muralla

10.03.2015

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Según la paradoja de Fermi, si hay tantas civilizaciones en el universo, tanta vida inteligente en la galaxia, es contradictorio que no se comuniquen con nosotros.

 

Esto lo formuló el tal Fermi -a la sazón científico nuclear- mientras charlaba en el comedor con unos colegas con la muy elaborada y sintética sintaxis: ¿dónde están?

 

El gran silencio.

 

Y para explicar el gran silencio hay un río de teorías con mayor o menor rigor científico que van desde la inexistencia de extraterrestres hasta un complot interestelar para no decirnos ni mu.

 

Pero ninguna acierta.

 

El gran silencio está, en realidad, en nuestro planeta. Yo lo he visto.

 

El gran silencio es tener a una persona delante, hablar, y aún así no comunicarte.

 

El gran silencio está lleno de palabras que se hacen serpiente: se retuercen, envenenan y resbalan.

 

Es a la vez un escudo y una bala. Un proyectil que desgarra la propia carne y la carne ajena. Una perturbación en la dimensión del universo que crea vidas paralelas. Distorsiona la historia y arrasa con las certezas.

 

El gran silencio es un adversario taimado -todo humo, soledad y cervezas- que paraliza los músculos del cariño y deja los cuerpos rígidos, incapaces de buscarse para romper su barrera. Es un dardo en la lengua, que le amputa a ésta su parte buena.

 

El gran silencio trae los gritos y la guerra. En un bar con poca gente o en una plaza semi desierta. Comparte sustancia con las penas: que no matan, pero ayudan a no dormir…

 

Lo que ni el señor Fermi ni yo sabemos es si tiene escapatoria su paradoja. Si hay una puerta trasera que nos evite tanta batalla queda. Si existe la palabra mágica que anule tanta ausencia. Si ponerle un nombre, todas estas letras y dejarlo a la deriva en una botella es conjuro para que la comunicación vuelva.

 

Si el gran silencio tiene cura y si vamos a buscarla siquiera. Buenos días.

28.02.2014

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Es muy fácil presumir de fortaleza cuando una está sana. Cómo afortunadamente ese es mi estado habitual, si me dicen que tengo que bajar un piano de cola desde un quinto piso, se me llena la boca diciendo que me lo cargo a la espalda y carretera y manta. Pero qué razón tienen nuestros mayores cuando dicen que ‘la salud es lo principal’. Te falla y toda tu chulería se queda en nada. A poco que te duela cualquier cosita pasas de toro bravo a res mansa en menos de lo que tardas en decir ¡Ay!

Pero ya no hablo sólo de que el lumbago con que me levanté ayer me disuadiera de realizar hazañas físicas que impliquen bruscos movimientos de espalda, es que además me deja con la consistencia espiritual de un flan y la resistencia moral de una pierna de lechal bien horneada: tiernita y temblona, vaya.

Lo malo es que en este estado de blandura -bien regado de antiinflamatorios y pomadas- dejas abiertos los flancos y se te derrumban las murallas; porque para sanar la medicina tradicional ayuda, pero no basta: necesitas quejarte como refuerzo muscular y mimos que restauren el equilibrio del alma ¿Alguien sabe si eso lo venden acaso en las farmacias?

Viernes de carnaval… se me está ocurriendo un gran disfraz: de mantita eléctrica en zona lumbar! Buenos días. Buen fin de semana…