenos días se me han ido a buenas noches… Queda poco miércoles; que lo descanséis bien!!