movimiento

07.10.2015

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Probablemente, si viviera en Tarifa o en Lanzarote no pensaría lo mismo pero, desde un Madrid dónde viene de tiempo en tiempo, me gusta el viento.

 

Bien es verdad que te deja los pelos cual niña del Exorcista y que te obliga a llevar gafas porque los ojos se llenan de arena y otras sustancias sin clasificar, pero siempre me ha dado la impresión de que te hincha el espíritu además de la falda y que abre un camino por el que la mente tiende a volar. Y a la mía con cualquier pequeña excusa le basta, quizá porque…

 

Lo mío son las rachas de viento que te levantan el vuelo de la falda y una sonrisa. Los trenes que se deslizan entre los pensamientos líquidos de la noche. El plasma de luces blancas y rojas que transportan el monóxido de carbono al asfalto. Lo mío es dejar ir la vista por ese río.

 

Los atardeceres templados. Los últimos rayos de sol que arrancan reflejos dorados. Una mañana de primavera en el campo; una tarde de otoño paseando.

 

Y perderme en ritmos que retumban allá lejos, que viajan hasta mi estomago según entran por las orejas. Y hacer una historia con palabras que vuelan; cargada siempre de un cazamariposas para recogerlas.

 

Lo mío siempre ha sido disfrutar con la vista, con el oído, con el tacto… con todos los sentidos. A veces incluso con los sinsentidos. Porque parte de lo que me rodea son engranajes que no acaban de ajustarse. Piezas de una mecánica disonante; que cumplen a pesar de ello su misión en esa función que es vivir; vivir de esta manera.

 

La noche y el día. El pensamiento y la acción. El dulce y la sal. Volar y nadar. La guerra y la paz. Pasar corriendo y sentarse a observar. Lo mío, que me lío, siempre han sido los contrastes. Y con eso me voy a quedar.

 

Para el viento, vuelve el sol. El sol también me gusta. Buenos días!

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24.06.2015

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El hombre era nómada.

 

Antes. Al principio. Cuando la historia aún no existía porque no se escribía.

 

Nuestra especie nació haciendo suyo el poema de Machado y al andar no sólo hicieron caminos si no calzadas, carreteras y autovías que les acabaron llevando hasta el hogar.

 

Pero por más que uno firme una hipoteca y saque cada mañana su calcetín del mismo cajón, algo del gen errante de nuestros antepasados anida en cada paso que damos.

 

Somos nómadas de un destino que acaba por ser siempre incierto, que está en constante movimiento. Nómadas en nuestras relaciones, que fluctúan, que se desplazan con las mareas y que unas veces te acercan hasta rozarte y otras te alejan. Nómadas en nuestra profesión, donde hoy es un suicidio quedarte anclado. Somos perpetuos viajeros en fines de semana y fiestas de no guardar nada, vagabundos en nuestra ciudad buscando el mejor rincón para quedar, titiriteros del último grito, saltimbanquis de las modas. Y si no somos nómadas de conciencia es porque ejercemos el principio de coherencia.

 

Somos nómadas hasta en la cama. Recorriendo caminos que no aparecen el las sábanas. Haciendo kilómetros en estática, cuando el movimiento busca un destino en la química y no en el mapa. Muchos somos nómadas de la espalda a la que quedar pegada, o de la mano que por ella sube y baja…

 

Es cierto que dejamos los caminos para criar animales de granja, pero hoy no hay nadie sedentario; excepto, quizás, esas vacas.

 

Miércoles. Ojalá nuestros caminos de nómadas encuentren la manera de cruzarse, aunque sea en ‘los bajos fondos de la inmensidad’. Buenos días!

27.11.2014

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Por fin he decidido a qué quiero dedicarme.

 

En realidad no ha sido una decisión consciente, si no un descubrimiento sorprendente: me he dado cuenta de que, cada vez que cierro los ojos y tengo música puesta aparece en mi mente una especie de vídeo musical colorista con bailarines que ejecutan pasos casi imposibles pero con un resultado de lo más vistoso. Ergo, debería ser coreógrafa.

 

Sí. Eso creo. Así daría rienda suelta a esa simetría asimétrica que siempre me bulle en la cabeza. Y tendría, además, la excusa perfecta para ir mirando caleidoscopios como quien consulta enciclopedias.

 

Porque siempre he creído que el ritmo forma parte intrínseca de la misma esencia del ser humano; puede que sea incluso esa característica que nos diferencia (o al menos una de ellas). Somos animales que escriben, que razonan, que se cuestionan a sí mismos, que practican el sexo por puro placer y los únicos que bailan!

 

Y como creo que bióloga no seré, seguiré soñando con bailarines circenses para desmarcarme del chimpancé que puedo llegar a ser (especialmente los jueves)!

Buenos días!!

18.10.2013

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Desconozco si hay algún estudio (de esos subvencionados con el dinero que nos sobra) sobre el tema pero yo lo tengo claro: la generación espontánea de buenas ideas está directamente relacionada con la circulación sanguínea de las extremidades inferiores. A que sí?!?

La demostración empírica es evidente: estoy sentada en la mesa de la oficina con un problema que parece irresoluble entre manos, me levanto para ir al baño o hacerme el café y ¡chas! llega la inspiración; esa idea que lo arregla todo pero que cuando estaba sentada en mi sitio no veía. Luego está claro: en posición sedente la sangre no me circula libremente por las piernas, de tal manera que me riega el cerebro con la misma intensidad y, por tanto, no pienso con claridad! Además creo que, en general, la mente trabaja mejor cuando el cuerpo se mueve. Quizá porque aumenta el desfile de estímulos visuales (lo que también explicaría el efecto enriquecedor de las ventanillas de los trenes) o por lo de antes: la corriente sanguínea se hace más veloz; no lo se, pero sucede. Al menos a mí…

Y a los canadienses también les pasa; les pasó, de hecho, un 18 de octubre de 1929 cuando una ley declaró que las mujeres son personas ¡! Wau. Clarísima muestra de idea brillante, desde luego. A ver cuantas nos trae el fin de semana. Viernes santo y bendito. Buenos días!!