naturaleza

17.07.2014

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Ayer mientras hacía pis me dio por pensar que la belleza de las cosas tiene una parte intrínseca, inherente al objeto (llamémosla naturaleza, N), y otra extrínseca que le confiere el contexto y que es tanto o más importante que la primera (la llamaremos oportunidad, P).

De esta manera, la apreciación de una cosa (A), viene dada en función de ambas tal que:

A = (0,4N) + (0,6P)

Si otorgamos a N y P valores entre 1 y 10 por orden positivo ascendente y consideramos el sistema de evaluación de un maestro de toda la vida, veremos que hasta un huevo de Fabergé, puede suspender…

 

Me explico. Un zapato de tacón puede ser muy bonito, el más bonito del mundo incluso (N=10), pero resulta espantoso si te lo calzas con un chándal, no? (P=0)

Por lo que A = (0,4*10) + (0,6*0) = 4 –> Suspenso!

 

Pues en eso andaba pensando yo en el retrete de un bar al darme cuenta de que no había tapa del wc, ni papel higiénico, pero había una preciosa columna de hierro forjado frente al estrecho habitáculo habilitado para mear… Extrínsecamente incoherente, me decía a mí misma  mientras recordaba que no había llevado clinex y no sabía dónde me iba a limpiar. La N del papel es 0 por inexistente y la P de la columna también… Estos baños seguro que suspenden!!

 

Pues así pasa con tantas cosas. A veces queremos coleccionar objetos hermosos que no encajan en nuestra vida: esa chaqueta, aquel cuadro, alguna mirada, un sueño, el despertar de una mañana… Sin pensar que incumplen el requisito de la oportunidad; si no encajan en nuestro contexto, al final no pueden aprobar…

 

Jueves con contexto por determinar. Buenos días!!

30.05.2014

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Da igual cuantas veces nos pongan delante la misma puñetera piedra; siempre podemos volver a caer. El escarmiento es, por lo visto, flor de un solo día: se marchita en cuanto se enfría.

Y nosotros -muy ofendidos porque de tanto tropezón nos duele el pie- volcamos nuestra ira contra la piedra, como si ella pudiera elegir su manera de ser… ¡Noooo! La piedra, piedra es. No es inteligente, carece de empatía y probablemente no conoce la mala fe. Se cree compleja pero no llega ni a simple: es su naturaleza rocosa quien la empuja a hacernos caer. Culpa nuestra es confiar en ella y no levantar más el pie.

Esquívala, me dicen algunas… pues podría ser. Pero yo no sé andar con miedo a errar y, si no me implico con mis baches, ¿con cuál?

Puntera de acero en las botas, me recomiendan otras… podría ser también. Pero ¡que pena! la vida de un canto rodado no debe ser buena.

Al final, el golpe se lo lleva tanto la piedra como quien se lo da. Y es el tiempo el que tiene fama de poner a cada uno en su lugar: erosiona la roca, la reduce a polvo, le lima las aristas… y a nosotras nos hace más listas.

Y así, entre chinitas y pedruscos, la vida va pasando. Quién sabe si en ese sendero, una misma no acabará rodando… Viernes. Espero que esta mañana encontréis despejado el camino del fin de semana. Buenos días!!

21.04.2014

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Si te vas de vacaciones con todas las ganas del mundo (y un sol espléndido de justicia y calor) y regresas con tristeza (y llueve y la temperatura ha caído 15º) ¿No es motivo para pensar que la naturaleza se ha vuelto empática? Francamente, creo que es demasiada casualidad. Como si la suma de la ilusión de todos hubiese logrado un verano y la suma de las penas arrancase lágrimas a las nubes y helara el ambiente.

Aunque llamar a la Semana Santa vacaciones me parece un tanto grandilocuente. Es más, llamarla “semana” ya es llamarla de más porque para muchos, los festivos sólo son jueves y viernes (lo que en otras fechas se conoce como “un puente”). Y para colmo, no cunde. Siempre confío en que me dará tiempo a todo: a campo, a copas, a confesiones. Pero acabo atrapada en una especie de bucle que año tras año se repite: lo que hago está bien, pero no me sabe a suficiente…

Me escuece irme con la nariz inundada del olor a tierra mojada, dejando abierta la jara. Se me enredan en los pies los pasos que no he dado por esa dehesa que es un orgullo para la primavera. Y emprendo una vez mas -sin querer- el camino de vuelta, con la pena del que sabe que deja una parte del corazón en una tierra que ahora es verde… Y resulta que llueve.

Lunes (que podría ser de aguas).  Buena vuelta. Buenos días, si procede.

04.02.2013

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Recuerdo un libro que teníamos en casa siendo yo pequeña y que solía mirar eclipsadita. Era de esos grandes que regala(ba)n los bancos ‘Maravillas de la Naturaleza Violenta’ se titulaba. Texto tenía poco, pero aparecían unas fotos espectaculares a dos páginas de lo más granado de los desastres naturales: de tornados a tifones pasando por volcanes en erupción y terremotos. Precisamente la foto de un terremoto en no recuerdo qué pueblo norteamericano era mi preferida; la qué más me fascinaba y más me aterraba a la vez. Mostraba cómo, en el medio del pueblo (y de la foto), se había abierto una grieta gigantesca por la que se despeñaban casas enteras. No sé porqué morboso motivo no podía dejar de mirarlo; creo que le pregunté mil veces a mi madre si eso podía pasar en España… Y por lo visto en España no, pero sí sucedió en Ecuador un 4 de febrero de 1797, cuando un terremoto de 8,2º se tragó literalmente la Villa del Villar Don Pardo (hoy Riobamba), se desplomaron varios cerros aledaños y modificó la geografía de la región. Espeluznante.

Ya soy adulta, ya no me desazona tanto aquella fotografía; y quizá he perdido un valioso instinto primario porque, aunque no habite en una zona sísmicamente inestable, lo cierto es que a veces la tierra se abre bajo nuestros pies, a veces incluso se traga cosas, a veces se traga mucho más que unas pequeñas casas o alguna ciudad y no hay dintel bajo el que guarecerse ante eso. Así es que mucho cuidado con los “¡Tierra trágame!”, mejor echar a volar ante el menor temblor.

Lunes y San Rábano. Por supuesto, buenos días…